Testimonios

La oportunidad que supe aprovechar

¿Ha escuchado hablar de la Fundación Misericordia, Amor y Servicio, MAS y de los hogares para niños que tienen en diferentes partes de Colombia? Hechos&Crónicas le cuenta la historia de Andrea Ocampo, una pequeña sin esperanzas, que Dios restauró a través del hogar de niños de Casa Sobre la Roca.

Yo nací, en Lérida, Tolima. Éramos cinco hermanos y vivíamos en mucha necesidad. Dos de mis hermanas y yo no conocimos a nuestro verdadero padre, vivíamos con mi mamá y teníamos un padrastro que abusó de mí.

Mi mamá tuvo que enviar a mi hermana mayor a un internado de monjas y se quedó con nosotros cuatro. Nos encerraba para evitar el peligro de que nuestro padrastro nos maltratara o nos hiciera más cosas. Él golpeaba feo a mi mamá y pasamos muchas necesidades porque no nos podía sostener bien, si teníamos para desayunar, a veces no teníamos para almorzar ni comer.

Un día, cuando yo tenía nueve años, dos señoras le propusieron a mi mamá ayudarle con nosotras. Dijeron que debían trasladarnos a la vereda Fonquetá en Chía, Cundinamarca. Mi mamá aceptó y nos llevaron a un internado donde recibían niños de la calle y nos daban lo básico: estudio y comida. Allí, mi hermana y yo duramos tres años.

Una vez mi mamá decidió venir a buscarnos y nos sacó del ICBF, nos llevó nuevamente para Lérida, pero al poquito tiempo estábamos pasando necesidad otra vez, así que decidió volvernos a llevar al internado, pensando que nos recibirían de nuevo. Ella no puso la cara, sino que nos llevó en la noche y se fue. Como éramos pequeñas y estábamos solas, nos recibieron esa noche, pero al día siguiente nos llevaron a otro  internado del ICBF en Bogotá donde recogen a todos los niños de la calle. Allí duramos tres meses que fueron terribles. Vivimos cosas que no nos gustaron, no fue nada fácil estar allí. Fue una época muy dura.

Un día mi mamá se vino con mis hermanos a buscarnos y a dar vueltas por toda la vereda de Fonquetá, pues en el primer internado no le dieron razón de nosotras. Empezó a buscarnos, estaba lloviendo y ella iba llorando, hasta que por cosas de Dios se encontró con el internado de Casa Sobre la Roca. El vigilante no la dejó entrar, pero fue tan bonito que decidió prestarle un lugar para que se quedara con mis hermanos y al día siguiente poder hablar con Glorita de Vega (coordinadora del hogar) y con mi mamá Esther Lucía (de Silva) para comentarle el caso. Fue esa noche, en medio de la lluvia, que Dios hizo su labor.

Mientras tanto, en el internado donde estábamos faltaban horas para que nos sacaran, pues ahí solamente se pueden quedar los niños cierto tiempo, luego los van ubicando en otros lugares o los adoptan. Si mi mamá no llega ese día, a nosotras nos habrían enviado a otra parte y habría sido muy difícil encontrarnos.

Mi mamá llegó al internado con una persona del hogar que la llevó e hizo todo el papeleo para sacarnos de allá. Ese día nos llevó al internado de Casa Sobre la Roca, me acuerdo que fue el 15 de junio de 1996.

Llegamos de noche y lo primero que nos dieron fue una comida. Ya todas las niñas estaban en su cuarto durmiendo y me acuerdo tanto que como todas las camas estaban ocupadas, pasaron a una de las niñas a otra cama para que nosotras dos pudiéramos dormir hasta el día siguiente y luego organizar todo.

Mi vida cambió

Cuando amaneció todo era diferente. Ese día yo estaba súper contenta porque comenzó un cambio, una nueva aventura, un recorrido de pasar el resto de mi infancia, adolescencia y adultez en el hogar. Allí se encargaron de alimentarnos bien porque veníamos desnutridos. Yo tenía 12 años y medio y pesaba 37kg. Estaba muy baja de peso, mis hermanos mucho más, pero con la alimentación de Glorita, que es nutricionista, empezamos a ponernos súper bien.

