Hechos

La muerte de Dios – Cuando el estado soviético lo fusiló

Hace 100 años, el Estado Soviético fusilaba a Dios; hoy, 7 de cada 10 humanos declaran creer en Él

Por Pablo J. Ginés/ReL*

Hace 100 años, el 16 de enero de 1918, empezó el “Juicio del Estado Soviético contra Dios”, que finalizó muy rápido, al día siguiente: Dios fue condenado a morir y se dispararon cinco ráfagas de ametralladora (arma muy mecánica y moderna) hacia el cielo. La defensa había intentado alegar “transtorno mental”, sin éxito, dicen las crónicas.

Los bolcheviques apenas llevaban tres meses al mando y controlaban Moscú, San Petersburgo y la zona central de Rusia. No tendrían control total del país hasta octubre de 1922 con la conquista de la lejana Vladivostok y el final de la guerra civil. En enero de 1918 aún no habían empezado las matanzas masivas de clérigos. Fusilar a Dios era un gesto simbólico y humillante, para ir dejando clara la nueva situación.

 

De matar a Dios a matar hombres

Una vez matas a Dios, matar a los hombres no cuesta mucho: antes de morir Lenin en 1924 unos 25.000 eclesiásticos ortodoxos fueron encarcelados y 16.000 ejecutados, según un estudio de 2004 del doctor en Ciencias Matemáticas Nikolay Yemelianov, de la Universidad Humanitaria San Tijon. Después, con Stalin, habría muchas decenas de miles más de cristianos asesinados por su fe a manos de los comunistas.

El teatrillo del “juicio de Dios” creó escuela y se intentó usar el humor para humillar a los creyentes de las distintas religiones. Entre 1920 y 1924 el ateísmo militante hizo florecer coplas insultantes contra los cristianos. Nadezhda Dozhdikova, profesora de literatura de la Academia de Arte Teatral de San Petersburgo, ha estudiado algunas obras de teatro ofensivas contra los creyentes.

La más famosa era el “Juicio contra Dios”, de Rezbushkin: un pope de pueblo, un imán tártaro y un rabino judío, cada uno con su gracioso acento local, dejaban bien claro que sus creencias eran ridículas y bobas. Esta obra de teatro se exhibía en calles, delante de iglesias. También en locales del Partido Comunista, municipales o de la Unión de los Sin Dios, la gran asociación atea militante al servicio del Partido.

 

Procesiones blasfemas

Otra técnica de humor blasfemo era organizar procesiones groseras en Navidades y Semana Santa. Junto a la capilla de la Virgen de Iberia, en la Plaza Roja de Moscú, en vísperas de la Navidad de 1923, el Komsomol [la Juventud Comunista] convocó un “carnaval comunista” con imágenes insultantes de Dios Padre, Jesucristo y la Virgen María. Quemaron muñecos representando a figuras religiosas: Alá, Buda, el Papa… La procesión atea cantaba: “Chillad, demonios, con más alegría / A bailar la carmañola / Todos los dioses al carnaval / El Komsomol, sin dios en lo alto, organiza su follón”.

Por esas fechas, recuerda Martin Amis en su libro Koba el terrible, Lenin escribía a Maxim Gorki, el literato de la nueva Rusia sin Dios: “Toda idea religiosa, toda idea de Dios, es una abyección indescriptible de la especie más peligrosa, una epidemia de la especie más abominable. Hay millones de pecados, hechos asquerosos, actos de violencia y contagios físicos que son menos peligrosos que la sutil y espiritual idea de Dios”.

 

El juicio y el fusilamiento de Dios

¿Quién ordenó fusilar a Dios? El “pueblo”, por supuesto. Pero ¿quién era en realidad ese “pueblo”? Eran unos comunistas de Moscú presididos por Anatoly Lunacharsky, un intelectual que sumaba dos temas de interés: la religión y la dramaturgia. Le gustaba escenificar las cosas.

Ese 16 de enero de hace 100 años, ante mucho público moscovita, comenzó la primera sesión del juicio contra Dios. Durante más de cinco horas se leyeron los cargos de “el pueblo ruso, en representación de la especie humana” contra “el reo”. La más clara era que se acusaba a Dios de “genocidio”. Quizá era una proyección psicológica de lo que estaba por venir, del mar de asesinatos que causaría el comunismo en los próximos 70 años en todo el mundo.

