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Sanidad interior para niños (primera parte)

¿Es bruta o qué? Escuché decir a una mamá a través de la clase virtual de uno de mis hijos. Ella seguramente pensó que el micrófono estaba apagado y soltó toda clase de regaños hacia su niña. Palabras fuertes que dolían.

La profesora solo atinó a decir: “Pepita, por favor cierra tu micrófono”. Luego supe que el grupo interdisciplinario de bienestar estudiantil hizo una pequeña reunión virtual con madre e hija para encaminar esa frustración tan palpable en algo positivo. Pero a mí me quedó un mal sabor de boca… ¿Qué pasa con el corazón de nuestros hijos cuando somos nosotros mismos como padres quienes los tratamos así?

Sé que muchos dirán que sus padres los trataron así y nada pasó, finalmente salieron bien. Sin embargo este argumento de que los papás hicieron con nosotros lo mismo y no resultamos mal, puede refutarse fácilmente, pues probablemente por eso repetimos los patrones que tanto daño nos han hecho.

Así lo vemos en la familia de Jacob, donde los conflictos son bastantes. Su madre Rebeca vive desesperada desde que tiene a sus hijos en el vientre por sus constantes peleas y desde que nacen, se ve la competencia, pues al darlos a luz, Jacob nace agarrado del talón de Esaú. Entre los padres no hay unidad e incluso se presentan preferencias hacia los hijos. Jacob es el favorito de Rebeca y Esaú es el favorito de Isaac.

Más adelante, Rebeca y Jacob engañan a Isaac (una madre fomentando la falta de respeto de un hijo hacia su padre) y el conflicto entre hermanos llega a tal punto que Jacob debe huir para que Esaú no lo mate.

Suena como toda una familia disfuncional ¿no? Pues bien, cuando Jacob se convierte en padre, tampoco tiene relaciones muy sanas con sus hijos. Hereda lo aprendido en su hogar y toma preferencias con sus hijos. Incluso usa a uno de ellos, José, para ser informado de las cosas que hacen sus otros hijos.

Israel amaba a José más que a sus otros hijos, porque lo había tenido en su vejez. Por eso mandó que le confeccionaran una túnica muy elegante. Viendo sus hermanos que su padre amaba más a José que a ellos, comenzaron a odiarlo y ni siquiera lo saludaban. Génesis 37:3-4.

Las preferencias del padre causaron división entre los hijos y la túnica, por más preciada que fuera, no logra llenar los vacíos dejados por los errores de crianza y el desamor de sus hermanos.

En la mayoría de casos, la relación con los hijos no es más que un reflejo de la relación que tuvimos en nuestro hogar primario. Somos capaces de identificar algunas cosas que nos hicieron daño e intencionalmente buscamos romper el patrón. Sin embargo, hay muchas otras cosas que conscientemente no identificamos y terminan pasándonos factura cuando nos convertimos en padres. Por eso es tan importante sanar el corazón de nuestros hijos en este mismo instante.

Pero ¿qué hacer entonces? Puede que de entrada no seamos padres maltratadores. Puede que sí. En Colombia, durante los cuatro primeros meses de cuarentena se presentaron 62.000 denuncias de maltrato contra menores, de acuerdo con el Icbf. La gran mayoría provenientes de su propio hogar.

Maltrato no se refiere solamente al abuso o a los golpes, también a las palabras fuertes que causan heridas en la mente y en el corazón.

Así que lo primero es dejar de creer que nuestro pecado como padres es menor que aquel que golpea con brutalidad. Cualquier maltrato afecta el futuro de nuestros niños. Diferenciar el maltrato de la disciplina es importante para tener firmeza sin excedernos y para ser compasivos sin volvernos permisivos.

Cuando identificamos que hemos maltratado a nuestros hijos, debemos comprender la razón. La psicóloga clínica Diana Hernández, especialista en temas de familia asegura que “la mayoría de casos en que los padres se exceden, tienen situaciones propias que no han sido sanadas o tratadas, luego el hijo replica y desborda la paciencia de los padres”. Debilidades y frustraciones de los papás que odian en ellos mismos y ven reflejadas en sus hijos, por eso los tratan con mayor dureza de la que merecen.

Por ejemplo, en mi caso particular, mi familia fue muy estricta conmigo en el tema del desorden. Mis cosas y juguetes siempre debían estar en su lugar o si no, sería reprendida Y adivinen qué… así soy con mis hijos. No soporto el desorden.

Así que lo primero para restaurar el corazón de un hijo es restaurar mi propio corazón. Sanar el pasado, lo vivido. Perdonar y llevar a la Cruz de Cristo la situación para que las heridas no nos dominen. Muchos papás necesitan un proceso de sanidad interior para que el maltrato a sus hijos cese. Pero recuerde que la sanidad es diaria y es un regalo que Cristo nos dio por Su gracia.

Luego debemos establecer el por qué del comportamiento de nuestros hijos. Muchas veces ellos se portan mal porque necesitan atención o expresar algo que no han logrado expresar. Muchas veces lo que buscan es que dejemos a un lado el ajetreo del día y les prestemos atención, pero lo que logran es que los ignoremos porque desaprobamos el comportamiento o que explotemos y no les demos el componente de amor que están buscando. Por eso es tan importante compartir tiempo de calidad con ellos, para evitar que busquen atención de forma incorrecta.

Cuando somos claros con la disciplina y reglas de casa y tenemos organizadas las prioridades en el hogar, es más fácil para ellos obedecer y existirá una mayor armonía. Recordemos que las personas son más importantes que las reglas y que aunque debemos ser firmes, también podemos ser flexibles si con esto protegemos el corazón de nuestros hijos.

¿Cómo restaurar el corazón de mi hijo después de haberlo herido?

Hechos&Crónicas le trae algunos tips que pueden ser de utilidad para la restauración de sus hijos. Recuerde que el proceso de sanidad es el mismo en adultos y niños, aunque con los más pequeños puede ser más fácil. Pida la guía del Espíritu Santo antes de comenzar este proceso y solicite ayuda en consejería de ser necesario.

– Tenga un tiempo devocional familiar en el que lean la Biblia y oren juntos. Esta puede ser la ocasión para pedir perdón a su hijo si usted se ha excedido y llevarlo a que en oración pueda perdonarlo.

– Invítelo a hacer una lista de perdón, donde lo perdone a usted y a todas las personas que lo han herido, escribiendo (o dibujando) específicamente la situación que lo ha dañado. Luego oren con esa lista, perdonen, lleven cada persona a la cruz de Cristo y pídanle a Dios que restaure sus corazones. Desechen la hoja para siempre.

– No intente llenar los vacíos causados con regalos. No caiga en lo mismo que Jacob con su hijo José. No intente resarcir su error con cosas materiales, pues estas jamás tendrán el mismo valor ante los ojos de su hijo que brindarle el amor y la atención que necesita.

– Rompa el ciclo. Así como José pudo perdonar a sus hermanos (Génesis 45:4-14), y terminar con el odio y la venganza, usted puede hacerlo también. Es verdad que todos cometemos errores, pero que no se convierta en una costumbre dañarlo y luego pedir perdón. Evite a toda costa repetir las situaciones dolorosas y acepte la libertad que Cristo les ha dado.

Por: María Isabel Jaramillo – isabel.jaramillo@revistahyc.com

Foto: Freepik 

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