Lo bonito del hogar fue que empecé a sentirme en familia. El pastor José Helmer y Marisol, encargados del hogar, fueron como unos papás para mí. Allí empecé a sentir el amor,  porque yo solamente viví nueve años con mi mamá y mi infancia fue muy dura, pero aquí, desde que llegamos, comenzamos a sentir ese afecto que tanta falta nos hacía.

Las niñas fueron como mis hermanas, todavía seguimos compartiendo como si lo fuéramos. Lo otro bonito fue que a mi mamá le dieron trabajo, ella entró a cocinar y nosotros a estudiar y tener todo lo necesario para un niño. Incluso salíamos de vacaciones a diferentes partes de Colombia y compartíamos también con niñas de otros hogares. Aprendí muchas cosas, fue algo muy especial.

Andrea, Johana y Angélica crecieron desde pequeñas en el internado de la Fundación MAS.

Por ejemplo, comencé a tener mis cosas. Cuando estaba en el ICBF, celebraban los cumpleaños y las navidades y te daban regalo, pero el día que alguien se va, todo se queda en el internado. En cambio el hogar en el cumpleaños y la Navidad te dan tus muñecos, ropa y regalos, pero si una niña se va, es con todo lo que recibió en el hogar. Nadie se va con las manos vacías.

Desde que llegué me empezaron a compartir cómo era tener una relación con Dios. A los 14 años empecé a recibir al Señor como tiene que ser y a confiar en Él, a conocerlo, a orar… eso yo no lo sabía, eso no lo enseñan en el ICBF. A medida que me iban compartiendo de Dios, mi corazón iba sanando. Pude volver soñar y mis sueños se hicieron realidad.

Empecé a ver mi crecimiento y un proceso de sanidad total porque mi niñez no fue fácil. Estoy muy agradecida por eso. Dios empezó a transformar mi vida, pude perdonar, y es allí donde realmente yo soy libre de ataduras, de todo lo que me ocurrió en el pasado. Cuando yo llegué al hogar, no me cambiaba por nadie. Mi vida era diferente.

Tiempo para enfocarme

A los 14 años tuve un accidente, me rodé por una montaña no sé cuántos metros. Me cogieron 15 puntos en la cabeza, dos en la ceja, me raspé la espalda, el brazo, los dedos… fue un accidente grandísimo.

Un compañero de colegio vivía cerca de donde yo me caí y vio el accidente, vio a esa niña que rodaba, rodaba y rodaba. Una vez nos encontramos con ese muchacho y le preguntamos si él sabía de la niña del accidente, pero él dijo: “no, si esa niña se murió” y yo le respondí: “No. Esa niña está viva, soy yo. Me caí de esa montaña y estoy aquí, Dios me dio otra oportunidad”. Después de ese accidente mi mamá se tuvo que ir del orfanato y quería sacarme, pero yo dije: “Dios me trajo aquí, Él es quien me va a sacar”.

Mi mamá de vez en cuando nos visitaba los domingos en la iglesia, pero pasado el tiempo, mis hermanos se fueron saliendo por diferentes razones, hasta que quedé yo sola. Tanto así, que cuando cumplí la mayoría de edad, mi mamá no me visitaba porque ya era grande. Entonces pedí permiso para visitarla, pero siempre que iba, ella me decía que me saliera del hogar y buscara una piecita como mis hermanas.

Yo le decía: “no, quien va a decidir eso es Dios. Él me va a mostrar el momento”. Mientras tanto, seguí estudiando juiciosa, terminé el colegio y entré a la universidad, todo financiado por la Fundación MAS.Estudié Operaciones de Negocios y Servicio al Cliente en el Politécnico Internacional. Lo que más me llamó la atención fue el Servicio al Cliente, el servicio a los demás.

Fue muy chévere ese tiempo de universidad, estuve muy concentrada en las cosas de Papá Dios, no tuve necesidad de desviarme, iba a lo que iba, a estudiar y a sacar adelante la carrera. Me gradué, gracias a Dios y en la iglesia empecé a hacer cursos y a servir en el ministerio de Visa, asistí a iglesia infantil, estuve en tMt, en J25 y en todos estos grupos tuve buenas amistades.

