Timoteos

¿Cómo ayudar a un amigo cuándo está mal?

Dios nos creó para relacionarnos, no para estar solos. Nadie puede lograr una meta estando absolutamente solo. Al contrario, necesita compañía, apoyo y aliados durante el proceso. Como dice la Biblia, uno solo puede ser vencido, pero dos pueden resistir. Eclesiastés 4:12a. Por eso, la amistad es una gran bendición.

Los amigos son la familia que podemos elegir. Sin embargo, esta elección no solo se basa en la apariencia externa y la personalidad. También se basa en el genotipo, o conjunto de genes, “lo que nos permite establecer sinergias que podrían conferirnos ciertas ventajas evolutivas”.

Un estudio de la Universidades de California y Yale ha encontrado que las personas que elegimos como amigos, aunque no estén biológicamente relacionados con nosotros, sí guardan cierta similitud genética. “Tenemos más ADN en común con la gente que escogemos como amigos que con los extraños de la misma población. En promedio, somos genéticamente similares a nuestros amigos”.

Aun así, en momentos de dificultad, la similitud genética puede quedarse corta. Si bien es cierto que este proceso puede ayudarnos a buscar personas que reaccionen de forma similar ante la vida (como tema de supervivencia, pues al reaccionar igual, nos protegemos y beneficiamos mutuamente), la tristeza no es algo que se cure solamente por instinto.

Las situaciones de la vida nos llevan a pasar por diferentes estados de ánimo, pero el amor que le tenemos a nuestros amigos nos hace querer ayudarlos cuando enfrentan una dificultad que hiere su corazón. ¿Qué podemos hacer?

  1. Orar

No podemos ser de ayuda para nadie si nuestra propia vida es un desastre. Tampoco se trata de que seamos un ejemplo en todo, pues no lograremos ser perfectos. Sin embargo, cuando un amigo está pasando por dificultades, a quien más necesita es a Dios. Si tenemos una relación íntima con Él, podremos presentarle a nuestro amigo a ese Dios que puede sacarlo de problemas y que, además, cura y perdona. La oración intercesora es un recurso que tenemos como creyentes que nos acerca a Él y que tiene un increíble poder para sanar. Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz. Santiago 5:16.

  1. No juzgar

No podemos ser el tipo de persona de la que sus amigos huyen cuando saben que cometieron un error por miedo a nuestros comentarios de persona legalista. No podemos caer en juzgar al otro solo porque nosotros no pecaríamos de esa manera, pues todos tenemos luchas y pecados de los cuales arrepentirnos. Si somos respetuosos de lo que los demás están viviendo, sin pensar en lo que nosotros haríamos o hubiésemos hecho, podremos servir de apoyo. Muchas personas se quedan solas librando una gran batalla en su interior y no se sienten capaces de contar por lo que están pasando, pues tienen miedo de ser juzgadas. Entre nosotros no debe ser así, debemos ser los brazos extendidos del amor de Dios para levantar a quien ha caído.

Es verdad que debemos expresarle lo que está escrito en la Palabra de Dios y rechazar su pecado, pero lo que un amigo necesita es nuestro corazón compasivo capaz de mostrarles al Dios que perdona todos sus pecados, los limpia y recibe en Sus brazos. De lo contrario, lo único que vamos a lograr es que se aleje de Dios.

Por tanto, dejemos de juzgarnos unos a otros. Más bien, propónganse no poner tropiezos ni obstáculos al hermano. Romanos 14:13.  Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer. 1 Corintios 10:12.

  1. No comparar su historia con la mía

Todos tenemos una historia para contar y seguramente nos ha sucedido algo que  puede ser similar a lo que nuestro amigo está viviendo. Si en esa situación tomamos las decisiones correctas, podríamos brindar al otro un sabio consejo para salir de su angustia. ¡Alto! Puede que hacer esto tenga la mejor intención, pero el proceso del otro no siempre se parece al mío. Por ejemplo, las fases del duelo no se presentan igual para todo el mundo, o las del final de una relación. Tampoco el proceso para dejar una adicción.

Los tiempos para todos no funcionan igual y la dinámica de las familias y los seres humanos es diferente. Si nuestro amigo en problemas nos pide un consejo basado en nuestra experiencia, podemos compartirlo, pero siempre teniendo cuidado de no imponer el proceso, pues él es libre de actuar como mejor le parezca.

Mientras tanto, nuestro consejo de amigos debe basarse únicamente en lo que dice la Biblia sobre el tema específico que está atravesando este amigo. Cada cual examine su propia conducta; y, si tiene algo de qué presumir, que no se compare con nadie. Gálatas 6:4.

  1. Ser coherentes con la Palabra de Dios

Unido al punto anterior, debemos entender que somos compañeros de batalla en la lucha por la paz y el restablecimiento de nuestro gran amigo. Por eso debemos orar con él, interceder e incluso hacer un “estudio bíblico” para analizar cómo Dios ve el asunto y las maneras de encontrar la restauración. No olvidemos que Dios es mucho más sabio que nosotros.

Esto, por su puesto podemos hacerlo por nuestra cuenta, sin asfixiar a nuestro amigo. La perspectiva bíblica que le brindemos no debe ser apabullante, sino un bálsamo en su momento de angustia. Tampoco podemos dedicarnos exclusivamente a esto, pues aburriremos a nuestro amigo y terminaremos desgastados. La coherencia es la clave de todo este asunto.

Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra. 2 Timoteo 3:16-17.

  1. Aceptar su dolor

Cuando hemos pasado por una situación difícil, sabemos que es necesario sentir dolor para sanar. El dolor nos enseña y es una estación de la vida que debemos vivir. Pero como toda estación, debemos quedarnos en ella por un momento. No hay nada más desesperante que intentar desahogarse con alguien que no da validez a nuestros sentimientos. Si somos verdaderos amigos no subestimaremos lo que el otro siente o vive, no le diremos que “no pare bolas” o que avance para que el sufrimiento termine.

Está bien no ponerle sal a la herida y no quedarse para siempre sumido en la tristeza, pero debemos entender que el dolor hace parte de la vida y seguramente nuestro amigo debe aprender algo en el proceso, nuestra misión es ayudarle a comprender qué.

Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran. Romanos 12:15.

Acompañar a un amigo durante un proceso doloroso no solo nos hará ser mejores personas, seguramente afianzará la amistad y creará un lazo inquebrantable.

El perfume y el incienso alegran el corazón; la dulzura de la amistad fortalece el ánimo. Proverbios 27:9.

Foto: Ben White – Unsplash

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