Lucas MD

Lepra, historia de una enfermedad milenaria 

Es considerada como uno de los males más grandes de la historia, una infección de la piel que no distingue raza, edad ni género y que cobró las vidas de cientos de personas de manera casi sistematizada, obligando a sus víctimas a vivir en el ostracismo. Caracterizada por un cuadro sintomatológico bastante difícil de contemplar para personas sensibles, la lepra viene dada por manchas cutáneas, tubérculos y lepromas que dan a la cara un aspecto leonino, produciendo, a su vez, hipertrofia de las capas dérmicas y subdérmicas que crean una semejanza con la piel de un elefante, por lo que también se le solía conocer como elefantitis hasta hace unos años.

Una enfermedad bíblica

En la Biblia vemos que la incidencia de esta patología era amplia y preocupante, sobre todo en una época en la que la medicina, tal y como la conocemos, apenas estaba en sus albores y la cura o el tratamiento para combatirla se vislumbraba a varios milenios de distancia; sin embargo, nuestro Señor le hizo frente en numerosas ocasiones, desterrando la infección de varias personas a las que tocaba con su amor y poder.

El primer pasaje de las Sagradas Escrituras en el que se menciona a la lepra es en Levítico 22:4, dejando claro que, por tratarse de una condición altamente contagiosa, había reglas al respecto: Si un descendiente de Aarón padece de alguna enfermedad infecciosa en la piel, o de derrame seminal, deberá abstenerse de comer de las ofrendas sagradas, hasta que se purifique. Cualquiera que toque un objeto contaminado por el contacto con un cadáver, o que tenga derrame de semen.

De igual modo, en el Nuevo Testamento, en Lucas 4:27, se nos da una aproximación de lo prolífica que era la lepra en tiempos de Cristo, hasta el punto en el que podría considerarse que era una pandemia en todo el mundo antiguo, sobre todo entre las personas de escasos recursos: Así mismo, había en Israel muchos enfermos de lepra en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán el sirio.

Los orígenes

La lepra tiene un trasfondo mucho más rico y profundo del que podríamos atisbar a simple vista o del que nos presenta la cultura general. Tanto así que no fue sino hasta 1873 cuando el médico noruego Gerhard Hansen vio el bacilo de lepra bajo el microscopio y probó que se trata de una enfermedad de orden infeccioso y no una maldición, como solía concebirse. Por ello, y como tributo a este investigador, la enfermedad se nombre desde una perspectiva más académica y real.

De acuerdo con las estimaciones de muchos expertos, la lepra surgió en África o Asia y se extendió hacia Europa a través de los ejércitos conquistadores de Alejandro Magno, alrededor del año 300 a.C. Fue así como logró devastar este continente y parte del Oriente Medio en poco tiempo, en especial durante las edades oscuras y hasta 1870.

Proliferación y caos

Pero, ¿a qué se debía la rápida propagación de la enfermedad? Aunque en aquella época, por no contar con los avances médicos y tecnológicos de los que sí disponemos en la actualidad, no sabían cómo comportaba la lepra, se estima que uno de los principales motivos atribuibles era el precario saneamiento de los pueblos y ciudades, así como la desnutrición que imperaba entre el vulgo y el hacinamiento en el que vivían.

Además, hay que tener en cuenta que las condiciones económicas ejercían un influjo considerable, pues, lo que hoy consideramos como una necesidad básica e incluso un derecho, en la antigüedad era todo un lujo, empezando por el uso del agua para bañarse. Y fue una realidad que se sobrepuso, incluso en Sudamérica, durante la invasión europea, a través de los esclavos africanos.

Primeros pasos

Esta mancha en la historia de la salud mundial, sus implicaciones para la integridad de las víctimas y el riesgo que implicaba para quienes convivían en las mismas comunidades, condujo a experimentar una sensación de horror con la sola mención de la lepra y la inyección del aceite de Chaulmoogra era uno de los pocos tratamientos que aportó un beneficio tangible a los afectados por la infección, si bien cada inoculación de esta sustancia era terriblemente dolorosa y su eficacia no estaba asegurada a largo plazo.

