Ester

Sana la relación con tu madre

El mes pasado hablamos de cómo la relación con nuestro padre terrenal influye en la manera en que percibimos a nuestro Padre Celestial. Una vez hemos sanado esa relación y aprendemos a acercarnos correctamente a Dios, viene una segunda relación determinante, la relación con mamá.

Quienes tuvieron la dicha de tener una madre virtuosa, que edifica su casa, saben la importancia del legado que una madre deja en su familia, en especial para las mujeres cuando conforman una nueva familia. Pero quienes no tuvieron esa alegría, a pesar de resentir la ausencia, en muchos casos no se han dado cuenta cómo esa relación (o la carencia de ella) puede afectar negativamente sus relaciones con el entorno y, lo que es peor, con ellos mismos.

Un estudio llevado a cabo por expertos de las universidades de Utah, Minnesota e Illinois, explica lo significativo de la interacción materno-filial durante los primeros años de vida para la futura competencia social y académica del niño hasta los 32 años de edad. La investigación afirma que las relaciones entre madre e hijos deben ser lo más positivas posible para generar un sentimiento de cercanía, seguridad y confianza.

De esta forma, los niños serán más propensos a aprender destrezas relacionadas con el trabajo como comunicación eficaz, resolución de conflictos y confianza suficiente como para explorar diversas opciones de una vida exitosa.

Además, la revista The Journal of Psychology ha publicado recientemente un estudio que apunta que los niños aprenden a tener relaciones saludables mediante la observación e interacción con sus padres. Sugiere también que la calidad de la relación impactará de manera significativa en las expectativas que los niños tengan en sus relaciones con otras personas. La investigación concluye que una relación sana con los padres, en especial con la madre, puede determinar el éxito en la manera en que un ser humano se desarrolla en comunidad, es decir, la forma en que se relaciona consigo mismo y con los demás.

Sin embargo, todo esto va mucho más atrás y se remonta a la gestación o incluso antes. Las emociones vividas por una madre en el embarazo afloran en el hijo. Si hubo alegría, tristeza, miedo, sorpresa o rechazo, etc., esto se notará en el desarrollo del bebé. La ciencia ha ido un poco más allá, y en otro análisis muy reciente, los investigadores descubrieron que los cerebros de madres y bebés actúan juntos en una ‘megared’ donde las ondas cerebrales se alinean, lo que permite una mayor conexión y empatía. Pero, ese nivel de conectividad varía, según el estado emocional de la madre. “Cuando estas expresan emociones más positivas, su cerebro se conecta mucho más intensamente con el cerebro de su bebé”, asegura el doctor Vicky Leong del Departamento de Psicología de la Universidad de Cambridge. Los científicos argumentan que a mayor conexión con el bebé se le puede ayudar a que aprenda más rápido, y a que su cerebro se desarrolle más plenamente. “Si las madres están contentas es probable que mejore el desarrollo del niño”, asegura. Desde el momento de la concepción, la relación de la madre y el niño es determinante. La relación tormentosa entre las mujeres y sus madres

Tener una relación complicada con la madre, nos afecta todos, en especial a las mujeres a la hora de desarrollarnos como personas. Las mujeres tenemos una sensibilidad especial que Dios nos ha dado que en muchos casos es aprendida por la madre.

Si la relación con la mamá no es la mejor, así existan otras mujeres que la suplan (abuelas, tías, madres adoptivas, etc.), la seguridad y la percepción de sí mismo y del mundo está fracturada.

Para Cristina García de Santa, directora del ministerio Mujer Integral de Casa Sobre la Roca Sabana Norte, esta relación entre madre e hija es particularmente conflictiva. “Satanás pone mucha enemistad en esa relación madre e hija. Como son dos mujeres, es más difícil. Las mujeres somos tan complicadas que por cualquier cosita nos sentimos o molestamos, tendemos a guardar rencor más tiempo. Esperamos mucho de nuestras mamás, pero debemos entender que son imperfectas, como nosotras. Y si volteamos la situación, como mamás también esperamos lo mejor de nuestras hijas.

Pero hay otra razón por la que Satanás mete mucho conflicto en esta relación y es que de mamás a mamás en la historia se han dejado herencias, legados, tradiciones bonitas, las mejores enseñanzas, los principios del hogar, etc. El enemigo no quiere que las mujeres jóvenes reciban esa herencia y ese legado tan bonito, sino que lo desechen, asuman cosas del mundo y queden a la derivan. La parte espiritual de ese conflicto es muy importante”.

Como se trata de un tema espiritual, debemos darle la seriedad que corresponde y comprender que es importante sanar esa relación, sin importar lo que haya ocurrido. No importa si nuestra madre fue muy dura con nosotras, si nos abandonó, si tuvo problemas personales, con hombres, adicciones o si no fue una buena persona, en cualquier situación se debe perdonar para sanar nuestro corazón. Solo al hacer esto le damos el poder a Dios de sanar esta relación y en los casos en que sea posible, restaurarla.

Como todos cometemos errores, es posible que al hacer memoria tengamos en nuestros recuerdos algún episodio doloroso en el que la protagonista sea nuestra mamá. Es ahí donde la falta de perdón puede estar permitiendo que en nuestros corazones se aloje una raíz de amargura que nos afecta en otras áreas. Por eso debemos entregar a Dios cualquier situación dolorosa y pedirle que sea Él quien se encargue. Solo así podremos recuperar la seguridad y la confianza en ellas, en nosotras mismas y en los demás.

Ante esto, Cristina asegura: “Dios dice que nosotras no somos las encargadas de juzgar a nadie, incluida la mamá. Nos llama a honrarlas. Como consejo invito a las mujeres a tomar la iniciativa y pedir perdón. No dejemos pasar más tiempo. Aunque sepamos que lo que nuestra carne desea es que ellas pidan perdón. Debemos renunciar a ese deseo. El corazón humilde siempre será respaldado por Dios. El perdón es la herramienta más poderosa, se otorga sin que la otra persona lo merezca. No necesitamos explicaciones o excusas. Esa clase de perdón recibimos de Dios y Él espera que la extendamos”.

Por: María Isabel Jaramillo – isabel.jaramillo@revistahyc.com  

Foto: Bence Halmosi – Unsplash (Foto usada bajo licencia Creative Commons)

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