Timoteos

Mi autoridad también se equivoca

La obediencia a la autoridad es un tema difícil para los jóvenes, pues cuando queremos hacer algo y no nos dejan sentimos como si el otro fuera la peor persona. Aún más cuando mi autoridad cae, se molesta o hace cosas que no están bien, se esfuman las razones para obedecer.

Pero, olvidamos algo importante… Nuestras autoridades son seres humanos y ¡también pueden equivocarse! Y, aun así, debemos continuar honrándolas.

Un día, un compañero me comentó que quería irse de la casa, que no soportaba vivir con sus padres porque le controlaban todo lo que hacía, le hablaban de mala manera y lo criticaban por todo. Él esperaba que sus padres fueran más comprensivos, que en tendieran que estaba creciendo y que podían confiar en él. No obstante, mi compañero tenía muchas expectativas con sus padres, así como ellos con él. Finalmente, decidieron poner las cartas sobre la mesa y llegar a un acuerdo donde el respeto y la confianza fueran mutuos.

Situaciones como estas pasan todos los días en nuestras casas, por algo la Biblia dice en Colosenses 3:20-21: Hijos, sean obedientes a sus padres en todo, porque esto es agradable al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, para que no se desalienten. Si estás preguntándote por qué tus padres o tu autoridad no te permiten hacer determinadas cosas, primero debes entender que ellos son las personas que Dios puso en tu vida para guiarte y orientarte en la vida, pues saben qué es beneficioso para ti.

¿Es normal retar a la autoridad?

La psicóloga Paulina Arenas comentó en la Revista Forbes que hoy en día los jóvenes retan a los adultos puesto que creen que carecen de autoridad. “Vemos jóvenes en crisis, no sólo por la etapa de desarrollo que viven, sino por la convivencia con fi guras de autoridad desgastadas, inciertas, confusas y ambivalentes; adultos que carecen de firmeza y oscilan entre posturas autoritarias o demasiado permisivas. Esta situación ha llevado a una crisis de autoridad, donde las personas sólo piensan en lo que necesitan y no en lo que es conveniente para las mayorías”, sostuvo.

También menciona que en un lugar donde hay imposición, falta de afecto, violencia, autoritarismo y agresiones tanto físicas como verbales y psicológicas es aún más complejo que exista una autoridad sana para los jóvenes. Por ende, Arenas dice que “los adultos debemos generar elementos de empatía, interés comunitario y beneficio mutuo dentro del ambiente familiar, libre de violencia para proveer afecto, cuidados, acompañamiento y orientación”.

Honrar a nuestra autoridad a pesar de…

A pesar de que no tengamos una relación sana con nuestra autoridad, Dios recompensa nuestra obediencia y puede ayudar a mejorar esa relación. En Génesis 21 vemos a Ismael (hijo de Abraham y de la esclava Agar) como un claro ejemplo de honra y obediencia. A pesar de que Agar no tenía la misma autoridad que Sara, seguía siendo su madre y la reconoció, obedeció y honró a pesar de los errores o de su condición como esclava. Por eso, Dios hizo de Ismael una gran nación gracias a su obediencia.

Como a Ismael, Dios también nos promete un futuro esperanzador cuando honramos a nuestros padres en Deuteronomio 5:16: Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor tu Dios te lo ha ordenado, para que disfrutes de una larga vida y te vaya bien en la tierra que te da el Señor tu Dios. Estemos de acuerdo con nuestra autoridad o no, debemos honrarlos, pero ¿cómo hacerlo? Dejando que nuestro corazón se sujete a Dios para que podamos reconocer la autoridad espiritual. Al aprender a honrar a nuestros padres, sabremos honrar al resto de autoridades.

¿Qué hacer si nuestra autoridad nos sigue hiriendo?

Para responder esto, María Paula Chaparro Olaya, internacionalista, coach y líder del grupo juvenil de la Casa Sobre la Roca compartió sus apreciaciones con H&C: “Nuestras autoridades también son de barro, son humanos e imperfectos. Así como nosotros, ellos pueden errar y generar heridas en otros. Nuestras autoridades también necesitan de la gracia de Dios y nosotros hemos sido llamados a ser portadores de esa gracia también”.

Al ser orientados por ellos, creemos que todo lo que hagan debe ser perfecto, puesto que la autoridad debe brindar todo lo bueno para que nos veamos beneficiados. No obstante, debemos bajar las expectativas y entender que son seres humanos de carne y hueso que se pueden equivocar. “El diseño original del hombre era de una imperfección dependiente de Dios y es precisamente esa imperfección y esos errores los que le dan conciencia al hombre de cuán necesitado está de Dios y ese hombre te incluye a ti, pero también a tus autoridades. Dejemos de buscar perfección en nuestras autoridades pues las vasijas de oro no existen”, complementa Chaparro y expone tres pasos para sanar la relación con la autoridad:

  1. Perdonarlo

Enfrenta la ofensa, siéntela, decide perdonar y encuentra la unidad (si es posible, depende de los dos).

  1. Consolarlo

Recuérdale que es de humanos caer, que su error no lo define, que se puede aprender del error para no volver a caer, que puede ir corriendo al trono de gracia y que, así como Dios lo perdona y olvida su pecado, nosotros podemos hacer lo mismo.

  1. Reafirmar tu amor hacia él

¿Cómo amar a mi ofensor? Ora por él, esto transformará tu corazón, dejas de estar enfocado en su ofensa para estar enfocado en su necesidad espiritual, empieza a mermar tu enojo y empieza a florecer tu compasión.

Nuestra máxima autoridad es Dios

El pastor Darío Silva-Silva en su libro “El código Jesús” escribió: “Un hombre que es militar de profesión está naturalmente acostumbrado a dar órdenes y, también, a obedecerlas; por eso entiende, sin dificultad alguna, que Jesús es la máxima autoridad”.

Debemos reconocer que Jesús es la máxima autoridad y que la cabeza de Jesús es Dios, tal y como dice 1 Corintios 11:3: Ahora bien, quiero que entiendan  que Cristo es cabeza de todo hombre, mientras que el hombre es cabeza de la mujer y Dios es cabeza de Cristo.

De forma que el hombre no creó la autoridad, la creó Dios. Romanos 13:1 dice que Todos deben someterse a las autoridades públicas, pues no hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por él. Todas nuestras autoridades fueron puestas en nuestras vidas porque así lo decidió Dios. Al obedecer a nuestra autoridad, lo estamos obedeciendo a Él.

Una autoridad que está en las manos de Dios, sigue el curso que Él trace; sin embargo, Dios es capaz de obrar en personas que no son temerosas de Él. Por eso, 1 Timoteo 2:1-2 dice: Así que recomiendo, ante todo, que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos, especialmente por los gobernantes y por todas las autoridades, para que tengamos paz y tranquilidad, y llevemos una vida piadosa y digna. Debemos orar para que nuestras autoridades puedan recibir a Cristo, sean guiados por Él y así poder guiarnos conforme a Su voluntad.

A través de la autoridad Dios nos habla para que actuemos según Su Palabra. Así como nosotros obedecemos a nuestra autoridad, ellos también tienen que rendirle cuentas a Dios.

Por: Norma Elizabeth Pinzón – norma.pinzon@revistahyc.com

Foto: Wirestock – Freepik (Foto usada bajo licencia Creative Commons)

Share:

Leave a reply