Editorial

El mandamiento más importante

Me honran los animales salvajes, los chacales y los avestruces; yo hago brotar agua en el desierto, ríos en lugares desolados, para dar de beber a mi pueblo escogido, al pueblo que formé para mí mismo, para que proclame mi alabanza. Isaías 43:20-21.

¿Por qué y para qué Dios nos trajo al mundo? preguntó Perogrullo: ¿para vivir, sobrevivir, odiar, amar y ser amados? Nacimos para entregar todo nuestro amor y recibir todo el que nos puedan dar, es decir, nacimos para adorar a Dios.

La adoración al Señor debe ser un actuar permanente que involucre nuestras más simples acciones y nuestros más profundos pensamientos. Adorar a Dios es el propósito del hombre, adorarlo con todo lo que hacemos. Una forma de honrar a Dios es a través del amor, precisamente porque Dios es amor.

Y ya que en esta edición estamos tocando el tema del matrimonio, este es un punto clave en el que honramos a Dios, pues Él es nuestro Padre Creador, pero también lo es de nuestro cónyuge. Es padre y suegro a la vez y por eso quiere la felicidad de ambos.

Existe una frase popular que dice que no nos casamos para ser felices, sino para hacer feliz al otro. Si ambos pensamos igual, ambos seremos felices. Si uno de los dos desvía su propósito y se vuelve egoísta, ambos fallan y serán infelices.

Este principio nos recuerda que el amor no es un sentimiento que brota en el corazón como un flechazo de Cupido, sino una decisión personal que tomamos todos los días cuando elegimos seguir amando al otro a pesar de sus defectos.

Ocurre lo mismo cuando pensamos en el amor al prójimo. Jesús  creyó siempre que el amor es tan importante que dedicó su última noche antes de la crucifixión, en una amena charla con sus discípulos sobre el amor. Quiso dejarles muchas lecciones sobre amar y ser amados.

Maestro, preguntó un fariseo a Jesús en las afueras del templo:

“¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley?”.

– Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente, respondió Jesús mirando con severidad hacia los ojos de aquel. Y agregó: este es el primero y el más importante. El segundo se parece a éste: ama a tu prójimo como a ti mismo.

Pero… ¿cómo se ama a sí misma una persona sin que llegue al paroxismo del yoyoísmo? (primero yo,  segundo yo, tercero yo y el resto que… se muera). Pues amando a Dios primero y al prójimo de la misma manera.

No nos ponemos en primer lugar, pero tampoco en último. Apliquemos esta premisa en el matrimonio y en la vida diaria, tratando al otro con amor y respeto, pensando en cómo querríamos ser tratados, esperando ser perdonados con compasión, pero entregando ese mismo perdón a quién nos ha herido.

Recuerda la Palabra que así mismo seremos tratados, amados y perdonados. De ahí en adelante, cuando usted vive el amor de Dios y el de los demás, es cuando el corazón comunica ese amor a su mente y a todo su cuerpo. Cuando llena su corazón del amor de Dios, lo demás vendrá por añadidura.

Por: Augusto Calderón Díaz. Director General de la Revista Hechos&Crónicas y Diácono de la Iglesia cristiana Casa Sobre la Roca.

Foto: Mayur Gala – Unsplash (Usada bajo Licencia Creative Commons)

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