Edén

Radiografía del campo en Colombia

Para comprender una de las problemáticas de la realidad nacional, Hechos&Crónicas se adentró en una vereda de Cundinamarca durante una jornada completa para acompañar a un valiente campesino que abrió las puertas de su casa y compartió cómo es vivir enteramente de la agricultura. Un día con don Quete.

Ese frío jueves de junio, don Pastor Quete se levantó a las 4:30 de la mañana como de costumbre, pensando que tal vez, ese día podría lograr unos centavos más que el anterior. Como era jueves, el ordeño le correspondía a su esposa Dora, quien era capaz de sacar un poco más de leche de sus tres vaquitas y recoger los $28.000 que le daban por 35 litros. Así que don Pastor podía iniciar el día con otras labores en su pequeña finca.

Mientras alimentaba a sus conejos con las mismas lechugas que sacaba de la tierra, traía el maíz a las gallinas y retiraba los huevos de las ponedoras, don Pastor recordó aquellas épocas en las que vivía con sus padres. Lo trajeron casi a rastras desde Sutatausa, de donde no quería salir porque estaba encariñado con la vida, pero mientras sus hermanos aprendieron rápidamente las labores del campo, don Pastor tuvo que irse enamorando lentamente de la tierra en la vereda El Páramo, perteneciente a Subachoque, Cundinamarca, en plena Región Andina, la mayor despensa de alimentos del país. Cada día tenía que admirar las labores que como ellos, realiza el 32% de la población colombiana que se denomina campesinos y que rinde cuentas por el 40% de la canasta familiar. Don Quete aprendió a amar la tierra de sus padres y la labor que le dejaron sus abuelos y por eso sigue la tradición.

En El Páramo amanece tarde. No porque el sol no quiera salir, sino porque una blanca bruma oculta sus rayos hasta que estos tienen la fuerza suficiente para calentar la mañana. Luego, el sol se vuelve inclemente por la altura, y junto al viento, queman las mejillas de los desprevenidos, dando ese característico “bronceado sabanero”. Por eso las labores de don Quete deben iniciar a las 7:00 a.m., igual que las de la mayoría de los 14.260 habitantes de Subachoque.

Mientras que las campanas de la parroquia San Miguel Arcángel, de la cabecera municipal retumban en los oídos de los pobladores, invitándolos a misa de siete, los Quete se entregan a Dios de una forma diferente. Con oración ferviente encomiendan su día y su desayuno, agradecidos de que tienen que comprar un solo pan para acompañar el chocolate y el caldo, hechos completamente con el producto de su propia tierra.

Ese día, mientras don Quete iniciaba labores, otros campesinos del país se reunían para hablar sobre un posible paro agrario. El tercero en los últimos nueve meses. Las demandas siguen siendo las mismas: necesitan ayuda del Gobierno Nacional en la rebaja de los insumos y facilidades de pago para sus deudas, que se han hecho más altas con los tratados de libre comercio con otras naciones. El Gobierno ha respondido, es cierto. Según dicen, el presupuesto para el agro se ha triplicado en los últimos cuatro años, llegando a unos 2.680 millones de dólares en 2014, que aunque suene extraño, no están alcanzando para todos.

Don Quete sabe de las reuniones, pero tiene demasiado quehacer como para asistir. Como la siembra de la papa, (su principal fuente de ingresos) dura cerca de tres meses, debe emplearse como jornalero y recibir los $38.000 pesos del día. Es un trabajo arduo, de 7:00 a.m. a 4:00 p.m., cinco días a la semana, con escasas tres pausas para comer, y luego debe llegar a su finca a terminar las labores para que su cosecha y sus animales prosperen.

Durante el paro agrario de agosto de 2013, el pueblo boyacense se volcó a las calles y más de 300 mil personas protagonizaron una gigantesca manifestación en Tunja, la capital del departamento, pidiendo una política agraria justa para los lecheros, paperos y demás agricultores.

