AreópagoOPINION

Historia del amor

Hace un poco más de 50 años el noviazgo era algo sagrado; aún los muchachos partidarios del erotismo libre diferenciaban claramente entre una simple aventura y una relación sentimental con miras al matrimonio.

La idea era tratarse y conocerse, trabar una buena amistad, planear el futuro y, finalmente, ir juntos al altar, trajeados de sacoleva y vestido blanco, con las manos entrelazadas, bajo una lluvia de flores y al compás de la marcha nupcial, para prometerse ante Dios fidelidad, comprensión y solidaridad. En el proceso, abundaban los detalles galantes: llamadas telefónicas por nimios pretextos, esquelas con recados tiernos, poemas algo cursis, salidas a cenar, bailes familiares, flores, regalos, sorpresas, y una que otra serenata con boleros de corte romántico-religioso: “Te puedo yo jurar ante un altar mi amor sincero y a todo el mundo le puedes contar que sí te quiero”.

El varón derrochaba gentiles maneras, decoro personal, amena charla, buen humor, todo lo que antiguamente se identificaba como hidalguía o caballerosidad. La mujer era bella, graciosa, discreta, algo lejana y misteriosa. Mientras escribo estas cosas, viene a mi recuerdo la historia de Ricardo y Juanita, quienes tenían amores desde niños en mi pueblo natal. Muy joven, él emigró a los Estados Unidos lleno de ilusiones de prosperidad y bajo la promesa de venir un día a realizar sus sueños conyugales. Tuvo la desdicha de ser atropellado por un ferrocarril en San Francisco, accidente a consecuencia del cual fue necesario se le amputaran las dos piernas. Cuando todo el pueblo ya se resignaba a que Juanita se quedara para vestir santos, un caballero canoso y bien trajeado se apeó una tarde del único bus intermunicipal que funcionaba en aquel tiempo y, apoyado en un bastón con empuñadura de plata, caminó calle arriba, dificultosamente, sobre unas piernas ortopédicas, seguido por un muchacho que le cargaba las valijas. Detuvo su marcha frente al desvencijado portón y, después de dar tres golpes con la aldaba, pronunció la fórmula ritual de entonces:

-Alabado sea Dios… Desde adentro, una temblorosa voz femenina respondió lo consabido: -Y alabado sea su Santo Nombre. Al desplegarse las abras de par en par, el reconocimiento fue mutuo, emocionado y sorpresivo: -¡Ricardo! -¡Juanita! Los fieles novios se casaron en edades avanzadas. Cuando recuerdo su edificante historia, la relaciono por contraste con la admonición bíblica:

Y todavía preguntan por qué. Pues porque el Señor actúa como testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que traicionaste aunque es tu compañera, la mujer de tu pacto. Malaquías 2: 14.

Hoy, cuando las relaciones de pareja son de quitar y poner, aquellos enamorados de mi pueblo que vivieron su lealtad hace más de cinco decenios reivindicarían la pureza del amor humano.

Fui varias veces, en mi pubertad, contertulio de esa caja de música sin piernas que era el viejo Ricardo. Sentado en el poyo de su espaciosa y torneada ventana colonial, engullendo golosinas que su esposa me dispensaba a manos rotas, escuchaba con fascinación sus historias de la nación norteamericana, donde la gente no mentía porque todos eran protestantes. En esa época a nadie se le ocurría durante un noviazgo ensuciar el agua del pozo cristalino del cual él mismo bebería después todos los días de su existencia terrenal. El natural deseo erótico se mantenía bajo control,  orientado hacia la meta; allí, después de una carrera en la cual se cumplían todas las reglas, esperaba el preciado galardón: la posesión del ser amado. La boda no era la legalización de un hecho cumplido, ni una forma ritual de salir de apuros, sino la concreción de un sueño en tangible realidad.

¡Valía la pena esperar!

Por: Rev. Darío Silva – Silva. Fundador y presidente de Casa Sobre la Roca, Iglesia Cristiana Integral.

Foto: David Bernal / Revista Hechos&Crónicas

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