En el banquillo de los acusados se colocó una Biblia: al menos Dios estaba bien representado. Los fiscales ofrecieron una gran cantidad de pruebas basadas en testimonios históricos. Dios tenía unos defensores designados por el Estado soviético, que pedían la absolución del reo porque sufría «grave demencia y trastornos psíquicos» y no era responsable de lo que hacía.

En unas horas, el tribunal declaró finalmente «culpable» a Dios de los delitos que había sido acusado: genocidio y crímenes contra la Humanidad. Lunacharski, con pompa teatral, proclamó la sentencia: Dios moriría fusilado a la mañana del día siguiente, 17 de enero, sin posibilidad de interponer ningún tipo de recurso ni establecer el más mínimo aplazamiento. Según detalla Eduardo Galeano, la ejecución no se hizo con fusiles sino con ametralladoras: cinco ráfagas hacia el cielo.

 

Dios hoy en el mundo y en Rusia

100 años y muchos asesinatos después, en el siglo XXI, Dios no parece estar muy muerto. Creen en Él 7 de cada 10 personas en el mundo y sólo se declaran ateos una de cada diez, la gran mayoría en China, una dictadura comunista que persigue a las religiones (se declaran ateos siete de cada 10 chinos; es el doble que, en cualquier otro país, según datos de la encuesta WinGallup de 2017). En 2016, sólo un 14% de la población rusa declaraba “no creo en Dios”, según Levada Center.

 

Lunacharsky entendía que la religión sí era importante

Lo curioso de Lunacharsky, “el hombre que hizo fusilar a Dios”, es que en 1908 había escrito textos pidiendo que el comunismo reconociera la importancia de la religión y procurara no ser muy hostil a ella. En su libro de ese año, “Religión y socialismo”, escribía que “el socialismo implica la libertad de religión”, “el socialismo une a los grupos ideológicos religiosos y seculares en la lucha por el proletariado; cualquier acción de mezclar el socialismo con fanatismo religioso o ateismo militante son acciones que dividen al proletariado, un ‘divide y vencerás’ en manos de la dictadura burguesa”.

En esa época, una década antes de la Revolución, él proponía una especie de religión “de la humanidad” o de “valores humanos”. Hablaba de los Misterios Eleusinos de los griegos como un ejemplo de ritual público que unía al pueblo y le daba conceptos morales.

Pero esta postura despareció por completo cuando quedó claro que el nuevo gran jefe indiscutido, desde 1917, era Lenin. Lenin mismo escribió que a los 16 años se había convencido, leyendo a Feuerbach, de que la religión es solo una fantasía nociva con la que los hombres se autoengañan. Debía ser destruida a cualquier precio y punto.

 

Con la muerte de Lenin, paréntesis de tranquilidad

En 1924, al morir Lenin, se frenó por un tiempo el activismo antirreligioso en la URSS. El especialista en Historia de la Iglesia Rusa, O. Y. Liovin, escribe: “En general, la táctica de la propaganda antirreligiosa de los primeros años del

poder soviético resultó errónea”, afirma Liovin. “Herir los sentimientos religiosos de los creyentes, profanar lo sagrado, intentar el cierre masivo de los templos, reprimir al clero… todo eso, de hecho, unió a los creyentes, provocando un cierto renacimiento religioso. Así que, después de una política de carga de caballería, el régimen recomendó pasar a un asedio a largo plazo”.

Durante cuatro años casi no hubo ejecuciones de religiosos… “sólo” 7.000 detenidos más.

Una circular del Partido del 5 de septiembre de 1924 ordenó: “La propaganda antirreligiosa ha de llevarse en forma de explicaciones divulgativas desde el punto de vista de las ciencias naturales y políticas que minen la fe en dios y desenmascaren, con los hechos concretos, la estafa y avaricia de los milagreros, sanadores, etc. Es preciso evitar la agitación antirreligiosa masiva (disputas, escenificaciones, etc.) que insulten y hieran los sentimientos de la parte creyente de la población”.

En el discurso de apertura del Congreso de los Sin Dios el 10 de junio de 1929, el escritor Maxim Gorki, que coincidía bastante con las ideas del primer Lunacharsky, cargó contra la literatura atea grosera y de baja calidad. “En vuestro trabajo se nota cierto toque frío, de funcionario”, protestaba ante los ateos militantes. “Mientras nuestros enemigos usan las emociones, un lago de patetismo con una fuerza enorme, nosotros no sentimos ningún patetismo, y si se siente, se expresa de tal forma que no persuade, sino que irrita. En el proceso doloroso de eliminar de nuestra vida las supersticiones religiosas, no se puede actuar de forma grosera”.

