Testimonios

Un toque especial

Cuando somos débiles, significa que somos más fuertes en Cristo. Esto es lo que asegura Pablo en su segunda carta a los Corintios y que se hace real y evidente en la vida de Norma Elizabeth Pinzón Ávila, auxiliar en periodismo digital de nuestra revista, quien nos cuenta su testimonio de resiliencia, fortaleza e identidad en Dios.

Yo puedo decir que Dios estuvo conmigo desde antes de mi nacimiento. Sé que es algo que dice la Biblia, pero en mí es algo palpable. Nací el 5 de marzo de 1998 en Bogotá, Colombia en la Clínica San Pedro Claver, hoy Méderi, donde mi mamá tuvo un parto muy difícil por culpa de un tumor que tenía.

De hecho, se enteró que estaba embarazada de mí porque la estaban examinando referente a eso. El tumor empezó a crecer tanto, que mi mamá parecía embarazada de gemelos, ¡era del tamaño de una pelota de baloncesto, más grande que yo! Aun así, crecí de una manera normal, pero cuando iba a nacer, el tumor no me dejaba salir y empecé a tener muchos problemas de respiración.

El parto fue muy complicado, pero pude nacer. Sin embargo, tres días después, un 8 de marzo, se me subió la bilirrubina. Mi diagnóstico era muerte o parálisis cerebral, pero Dios hizo un milagro… Cuando estuve más grande, investigué un poco y comprendí que básicamente cuando un niño se le empieza a subir la bilirrubina hasta un nivel determinado, puede morir, tener parálisis cerebral o sordera total. En mi caso yo empecé a perder mis signos vitales y muchas cosas. Se considera que, en un nivel determinado, el niño puede tener salvación con transfusión de sangre, a mí me hicieron dos, sin embargo, la bilirrubina subía y subía. Llegó a un punto tan alto que, ya un niño que tenga un nivel mayor de 30 es catalogado con muerte cerebral y sin embargo yo superé ese nivel. Mi diagnóstico era muerte, no tenía muchas probabilidades de sobrevivir y si lo hacía, todos decían que iba a vivir muy mal, con parálisis cerebral, ceguera o sordera total.

Pero yo quedé con una pérdida auditiva, que para mi diagnóstico inicial y para el nivel de bilirrubina que tuve, no es nada. Todo esto fue gracias a que mis papás siempre estuvieron orando por mí. Mi mamá empezó una especie de cadena de oración en mi familia, con compañeros y amigos, mejor dicho, todo el mundo se unió a orar por mi salud.

Quienes más pendientes estuvieron y oraron fuertemente por mí fueron mi tía Norma y mi tía Elizabeth, así que a mí me llamaron Norma Elizabeth gracias a ellas, quienes se movilizaron en oración para que al menos yo viviera, porque en ese momento no había esperanza de vida.

Una nota curiosa es que en ese momento solamente dos niños habían sobrevivido a niveles tan altos de bilirrubina y el otro está en España. Mi mamá cuenta que a los cuatro años vinieron a entrevistarme de España, porque era increíble que hubiera sobrevivido. No sé cómo quedó el otro niño, pero sé que también tuvo muchas dificultades. Pero yo no morí, ni tampoco tuve ninguna parálisis.

La única secuela que quedó fue una pérdida auditiva, que yo soluciono con audífonos. Nunca la vi como una discapacidad, aunque a los cuatro años los médicos dijeron que mi pérdida auditiva podía ser progresiva hasta quedar completamente sorda.

El desafiante paso por el colegio

Desde los cuatro años ingresé en INSOR, (Instituto Nacional de Sordos). Ahí empecé a comunicarme en señas, pero olvidé por completo hablar y escribir. En ese momento la educación era muy cerrada a las personas con discapacidad, (todavía lo es), entonces mi mamá, que es abogada, empezó a hacer convenios para que me dejaran estudiar en un colegio ‘normal’ porque ella sabía las capacidades que tengo y en cierta parte yo sabía que podía hacer muchas cosas más de las que uno puede aprender en una institución de sordos.

Aprendí a leer los labios y con o sin ayuda de mis audífonos puedo comunicarme e interactuar con los demás sin ningún problema. Sin embargo, la etapa del colegio fue muy difícil porque yo llevaba audífonos, (esos grandísimos horribles) y me enredaba mucho para hablar, vocalizaba menos, en fin, tenía muchos problemas de dicción.

Tuve que hacer terapias de lenguaje, hacer de todo para mejorar mi comunicación, porque ese siempre fue un punto de burla hacia mí. Me hacían bullying en el colegio por ese tema. Recuerdo que incluso una vez, una niña cogió mis audífonos, los botó y los dañó. Fue un completo desafío pasar por el colegio.

Además, tuve que cambiarme de colegio varias veces porque mi mamá empezó a trabajar fuera de Bogotá y en una de esas ocasiones, una monjita (de un colegio muy elitista, la verdad), me dijo: “no la vamos a recibir en este colegio porque usted va retrasada en el nivel académico y acá no recibimos personas con discapacidad. Muy probablemente, usted no se va a graduar del colegio”. Mi mamá se puso como una fiera protegiendo a su hija y me dijo: “algún día usted le va a demostrar a todo el mundo y hasta las personas que dudaron, todo lo que es capaz de lograr” y efectivamente me gradué del colegio y pasé a la universidad.

Reconectando con Dios

Cuando yo tenía 12 años, mis papás se divorciaron. Ese también fue un momento muy duro para mí, porque fue como perder en cierta parte una figura de familia. Yo a veces vivía con mi papá y a veces con mi mamá, pero siempre me hacía falta uno de los dos. Así que dije: en algún futuro, si me llego a casar, voy a conformar una familia bien sólida a los pies de Cristo.

