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Nunca te casas con la persona correcta

Cuando una pareja se casa y la luna de miel se acaba, es común que la pareja se pregunte ¿en qué me metí? Conocerse en un espacio en el que comparten todo 24/7 puede llevar a que el idilio termine pronto.

Si nos remontamos a la época de nuestros abuelos (y de ahí para atrás), los matrimonios no se daban porque dos almas gemelas se hubieran encontrado. Nadie esperaba conocer a la persona adecuada después de pasar por muchas parejas. Tampoco  estamos hablando de la época de los matrimonios por conveniencia, sino de ese momento de la historia en el que las personas se encontraban con ese primer gran amor que los acompañaba toda la vida y lograban formar familias felices y matrimonios duraderos.

Claro, muchos dirán que existían parejas que se casaron medio engañadas y que vivieron infelices solo por no divorciarse, pues esa también era la costumbre de la época. Y si, pero no. Mejor dicho, siempre encontraremos de todo: parejas felices e infelices, pero lo que existía antes era un amor más inocente que ahora prácticamente no se ve.

En la actualidad, cuando una pareja se casa ya ha cumplido grandes metas en su vida. Muchos esperan terminar sus estudios y conseguir un trabajo “respetable”. Buscan su realización personal y profesional antes de pensar en casarse y en ese trasegar, son muchos los noviazgos que se forman y terminan, razón por la cual aparece el problema de “compatibilidad” cuando se llega al matrimonio.

La verdad es que en esta época, las personas andamos por ahí con expectativas poco realistas de lo que significa el matrimonio y la búsqueda de la persona correcta.

El primer error es creer que esa búsqueda nos corresponde a nosotros como seres humanos y no a Dios. El segundo error es entregarle a Dios esa búsqueda, pero con peticiones irreales. Le pedimos a Dios que nos presente un príncipe azul o una princesa de cuento con buena figura, dinero, aspiraciones, que sea culto y con buen sentido del humor, que sea detallista, dulce, pero con firmeza, que sea bueno para hablar, cocinar, leer, que comparta nuestros gustos musicales, cinematográficos y futbolísticos.

Y por supuesto, que ame a Dios con todo su corazón. Claro, no está mal pedir ciertas cosas, lo que está mal es que se convierta en una lista de deseos inamovible, que nos lleve a descartar al amor verdadero porque no cumple con uno varios ítems de la lista. O que esto se convierta en razón para terminar con el matrimonio.

Hay un dicho que dice: “uno se enamora de un príncipe, se vuelve la esposa de un señor y termina divorciada de un cretino”, y qué tristeza llegar a ese punto para descubrir que uno no se casa con la persona correcta.

De acuerdo con cifras de Notariado y registro, durante 2019 aumentaron los divorcios en Colombia. 23.422 parejas decidieron terminar con su matrimonio. De hecho hubo una reducción de 11% en los matrimonios. Es decir, por cada 1.6 matrimonios en Colombia hubo tres separaciones.

Además, una de cada tres parejas en nuestro país vive en unión libre. Algunos declaran no creer en el matrimonio, pero el argumento de muchas de esas parejas es “probar cómo nos va antes de tomar la decisión de casarnos o no”.

La persona correcta no existe

Si una pareja se casa pensando que es obligación del otro hacerlo feliz, se está casando por las motivaciones equivocadas. El matrimonio es como una empresa en la que se unen dos personas llenas de defectos para crear, con gran esfuerzo, un espacio de amor y estabilidad. Un oasis envidiable en medio de este mundo en el que se viven cosas tan difíciles.

Lo que ocurre es que al exigir que nuestra pareja sea un príncipe de cuento, lo que estamos esperando es tener un sirviente emocional que nos haga felices, supla nuestras necesidades y hasta satisfaga nuestros deseos sexuales.

No es así. El matrimonio no es para mi realización personal, sino para la realización de una pareja que se convierte en una familia independiente. Además, si creíamos conocer a la persona con quien nos casamos, pero realmente nunca terminamos de conocernos realmente, además, el matrimonio nos cambia. No en el mal sentido, pero pasamos de vivir con nuestras propias costumbres a adaptarnos a otro ser humano que también se está adaptando a un nuevo estado. No es fácil para  nadie y menos, cuando aparece el tema dinero que en una familia naciente puede ser tan sensible.