 

Vuelven las matanzas

A partir de ese congreso, y pese a las peticiones de Gorki, de “persuadir”, el régimen pasó directamente a arrestar y matar. De 1929 a 1931, fueron arrestadas 60.000 personas ligadas a la Iglesia Ortodoxa y 5.000 fueron ejecutadas, según el estudio de Nicolay Yemelianov (que no analiza la persecución contra otras religiones). Además, ese año de 1929 se eliminó la semana de 7 días (era demasiado judeocristiana, y molestaba su festivo semanal) y se sustituyó por la semana “nepreryvka”, de 6 días, con festivos cambiables, un calendario tan incómodo como ideológico. Este engendro de calendario duró 11 años.

En 1931, entre persecuciones y arrestos, la Asociación de lo Sin Dios llegaba a su mejor momento: 5 millones de afiliados y 60.000 células de activistas ateos en todo el país.

 

Lunacharski: ministro de Educación, adoctrinando

Lunacharski, que era Ministro de Educación, escribía en marzo de 1929 en “Izvestia”. antes de que se retomaran las matanzas: “En la tarea de la educación, ilustración, en un sentido amplio entra la disipación de supersticiones de toda clase y una lucha sin cuartel contra toda oscuridad, herencia del pasado, estorbo para la creación del futuro. En concreto, la escuela como partícipe de la educación, como su eslabón importante, no puede ser ajena en la lucha contra la religión, sea en sus formas viejas o nuevas […]”.

Y añadía: “El Comisariado Popular de Educación de ninguna manera proclama una purga sistemática entre los maestros en el sentido de eliminación inmediata de todos los maestros creyentes, pero declara firmemente que tener maestros creyentes en la escuela soviética es una burda contradicción y que los departamentos de educación han de utilizar cualquier posibilidad para sustituir a tales maestros por unos nuevos, de cariz antirreligioso”. […] “La lucha consecuente contra los maestros religiosos no es algo prescindible, ya que podemos sospechar que en las filas del ejército docente podemos aún encontrar del 30 al 40% de creyentes de varios tipos”.

Pedía que la escuela disuadiera a los niños de ir a la Iglesia en Pascua: “Que la escuela permanezca abierta en los días pascuales. No es que los días pascuales se proclamen laborales, pero se les ha de conferir un carácter especial. La escuela tendrá que aplicar esfuerzo para disuadir a los niños de visitar la iglesia, y las variadas ceremonias religiosas y semireligiosas, ofreciéndoles, al mismo tiempo, un equivalente en la escuela, algo organizado, algo importantemente antirreligioso y a la vez atractivo”.

De hecho, ese año de 1929 fue el último con domingo festivo en Pascua: la semana de 6 días acabaría con el domingo durante once años.

 

Más matanzas

El censo ruso de 1937, después de 20 años de comunismo y represión antirreligiosa, mostró a los desanimados ateos activistas que de 30 millones de ciudadanos de la URSS analfabetos mayores de 16 años, el 84% (más de 25 millones) aún se declaraban creyentes; y de los 68,5 millones de alfabetizados, el 45% (más de 30 millones) aún creían en Dios.

Se decidió apostar por más sangre y matanzas, un baño nunca antes visto: 100.000 ejecuciones y 200.000 deportados entre 1937 y 1938. Luego, entre 1939 y 1942, como ya no quedaban casi ortodoxos declarados para matar, se registraron “sólo” otras 4.000 ejecuciones. Después, en 1942, todo cambió: Stalin, ahora en guerra contra Hitler, necesitaba un país unificado y paró la persecución sangrienta contra lo poco que quedaba de la Iglesia Ortodoxa.

 

El final de Lunacharsky

En 1933 Stalin nombró a Lunacharsky embajador en la España republicana y anticlerical. Sin embargo, no llegó a tomar posesión del cargo: murió de enfermedad en el camino, en Menton, Francia, con 58 años. Las cenizas del hombre que fusiló a Dios están enterradas en la necrópolis de la Muralla del Kremlin de Moscú. Su alma ha pasado por un juicio, sin duda, mucho más serio que la pantomima que organizó.

 

*Pablo José Ginés Rodríguez es licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es periodista del portal Religión en Libertad y colaborador de Forum Libertas. En 2010, recibió el Premio Lolo de Periodismo Joven. Este artículo fue publicado en la sección Cultura del portal Religiónenlibertad.com el 15 de enero de 2018.

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