No fue sino hasta la década de los 80 del siglo pasado que el médico venezolano Jacinto Convit, nacido en Caracas en 1913, abrió una importante línea de acción y pasó a la historia como el investigador que desarrolló la primera vacuna contra la lepra. Hijo de un catalán y una canaria, Convit se matriculó en la facultad de medicina de la Universidad Central de Venezuela durante el gobierno del dictador Juan Vicente Gómez, y visitó en numerosas ocasiones la leprosería de Cabo Blanco, en el litoral venezolano.

Fue esta labor de voluntariado la que dejó un impacto considerable en el sentir de Convit, hasta el punto en que dedicó gran parte de su vida al estudio de la enfermedad. Y, si bien sus primeras tentativas se limitaban al aceite de Chaulmoogra, más tarde dispuso medicamentos avanzados hasta que, finalmente, en 1987, dispuso una vacuna experimental que cambiaría la cara de tan severa patología para siempre.

El legado de Jacinto Convit

El arduo trabajo de Convit y el desarrollo de la vacuna (que se obtuvo de la inoculación del bacilo de la lepra en armadillos y las cepas atenuadas del microorganismo con la vacuna de la tuberculosis), le valió el premio Príncipe de Asturias de 1987 y, al año siguiente, recibió una nominación al Nobel que le fue negada más tarde.

Sin embargo, el camino allanado por este insigne venezolano sigue siendo transitado por especialistas de todas partes del mundo, quienes continúan trabajando en pro de avanzar en la inmunoterapia de la enfermedad de Hansen, como también se le conoce a la lepra. Y, lo que es igual de significativo, la base de todos estos estudios es la investigación de Convit.

Terminología y tratamiento

En la actualidad, la lepra es considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una enfermedad crónica, causada por el bacilo Mycobac teriumleprae, y que se multiplica muy despacio, con un período promedio de incubación de cinco años; aunque, en ciertos casos, los síntomas pueden aparecer en un 1 o 20 años.

Desde 1981, la OMS recomendó como principal línea de tratamiento la administración de tres fármacos, que son: dapsona, rifampicina y clofazimina, teniendo una duración aproximada de seis meses; y, gracias a acciones conjuntas, la erradicación de la enfermedad se logró en el año 2000, si bien ha habido esfuerzos continuados y atención gratuita a los afectados con lepra, de la mano de la Fundación Nippon.

Colombia: Números que preocupan

La lepra no se ha extinguido del todo y las cifras de la OMS lo demuestran, ya que, en 2017, se registraron 211.009 casos a nivel mundial en 159 países y, lamentablemente, Colombia no está exenta de esta realidad, que preocupa por su gravedad e implicaciones para la salubridad de todos nuestros conciudadanos.

El 27 de enero se conmemoró el Día Mundial de la Enfermedad de Hansen y, según el Instituto Nacional de Salud, en nuestro país se detectan entre 300 y 400 casos nuevos cada año; además, dicha entidad asegura que Bogotá es una de las urbes más afectadas, con alrededor de 15 casos nuevos anualmente. Tan alarmantes son estas cifras que, en 2018, el Ministerio de Salud advirtió que la lepra sigue siendo una realidad que puede afectar a cualquier colombiano, por lo que hay que prestar atención a posibles síntomas y, ante cualquier duda, acudir con el médico.

La buena noticia, sin embargo, es que el Estado tiene un programa muy avanzado para detectar los casos a tiempo y atacarlos antes de que haya riesgos masivos.

Confía y Él hará

Al verlos, les dijo: Vayan a presentarse a los sacerdotes. Resultó que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Lucas 17:14.

La enfermedad es una de las pruebas que nos impone la vida y Dios permite que así sea, porque tiene un propósito importante para cada persona. Y es que nuestro Señor no hace nada en vano, no juega al azar, ni mucho menos pretende hacernos sufrir por el mero placer de causarnos dolor e incertidumbre.

Desde luego, afrontar una condición tan grave como la lepra no es fácil y, seguramente, tampoco lo es lidiar con cualquier otro padecimiento que estés cargando sobre tus hombros; pero, así como el Señor curó a los leprosos mientras iban de camino a hablar con los sacerdotes, tu fe también te transformará en un vehículo para hablar de su gloria.

Por: Verushcka Herrera R.

Foto: Archivo particular

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