Areópago

Tiempos de crisis

Pasemos a un tema muy sensible. El pretexto que hoy se esgrime para no darle a Dios lo que le corresponde, es que: «El país está en crisis». Hasta hay quienes se inventan la teoría novedosísima de que la crisis que afecta al mundo tiene que afectar a los cristianos al igual que a los inconversos, y esa es una colosal mentira de Satanás. Por el contrario, las Sagradas Escrituras nos demuestran que en los tiempos de crisis, los obedientes a Dios reciben una enorme prosperidad. Un principio bíblico indiscutible es este: El hijo de Dios no padecerá necesidad, si cumple las normas de la mayordomía.

En la tierra de los filisteos, había una gran hambre y un desempleo galopante. La gente huía para Egipto, como muchos lo han hecho a Estados Unidos, al Canadá, etc. No pretendo decir que el que haya recibido un llamado de Dios para irse no lo haga. Eso sería un absurdo, pues cada caso es personal en la relación con Dios.

…Por eso Isaac se fue a Guerar, donde se encontraba Abimelec, rey de los filisteos. Allí el Señor se le apareció y le dijo: No vayas a Egipto. Quédate en la región de la que te he hablado. Vive en ese lugar por un tiempo. Yo estaré contigo y te bendeciré… Génesis 26:1b-3a.

Este hombre sembró en un peladero, donde no había esperanza, donde la gente se moría de hambre. Así Isaac fue acumulando riquezas, hasta que llegó a ser muy rico. (v. 13).

¿Por qué? Porque obedeció a Dios. Isaac, el hijo de Abraham, estaba enseñado a aplicar los principios bíblicos y los cumplía en toda la línea. Pagaba el impuesto del reino. Era un buen mayordomo, se ceñía a las políticas de empresa de Dios. Abría constantemente la llave de la generosidad. Cosa deprimente ver, no digamos en el mundo sino en la iglesia cristiana, personas que se parecen mucho a ese estereotipo creado en su tragedia magistral por el gran dramaturgo francés Moliere, «El Avaro».

Cosa triste ver en la iglesia cristiana gente que tasa en términos económicos hasta las cosas espirituales. Porfirio Barba Jacob, el gran poeta colombiano, lo describió muy bien en su Canción de la Vida Profunda: Hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos como la entraña oscura de oscuro pedernal; la noche nos sorprende con sus profusas lámparas en rútilas monedas tasando el bien y el mal.

En pocas cosas, como en esto de los bienes materiales, se cumple la premisa según la cual: El que cumple las condiciones recibe las bendiciones. Para que no nos confundamos con este asunto, los invito a que lean desde su casa 1 Timoteo 6:3-10.

Algunos preguntan: ¿Será ilegítimo tener bienes materiales? No, señor. Lo que es ilegítimo es poner el corazón en los bienes materiales. Por eso, en la misma epístola, el Apóstol Pablo, aclara:

A los ricos de este mundo, mándales que no sean arrogantes ni pongan su esperanza en las riquezas, que son tan inseguras, sino en Dios, que nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos. Mándales que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, y generosos, dispuestos a compartir lo que tienen. (vv. 17-18). La única Palabra de Dios que conozco es la que predico en mi iglesia. Creo que concuerda con la ortodoxia cristiana, lo que hemos creído todos en todo lugar y en todo tiempo. En el cristianismo es tiempo de que no se escuche más: «No diezmo porque no tengo». Es mejor oír: «No tengo porque no diezmo». ¿Hay ladrones de los dineros de Dios? Sí. Sí los hay.

Y a los que se les comprueben malos manejos deben responder ante las autoridades como corresponde. Pero no aceptaremos que se generalice, porque los ladrones eclesiásticos son la excepción: Jesús tenía 12 colaboradores, uno se llamaba Judas y precisamente oficiaba como tesorero.

Robaba de la bolsa del Señor directamente, dice el Evangelio. San Pablo nos da otras claves que conviene escudriñar, porque complementan la enseñanza sobre la generosidad. Generosidad con todas las riquezas: Con la vida, con el tiempo, con los  talentos, con las posesiones, con las finanzas. La llave de la generosidad abre el arca de los tesoros para la vida del creyente.

Recuerden esto: El que siembra escasamente, escasamente cosechará, y el que siembra en abundancia, en abundancia cosechará. Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría. 2ª. Corintios 9: 6-7.

Foto: Archivo 

 

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