Cuando terminé la universidad, hice mis pasantías en la Cooperativa Redil, como auxiliar administrativa. Duré un tiempo y me vi en la necesidad de cambiar de empleo. Hablé con el pastor Carlos Ricardo Bustos (administrador de la iglesia) y me dio la oportunidad de trabajar allá. Yo no tenía conocimientos plenos de qué se hace en Recursos Humanos, pero entré y aprendí muchas cosas. Me dan la oportunidad de manejar el personal de Servicios Generales y yo encantada, porque me gusta eso, el trato, hablar con las personas y dar de lo que me han dado, aconsejar de lo que me han aconsejado. Ahora me encargo de todo lo que se hace en la iglesia en cuanto a aseo, programaciones y todo eso, es muy chévere.

Como ya tenía un empleo estable, oré y decidí salirme del hogar. Hablé con mi mamá Esther Lucía y le dije que quería independizarme y darle ese cupo en el internado a otro niño que lo necesitara tanto como yo en su momento. El día que salí, llegaron cinco niños. Mi oración es que cada pequeñito que llegue al hogar, valore la oportunidad que yo supe aprovechar.

El deseo de formar una familia

Durante ese tiempo conocí a una persona que jugó conmigo y me dolió mucho. Fue un proceso duro, pero gracias a eso decido esperar en Dios a la persona indicada para estar a mi lado. Comencé a orar mucho, le decía a Dios que quería tener novio y que ese novio fuera mi esposo. No quería “pasar el rato”, sino formar un hogar.

A finales del 2016, llega una persona que ya conocía de antes, en tMt, cuando yo tenía 17 años y él 18, nos veíamos frecuentemente, pero nunca salimos ni nada. Luego él se fue para Argentina y duró un tiempo allá antes de regresar a Colombia. Su nombre es Juan Carlos Noy.

Como él sabía de cocina, buscó empleo en la iglesia y comenzó a trabajar en Rocafé. Allí volvimos a hablar. Él me cuenta que cuando me vio dijo: “Dios, ella sigue en la iglesia, sigue congregándose, trabajando”. Eso le llamó mucho la atención y empezó a orar desde ese diciembre y todo el año 2017, para que yo le dijera que sí, no solo como novia, sino para formar una familia.

El 16 de diciembre se me declaró. Como yo venía orando y diciéndole a Dios que quería que me enviara el novio que iba a ser mi esposo, le dije a Juan Carlos: “yo no estoy para jueguitos”. Eso nos confirmó a los dos que veníamos orando por lo mismo. Dios definitivamente nos unió, fue algo muy bonito. Cuando se lo presenté a mi mamá Esther Lucía y al pastor Darío, quedaron fascinados y me dijeron que la Fundación MAS nos organizaría el matrimonio.

Nos casamos el 21 de julio del 2018 en una boda soñada. Luego empezamos a orar y actuar en busca de vivienda. Hicimos la tarea de ahorrar y buscar ayuda en un fondo de ahorro y pudimos cumplir el sueño de tener apartamento propio. Además, la Fundación MAS, que es una bendición, nos ayudó con las mejoras.

El 1 de marzo de este año nació nuestra hija Maía. Es una bendición y una respuesta de Dios cuando le pedimos formar un hogar.

Cuando miro atrás y veo todo ese cambio que Dios ha hecho en mí, me quedo sin palabras. ¡Estoy tan agradecida con Él! Ha sido muy bonito con nosotros, conmigo, con mi familia… hoy mis hermanas cada una tiene su hogar, mi mamá tiene un negocio, e independientemente de que se hayan salido del hogar antes que yo, he visto cómo Dios ha restaurado sus vidas.

Él me hizo una nueva persona, sanó mi corazón y cumplió ese sueño que tenía de formar un hogar. No sé qué sería de mí de haberme quedado en Lérida, en las condiciones que estábamos. No estaría como estoy hoy, teniendo un esposo, una hija, una familia maravillosa, una iglesia hermosa. No hay comparación y eso es algo que no sé cómo expresar, sencillamente le doy gracias a Dios por mi mamá Esther Lucía y el pastor Darío, Glorita, el pastor Francisco, papá José Hélmer y mamá Marisol porque ellos nos abrieron las puertas, permitieron que entráramos al hogar a recibir ese amor, cariño y respaldo que necesitábamos para ver que con Dios los sueños se cumplen.

Fotos: Archivo particular.

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