Pero fue justamente a esa edad de 12 años que empecé a acercarme al cristianismo. Yo crecí con familia católica, pero mi tía Norma, que fue una de las primeras cristianas de mi familia, comenzó a acercarnos a Dios. Puedo decir que mi familia paterna se convirtió al cristianismo gracias a ella. Cuando mi papá se divorció de mi mamá, comenzó a asistir a Casa Sobre la Roca, como en el 2010, más o menos y obviamente cuando estaba con mi papá, iba a la iglesia con él, y entraba a Roca kids.

Era muy chévere, me empezó a gustar mucho, fue como reconectarme con Dios de una forma que antes no lo hacía. Yo sabía que Dios había hecho una cosa maravillosa por mí, que había hecho un milagro en mi vida desde mi nacimiento, pero nunca había sido consciente del amor tan paternal que todos los días me daba. Comenzar a ir a la iglesia me ayudó a reconectarme, a tener una comunicación verbal y real con Él.

¿Podré ser periodista?

Cuando me gradué del colegio, no estaba segura de qué iba a estudiar. Me inclinaba por Comunicación Social y Periodismo, porque mi familia paterna en su mayoría es comunicadora y desde muy chiquita me inculcaron el amor al periodismo. Mi papá, que es productor de televisión me enseñó toda la parte audiovisual, a editar, el mundo digital, etc. Por su puesto también crecí con grandes periodistas en mi familia como mi abuelo, (el reconocido periodista Carlos Pinzón), uno de los comunicadores más influyentes en Colombia. Él fue mi mentor para conocer el arte de comunicar.

Mi mamá, por su parte, me enseñó el amor a la lectura, a apoyar y ayudar a las personas. Me inclinaba por esa carrera, pero un día, mi mamá, en su infinito amor, me dijo: “¿tú cómo vas a estudiar comunicación?  ¿Si de pronto tienes que hacer una entrevista y no escuchas, o si de pronto tienes que hacer algo y no puedes? Ella tenía la duda y yo también.

Así que decidí ponerlo en manos de Dios, porque si Él pudo hacer muchas cosas durante toda mi vida, sé que lo va a seguir haciendo hasta mi muerte. Me decidí por Comunicación Social y Periodismo y sí fue difícil en algunas ocasiones, pero también me ayudó muchísimo.

Gracias a la carrera empecé a mejorar la dicción, empecé a vocalizar más, todavía me falta, lo sé, pero todo es un proceso. Esto me hizo sentir que no hay debilidades porque las debilidades te permiten dudar de ti mismo, de las capacidades que Dios puso en ti, pero para mí, esa discapacidad auditiva nunca fue una debilidad, para mí, mi discapacidad nunca fue un limitante. Es más, ni siquiera lo llamo discapacidad porque para mí es súper normal. Ese problema auditivo que tengo es simplemente un toque especial que Dios me dio, un toque especial que me hace ser Norma Elizabeth Pinzón Ávila. No es algo que me haga menos, todo lo contrario, me hace ser yo y me hace ser incluso más empática, más sensible a uno de los problemas que muchas veces ignoramos y es que también vivimos en una sociedad que excluye a las personas con discapacidad.

Estando en la universidad empecé otra vez a inclinarme por lo que pasa con los estudiantes que tienen sordera, ceguera. Hay una brecha muy grande, por más que las universidades se esfuerzan, por más que haya un avance tecnológico, que también hay ayuda con apoyos económicos y académicos, simplemente se abre una brecha porque en la sociedad estamos acostumbrados a excluir a esas personas.

Entonces volví a hablar en señas, recordé cosas que se me habían olvidado. Incluso una profesora me animó a hacerlo porque, según me dijo: “tú no sabes si el día de mañana vas a estar sorda”. Pero a mí no me preocupa llegar a estarlo, porque eso no me resta mi valor. A mí lo que me afecta un poco es la sociedad que no acepta a las personas por como son.

Yo sé que si el día de mañana quedo sorda, voy a seguir siendo yo, mi identidad está plena, no por una sordera, no por unas capacidades que tengo, está plena porque yo sé quién soy en Dios, porque en todo el tiempo que he estado en el cristianismo Dios me ha llenado de valor y ha restaurado en mí toda la confianza que no tenía antes.

En mi pasado hubo momentos en que las personas dudaban de mis capacidades… ¿podrá leer? ¿podrá hablar? Hoy me acabo de graduar como comunicadora social y periodista, porque Dios tiene un propósito para mí, si no, yo no estaría aquí.

Ahora estoy trabajando como auxiliar de periodismo digital en esta revista, en la cual ejerzo mi profesión, pero también alabo a Dios, escribo sobre Él y ayudo a que otras personas lo conozcan y empiecen a construir su comunicación con Él, que creo, es lo más importante.

No me lleno de ansiedad por mi futuro, prefiero confiar plenamente en los planes de Dios y no en los míos porque a veces (siempre) Dios me da muchísimo más de lo que yo le pido. Vivo mi vida un día a la vez, entendiendo la voluntad de Dios.

He tomado cada dificultad para estar más cerca de Él, crecer como persona y avanzar hacia el propósito que tengo. Por eso hoy puedo decir, cada vez que haya un problema, déjalo en manos de Dios, porque Él hará cosas maravillosas contigo. No dudes nunca de ti ni de tus capacidades, porque eres Hijo de Dios y tienes su bendición.

Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte. 2 Corintios 12:10.

Foto: Archivo Particular. 

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