Areópago

Alegría en la conducta

Estamos olvidando nuestras raíces protestantes y ya ni nos damos cuenta que una de las grandes conquistas de Lutero, Calvino, Menno Simmons y compañía, fue precisamente rescatar la libertad de examen y la libertad de conciencia. A este respecto, Pablo da instrucciones muy precisas:

Por tanto, dejemos de juzgarnos unos a otros. Más bien, propónganse no poner tropiezos ni obstáculos al hermano. Yo, de mi parte, estoy plenamente convencido en el Señor Jesús de que no hay nada impuro en sí mismo. Si algo es impuro, lo es solamente para quien así lo considera. Romanos 13-14.

Nada es impuro en sí mismo, es la gran conclusión de Pablo. ¿En dónde quedan, entonces, advertencias como: “cuidado con la carne de cerdo, no coma tal cosa, no se tome esa copa de vino”, etc.? Si algo es impuro, lo es solamente para quien así lo considera. ¿Y eso qué tiene que ver con la alegría? Mucho ciertamente.

Si usted sigue adelante en su examen de este capítulo bíblico, encontrará algo revelador:

v. 17 porque el reino de Dios no es cuestión de comidas o bebidas sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo. La alegría, junto a la justicia y la paz, construyen el reino de Dios; y todos los motivos de discordia que Pablo viene analizando, lo único que hacen es arruinar y matar la alegría entre los hermanos.

Habitar en el reino de Dios es vivir alegre, con la alegría de Dios el Padre que nos llegó a través de Dios el Hijo y que permanece en nosotros por Dios el Espíritu Santo. ¿Hay momentos difíciles en la vida? Sí. ¿Hay días tristes, complicados, luctuosos? Sí. Perdónenme que sea tan crudo en lo que voy a decir: Dios no nos exige que soltemos una carcajada en mitad de un funeral. El mundo es entristecedor, como la letra de un bolero típico de la posguerra lo dijo en forma precisa:

Después que uno viva veinte desengaños, qué importa uno más; después que conozca la acción de la vida no debe llorar.

Hay que darse cuenta que todo es mentira, que nada es verdad; hay que vivir el momento feliz, hay que gozar lo que puedas gozar, porque sacando la cuenta en total la vida es un sueño y todo se va.

La realidad es nacer y morir, a qué llenarse de tanta ansiedad, todo no es más que un eterno sufrir y el mundo está hecho sin felicidad.

Durante el siglo XX, la filosofía existencialista que surgió en el XIX, llevó a la gente a desesperarse, a dar un salto en el vacío. El hombre, para tratar de justificar su ruina espiritual, terminó negando a Dios y, en medio del tremendo barullo formado por Nietzsche, quien terminó en un manicomio, y por Sartre, que llevó al manicomio a muchos, surgieron voces cristianas bien audibles. Primero Kierkegaard, el gran pensador escandinavo, y, después, Paul Tillich, quien desarrolló toda su teología con base en el existencialismo.

¿Qué es lo que ellos demuestran a las claras? La congoja humana, ese vacío interior, los problemas sin solución, las preguntas sin respuesta, lo que hace que el hombre no le encuentre sentido a su vida, toda la angustia existencial, en suma, tiene un ancla en la cruz de Jesucristo.

Allí termina todo, porque allí están todas las respuestas definitivas para la ansiedad del hombre. El dolor vino por el pecado, la alegría llega como fruto del Espíritu Santo.

Por: Rev. Darío Silva – Silva. Fundador y presidente de Casa Sobre la Roca, Iglesia Cristiana Integral.

Foto: David Bernal – Revista Hechos&Crónicas

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