El caso de Daniela

Mi novio y yo decidimos casarnos después de siete años de noviazgo. Estábamos muy enamorados y Dios había confirmado que estábamos con la persona correcta. Nos conocíamos perfectamente, o por lo menos eso creíamos. Él era muy dulce conmigo y yo muy atenta con él, así que estábamos seguros de que todo iría bien, pero al volver de la luna de miel los problemas comenzaron. Nuestros sueldos no sumaban mucho dinero y poco a poco nos dimos cuenta de que no viviríamos de amor. Comenzaron las peleas por los gastos, por los altos costos en los recibos de servicios públicos, etc.

Después de años de tener un novio que me parecía bastante generoso, pasé a ser la esposa de un hombre bastante “tacaño”. Ya no era tan dulce conmigo y a mí no me nacía atenderlo como antes. En cada discusión le cuestionaba lo mucho que había cambiado y él decía lo mismo de mí. Veía a los esposos de mis amigas tan diferentes con ellas y sentía que me había equivocado en la elección de mi esposo. La relación estaba al borde del colapso, así que pedimos una consejería en la iglesia.

Nos recomendaron tener un fondo común para nuestros gastos, nos dieron consejos sobre la administración del dinero, pero sobre todo nos dejaron claro algo: “cuando los problemas del matrimonio comienzan, sientes que te casaste con la persona equivocada. Esto es en parte cierto, pero lo que pasa es que nunca vas a lograr casarte con la persona correcta, pues si comparas, siempre encontrarás a alguien con mejores cualidades en algo. Por otro lado, cuando Dios bendice una unión, no hay nadie mejor para compartir tu vida que tu cónyuge, así que esfuérzate tú por mejorar, ponlo en oración y verás cómo se edifica tu hogar”.

Así fue. Con mucho esfuerzo y amor hemos logrado sacar adelante nuestro hogar. Esa crisis de los primeros años pasó y aunque sé que en todo matrimonio hay turbulencias, sé que fue Dios quien nos puso en el camino y quien bendijo nuestra unión, y por eso nuestro cordón de tres hilos no se romperá.

Nadie es perfecto

Aunque la frase suene cliché, es real. Si nos dedicamos a cuestionar los errores del otro esperando que cambie, pronto sentiremos que nuestra relación es un fracaso (Esto aplica para los matrimonios y para todas las relaciones interpersonales). Pero en cambio si somos humildes, perdonamos y nos enfocamos en cambiar nuestros propios errores de la mano de Dios, la relación fluirá. El pastor de la iglesia Más Vida en México, Andrés Spyker, asegura que “el 70% de los desacuerdos de las parejas nunca logran resolverse. ¿Por qué entonces no nos enfocamos en las cosas positivas, en lo que sí estamos de acuerdo y en el amor que nos tenemos para que nuestro matrimonio funcione?”

Obviamente no se trata de pasar por alto el irrespeto, la violencia o las agresiones, pues si se llega a este punto, la pareja debe buscar otro tipo de ayuda y poner un alto. Se trata de las discusiones y los pleitos naturales que se presentan entre dos personas y que pueden mejorar si ambos ponen de su parte.

Dios nos llama a ser santos y la santidad en el matrimonio es comprender que el otro es un ser humano no perfecto, que no está en nuestras manos cambiarlo y que estamos para servir y no para ser servidos. En pocas palabras, la santidad en el matrimonio no es otra cosa que comportarse como Jesús lo haría, comprendiendo además que si mi cónyuge es un hijo de Dios, pues Dios es mi suegro y a Él debo darle cuentas por lo que haga con su corazón.

Así lo describe Romanos 15:7: Por tanto, acéptense mutuamente, así como Cristo los aceptó a ustedes para gloria de Dios. Si Dios puede aceptarnos con nuestros pecados, ¿por qué nos cuesta aceptar al otro con sus errores? Dejemos de buscar en el otro a la  persona perfecta y convirtámonos nosotros mismos en esa persona correcta con quien vale la pena compartir la vida.

Por: María Isabel Jaramillo

Foto: Jeremy Wong Weddings – Unsplash

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