Hechos

La utilidad de las herejías, convirtiendo los ataques en oportunidades

Las herejías pueden terminar jugando a favor de la verdad del evangelio al brindar el medio de contraste contra el cual la verdad pueda verse y apreciarse con mayor claridad.

Una herejía es una idea o conjunto de ideas contrarias a la sana doctrina y como tales tanto éstas como quienes las siguen y promueven –llamados por ello herejes− han despertado tradicionalmente una ardiente oposición y condenación por parte de la iglesia. Sin embargo, las herejías pueden terminar también jugando a favor de la verdad del evangelio al brindar el medio de contraste contra el cual la verdad pueda verse y apreciarse con mayor claridad. Dicho de otro modo, en el campo del pensamiento necesitamos las ideas falsas para poder apreciar mejor las ideas verdaderas. Esto era lo que el apóstol tenía en mente cuando dijo en 2 Corintios 13:8 Pues nada podemos hacer contra la verdad, sino a favor de la verdad, es decir que en último término todo juega a favor de la verdad.

Las herejías ayer

Así, pues, no sólo la defensa que los creyentes en la iglesia hacemos de los asuntos de nuestra fe sirve a la causa de la verdad; sino que también los ataques que los no creyentes en el mundo dirigen contra la fe terminan, al final jugando igualmente a favor de la verdad. El gnosticismo, por ejemplo, la herejía más temprana que tuvo que enfrentar la iglesia, se infiltró en ella amenazando con pervertir la verdad del evangelio, con tan buena fortuna que los apóstoles alcanzaron a ser testigos de ello y consignaron en sus inspiradas epístolas pasajes puntuales que nos permiten a todos los cristianos posteriores a ellos identificarlo y combatirlo siempre que haga nueva aparición. De hecho la mayor parte de las epístolas se escribieron para combatir y aclarar algún tema controvertido, exponiendo la verdad contra el trasfondo que le brindaban los errores que se estaban divulgando en un momento dado.

El hereje Marción constituye un segundo ejemplo. Gracias a él y a su iniciativa unilateral de elaborar ya en el siglo II un canon o lista presuntamente autoritativa de los libros de la Biblia en la que no se hallaba todo el Antiguo Testamento, sino tan sólo el evangelio de Lucas, el libro de los Hechos de los Apóstoles y las epístolas de Pablo, la iglesia en pleno se vio obligada a convocar reuniones de consulta y deliberación llamadas sínodos y concilios en los que, por consenso, le brindó su reconocimiento formal a todo el Antiguo Testamento y a los libros del Nuevo Testamento que hoy figuran en nuestras Biblias y que ya circulaban masiva y providencialmente desde tiempo atrás entre todas las iglesias del imperio sin que hubiera existido una decisión previa al respecto por parte de las autoridades eclesiásticas.

Lo sorprendente es que cuando la dirigencia de la iglesia se vio empujada por el hereje Marción a tratar este asunto, consultando y pronunciándose oficialmente al respecto, encontraron que existía casi una total coincidencia en la lista de libros utilizada por todas estas congregaciones regadas a lo largo y ancho del imperio y que fueron muy pocos los que no contaban con el consenso universal de los cristianos, dando así su ratificación formal a estos libros que venían gradualmente dándole forma desde tiempo atrás a la iglesia bajo la sutil pero eficaz supervisión de Dios por medio de su Espíritu. Así, pues, a su pesar, el hereje Marción le prestó un buen servicio a la iglesia al obligarla a pronunciarse de manera temprana sobre este tema.

Siguiendo con la lista, Arrio fue el promotor de una herejía que lleva su nombre −arrianismo− y que le dio muchísimo trabajo a la iglesia y que consistía en negarle a Cristo su condición divina afirmando que Él no era Dios, sino la primera y más elevada criatura creada por Dios con lo que, de paso, ponía en entredicho también la doctrina de la Trinidad. Justamente, fue gracias a las discusiones generadas alrededor del arrianismo que la Iglesia le dio por fin un tratamiento sistemático a esta controvertida doctrina distintiva del cristianismo, dejándonos además como resultado esos tres valiosísimos y muy bien trabajados documentos doctrinales de la antigüedad cristiana que conocemos como los tres credos de la iglesia primitiva: el apostólico, el niceno y el atanasiano, depurados referentes doctrinales obligados para toda la iglesia posterior en lo que tiene que ver con lo que la Biblia llama “la sana doctrina”. Todo gracias a Arrio.

Cerremos con Pelagio, un monje británico que vivió en el cruce del siglo IV y V d.C. y negó la doctrina cristiana clásica del pecado original. Pero fue gracias a él y su negación de esta doctrina que Agustín y los demás padres de la iglesia se dieron a la tarea de definir esta doctrina y brindarle su forma más madura y acabada, en conformidad con la experiencia humana, aludida por John Ortberg con la siguiente frase mordaz y contundente: “Pelagio, por supuesto, no tuvo hijos”. Algo en lo que acertó, pues era un monje. Y es que si los hubiera tenido, hubiera reconsiderado su postura, como se cuenta que lo hizo un conferencista sin hijos que dictaba una conferencia titulada Reglas para criar a los hijos. Tan pronto tuvo hijos cambió el título de la conferencia, llamándola Sugerencias para criar a los hijos. Cuando los hijos llegaron a la adolescencia canceló la conferencia.

Las herejías hoy

Y teniendo en cuenta que: Lo que ya ha acontecido volverá a acontecer; lo que ya se ha hecho se volverá a hacer ¡y no hay nada nuevo bajo el sol! Hay quien llega a decir: ¡«Mira que esto sí es una novedad! » Pero eso ya existía desde siempre, entre aquellos que nos precedieron… Dios hace que la historia se repita. Eclesiastés 1:9-10; 3:15, los argumentos que sirvieron contra las herejías de ayer siguen sirviendo contra las herejías de hoy, pues éstas no son más que las mismas de ayer con nuevos ropajes. Los  gnósticos reaparecen de manera sofisticada con los descubrimientos y divulgación relativamente reciente de los llamados “evangelios apócrifos” entre los que se destacan el llamado “evangelio de María Magdalena” que fue el utilizado por Dan Brown en su novela El Código Da Vinci, el “evangelio de Tomás” y el de Judas Iscariote.

Marción reaparece hoy por cuenta de los ataques de los llamados “nuevos ateos” contra la Biblia, que son los mismos dirigidos por Marción en contra del Antiguo Testamento. Arrio vuelve a la carga con los teólogos liberales que afirman que Jesucristo es el más grande hombre que ha existido sobre la faz de la tierra, pero meramente hombre al fin y al cabo. Y también reaparece en las doctrinas de la secta de los Testigos de Jehová. Y Pelagio resurge hoy ya no en la iglesia, sino fuera de ella, a través de la filosofía de Juan Jacobo Rousseau y su ingenua creencia en que: “El hombre nace puro y la sociedad lo corrompe” o el llamado “mito del buen salvaje”. Pero la Biblia y el evangelio de Cristo no le temen a ninguno de estos ataques porque Dios sabe que en toda confrontación de la verdad con la mentira, la verdad saldrá a relucir y prevalecerá tarde o temprano. Aprovechemos, entonces, las mentiras de moda como medio de contraste para hacer que la verdad eterna resalte con mayor nitidez y claridad.

Por: Arturo Rojas, director de la Unidad Educativa Ibli Facter de la iglesia Casa Sobre la Roca, Bogotá.

Foto: 123RF

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