La situación en ese entonces fue bastante tensa. Era agosto, el peor mes del año para vender papa. Por una carga (2 bultos), que usualmente se vende entre 60 y 70 mil pesos, en ese entonces se estaban recibiendo escasos 20 mil. En un terreno como el de don Quete, que produce cerca de 150 cargas se debe invertir una suma superior a los $3’200.000 en siembra e insumos (abonos, fumicidas, barbecho), sin contar los gastos que implica sacar la papa, transportarla y negociarla en las centrales mayoristas. Si se tiene en cuenta que el dinero que deja una siembra debe alcanzar para sobrevivir mientras está lista la siguiente cosecha, es muy comprensible que muchos de los 345 mil  campesinos que viven de la papa se desesperen. Además, no tienen a qui

Dicen que el trabajo endurece la piel, y debe ser cierto, porque a don Pastor Quete no parece incomodarle el inclemente sol de la mañana sabanera, ni el peso de las mangueras y el líquido que debe fumigar para poder recoger la cosecha de papa. Al fumigar, los tallos mueran y se facilita la recogida final.

Mientras don Quete fumiga, los jovencitos de la escuela rural toman su recreo y la algarabía se oye hasta los cultivos. Él no parece inmutarse con los gritos y las risas, no está interesado en lo que allí ocurre. Sabe que el estudio es importante, pero no cree que sea el fundamento en su vida. Sus cinco hijos terminaron el bachillerato, pero los tres varones se emplearon como jornaleros y dedican su vida también al campo. Las mujeres en cambio, quieren continuar estudiando.

Don Quete por su parte se pregunta ¿para qué tanto estudio? Conoce bien a algunas personas que se fueron a estudiar a la ciudad y le cogieron pereza al campo y otras tantas que estudiaron y no lograron nada más, así que él espera que sus nietos, que apenas rondan los dos años, sigan su ejemplo y se dediquen a la tierra. “Si uno aprende a manejar el campo y a rebuscarse, puede vivir de la agricultura. Es que en la ciudad la vida es más dura, porque uno todo lo tiene que comprar, en cambio en el campo lo que uno siembre tiene para comer”, asegura enfáticamente.

Sin embargo, también conoce el caso del hijo de un campesino que se fue a estudiar a la ciudad y regresó cargado de conocimiento para aplicar. Hoy su familia produce unas 5 mil cargas de papa que comercializa directamente a la fábrica de papas fritas más grande del país.

Don Quete está enormemente agradecido con la tierra que Dios le regaló. Conoce perfectamente la orden de Dios sobre esta: Él entregó toda la creación al hombre para que este la trabajara.  …y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo,  y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo.»  También les dijo: «Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento.  Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra.» Génesis 1:28-30.

Por eso don Quete sonríe al mirar al cielo cuando caen las primeras gotas de lluvia. Poco le importa mojarse o embarrarse. Sabe que en temporada de verano debe tasar el agua y el pasto, por eso la lluvia es una bendición para él y aún empapado, trabaja las horas que le faltan. Don Quete no se enferma, sus defensas se han fortalecido con las duras jornadas. No ha tenido que hacer uso del famoso Sisbén al que se encuentra afiliado, porque la tierra produce plantas que curan las pequeñas dolencias y gracias a Dios, jamás ha tenido que salir en medio de la noche a buscar un médico para sus urgencias.

Al terminar su jornal, don Quete regresa a su finca. Ordeña las vacas antes de soltar a los terneros, que ya mugen desesperados. Revisa sus animales y lleva leña a la casa, para prender la rústica chimenea y entrar un poco en calor. En medio del cansancio no puede evitar pensar en los miles de campesinos que han abandonado la región, que han cambiado sus costumbres rurales por las junglas de cemento. Don Quete no  tiene por qué saberlo, pero la población campesina se ha reducido, en los últimos 60 años a una cuarta parte de la población colombiana. Pasó de un 50 a un 32% de la población total entre 1960 y 2013. Aproximadamente 10 millones de personas se dedican al campo.

Son las 7:00 p.m. El día ha terminado. Don Quete vuelve a la cama junto a su esposa. La jornada ha sido dura para ambos y es hora de dormir. Antes de eso, agradecen a Dios. Fue un día duro, pero un día bueno, tienen mucho por qué sentirse satisfechos.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente en nuestra edición N. 45, julio de 2014, pero hoy en el Día de la Agricultura, queremos resaltarla nuevamente en memoria del fallecido Pastor Quete, quien nos abrió las puertas de su casa y como homenaje a todos los campesinos de nuestro país. 

Foto: Miikka Luotio – Unsplash (Foto usada bajo licencia Creative Commons). 

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