Areópago

El Nuevo Panteísmo

A riesgo de que ecólogos bien intencionados —y son legión en la hipermodernidad— se disgusten conmigo, debo decir que en la actualidad se está utilizando hábilmente la dramática devastación de la naturaleza por el hombre para llamar a este a una relación profunda con aquella. Todo cristiano debe defender el entorno que Dios nos regaló en su infinita misericordia, pues es un crimen de lesa humanidad destruir los recursos naturales. Oramos y actuamos por la recuperación de los ríos y los bosques, como administradores y no destructores de la creación material de Dios que evidencia ante nuestros ojos asombrados su poder y majestad y que también recibirá redención.

La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Romanos 8:19-21.

No puede desconocerse que con el pretexto ecológico se está llevando al hombre hacia un panteísmo científico. La adoración de la naturaleza es una forma rudimentaria de la idolatría, porque cree que aquella es Dios, que la criatura es el mismo Creador. Baruch Spinoza fue expulsado de las sinagogas holandesas bajo cargos de herejía por predicar tal error.

Algunos fanáticos “vestidos de verde” recorren el mundo con el estandarte de la nueva diosa Ecología, a quien es necesario adorar, como antiguamente a Flora y Fauna se les rendía culto devoto. Hoy resulta que es más importante un árbol que un hombre, y Brigitte Bardot se conmovía de las focas árticas, y no de los niños que mueren de hambre y frío bajo los puentes de nuestras ciudades.

Madres pordioseras paren en las alcantarillas, y la gata de ojos fosforescentes lo hace en una sofisticada clínica felina de la ciudad londinense. Los ritos de los antiguos druidas renacen a la sombra de las encinas sagradas, y en los parques zoológicos, los darwinistas miman a sus antepasados; pero todavía no encuentran el eslabón perdido, y mientras no lo muestren, seguirán parados sobre el deleznable terreno de la suposición.

El cristiano, entre tanto, puede gritar a pulmón lleno: ¡Mi Padre no es un orangután, mi Padre es Dios!

La corriente naturalista se ha extendido hasta la política, la medicina y la alimentación. Tres causas maravillosas. Algunos partidos constituyen hoy el refugio de antiguos revoltosos que han cambiado el color de la sangre por el de la clorofila; ante el fracaso de sus viejas utopías, plantean ahora una retroalimentación sociológica en la comunidad tribal. Debido a su pródigo ambiente natural, Latinoamérica es escenario adecuado para esta ecología panteísta. Recordemos: no debemos adorar a la creación, sino al Creador. Amén.

Foto: David Bernal / Revista Hechos&Crónicas

 

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