Timoteos

Rechazo y desamor

Cuando las relaciones se acaban por falta de amor… o de amistad.

El desamor

Estaba por cumplir 15 años, cuando conocí al que pensé, sería el hombre de mi vida. Recuerdo que lo vi por la ventana de la iglesia y me pareció perfecto, ¡era muy “churro”! Cuando salí, una amiga me lo presentó y él tímidamente pidió mi número telefónico.

Después de unos días de hablar largas horas por teléfono, como de 10 películas de cine, vernos en la iglesia y comer millones de helados, sentí que estaba completamente enamorada. Respiraba amor, como si se tratara de una novela romántica. Éramos tan unidos que sentía que no podría vivir sin él. Y de pronto, un día, sin que sepa yo todavía por qué simplemente me dijo “no más”.

Pasó mucho tiempo para que pudiera sanar ese corazón roto y superar el dolor del desamor, pero un día, después de haber rogado, de haberme humillado, de llorar mis ojos y pasar días sin comer, sencillamente me sentí mejor. Fue mi primer amor, que dicen que jamás se olvida, pero tuve la certeza de que si había sido capaz de superar esa terrible “tusa”, podría superar cualquier cosa.

Luego conocí al que sí sería el hombre de mi vida, un verdadero príncipe al que el otro no le llega ni a los talones y quien me demostró que para todo Dios tiene un propósito, que el verdadero amor jamás se extingue y lo que se acaba, sencillamente no era amor.

El rechazo

Hace un tiempo, una amiga que quería con todo mi corazón hizo algo muy fuerte. Ella, sin que yo pudiera entender la razón, de un momento a otro cambió su comportamiento hacia mí. Pasó de ser mi amiga a ser mi más fuerte detractora, de hablarme con dulzura a responderme siempre con rudeza, de alegrarse de verme a fastidiarle mi presencia como si me acompañara el más fuerte olor a cebolla con ajos bajo mi ropa. Pero creo la relación se rompió cuando hizo un comentario sobre mi vida personal, cuestionando algo muy privado y doloroso frente a varias personas y en un tono bastante despectivo. No sé si hablaba mal de mí, pero su rechazo comenzó a impactar a otros amigos muy queridos y finalmente terminé excluida del grupo, sufriendo una vez más por la soledad y el rechazo.

Los dos casos se parecen, pues ambas relaciones se rompieron dejando un enorme vacío en mi corazón. Claramente, hubo otras situaciones en mi vida que pasaron por el rechazo, la soledad y el desamor, pero ninguna me dolió tanto como esas dos, pues se trataba de personas muy queridas e importantes para mí.

El dolor del rechazo

Cuando hablamos de rechazo pensamos en una relación que no terminó por acuerdo mutuo, sino que una de las partes decidió alejarse. El diccionario de la lengua española define el rechazo social como una “circunstancia en la cual un individuo es excluido en forma deliberada de una relación o interacción social. Incluye tanto el rechazo interpersonal como el romántico. Una persona puede ser rechazada por un individuo o por un grupo de personas”.

En Colombia, el desamor parece ser un factor determinante a la hora de terminar una familia. Según Notariado y registro, al día se presenta un promedio de 64 divorcios en Colombia y el motivo más frecuente es el desamor. Pero la cifra realmente más preocupante es la revelada por la OMS sobre el suicidio: cada 40 segundos alguien decide quitarse la vida, lo que representa unas 3.000 muertes diarias en el mundo. Las principales razones: bullying y ¡sorpresa! el rechazo.

Sentirse rechazado en cualquier circunstancia duele. Creo que pocas cosas dolerán tanto en la vida como un rechazo. Por ejemplo, que sin razón aparente dejen de renovarte un contrato o que ya no te tengan en cuenta para ir a jugar fútbol o montar bicicleta. Que alguien te diga que ya no quiere ser tu amigo (aunque parezca una frase que no saldrá de primaria). Que todos se vayan a almorzar o a cine y te excluyan de sus planes, o simplemente que dejes de ser interesante o importante para cualquier persona.

¿Qué hacer?

Lo primero que debemos hacer es comprender que aunque todos nos abandonen, Dios jamás lo hará y nos lo repite en innumerables versos alrededor de la Biblia: Te tomé de los confines de la tierra, te llamé de los rincones más remotos, y te dije: “tú eres mi siervo”. Yo te escogí; no te rechacé. Isaías 41:9.

Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recibirá en sus brazos. Salmos 27:10.

Comprender que Dios, a pesar de nuestros pecados, defectos o errores, no nos rechaza y que su amor llena cualquier vacío es lo primero, porque es importante tener clara nuestra identidad para evitar que las acciones de otros nos dejen sin piso y tengamos de dónde aferrarnos.

¿Por qué me rechaza?

Luego de comprender que Dios jamás me dejará, debo evaluar mi comportamiento para comprender si alguna de mis acciones está causando el rechazo. Es verdad que a veces las personas cambian “de la nada” y simplemente dejamos de caerles bien. También es cierto que los demás están llenos de defectos, pero antes de señalarlos, debemos revisarnos a nosotros mismos. El mismo Jesús habló del tema en Mateo 7, cuando dijo que es más fácil ver la viga del otro que la del propio ojo. ¿Será que eso que el otro está haciendo lo estamos provocando nosotros? Así seremos más objetivos y se hará más fácil sanar mi corazón y el del otro.

No lo tomes personal

Esto es algo que se repite mucho, pero que pocas veces logramos aplicar. Muchas veces las personas toman actitudes hacia nosotros, proyectando sus propias carencias. Por envidia o falta de sanidad interior comienzan a tornarse agresivos, por decir lo menos. Una de las mejores herramientas que podemos utilizar es quitar el “ME” de la oración.

Si una persona me grita, lo cambio por… esa persona grita. Si me ofende, simplemente ofende. Si me rechaza digo que esa persona rechaza. Así dejamos de sentirnos parte de la ecuación y sentimos empatía por el otro. ¿Qué puede estarle pasando para que grite, ofenda y rechace? Comprendemos que tal vez la otra persona tenga una situación determinada y que eso no necesariamente debe repercutir en que nos sintamos mal, por el contrario, podemos evaluar cómo podemos ayudarla.

No te rechaces

Como hijos de Dios, estamos llamados siempre a dar amor, a perdonar y a hacer todo lo que esté en nuestras manos  para vivir en armonía y llevarnos bien con todos. Pero no podemos obligar a nadie a que nos quiera. Lo más importante es que si nuestro corazón está lleno del amor de Dios, no tendremos vacíos y eso será lo que reflejemos.

También debemos tener amor propio, pues nadie nos va a amar si nosotros mismos nos rechazamos. Pero el amor propio también está para poner las cosas en una balanza y saber cuándo debemos aceptar el rechazo del otro, perdonar y poner distancia.

El amor, venga en forma romántica o de amistad, jamás se extingue… y si se acaba, pues no era amor. Y aunque duela, sabemos en quién refugiarnos para ponernos en pie y seguir respondiendo a otros como lo haría Jesús. Durante todos los días de tu vida, nadie será capaz de enfrentarse a ti. Así como estuve con Moisés,  también estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. Josué 1:5.

Por: María Isabel Jaramillo – Twitter: @MaiaJaramillo

Foto: Cristian Newman // Unsplash

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