Ester

El engaño del ‘girl power’

El término está de moda: el girl power o empoderamiento femenino está por todas partes y no hacer parte de él convierte a las mujeres en machistas y retrógradas. ¿Será verdad?

“Yo puedo sola, no necesito un hombre a mi lado”, es una de las frases comunes que escuchamos por todas partes. Aparentemente, las mujeres empoderadas somos capaces de todo.

Nicole Tejera, del ministerio internacional ‘Aviva nuestros corazones’, lo define así: “Empoderar, de acuerdo con el diccionario significa desarrollar en una persona la confianza y seguridad en sí misma, en sus capacidades, en su potencial y en la importancia de sus acciones y decisiones para afectar su vida positivamente. A simple vista parece algo muy bueno, pues es cierto que existen algunas injusticias en el mundo para con las mujeres (violencia de género, diferencia salarial con respecto a los hombres…) y esas cosas no deberían de ser. Pero si nos vamos a la raíz y a una perspectiva teológica, ahí dice que si nos empoderamos «somos lo suficientemente poderosas para hacer lo que queramos» y que tenemos el poder de hacer que nuestras decisiones cambien nuestra vida. Mi pregunta es ¿dónde entra Dios en esa ecuación?”

El caso de Johanna

Me casé muy joven (a los 22), después de un largo noviazgo de cinco años. Había terminado mi carrera y logré conseguir un buen trabajo. Con mucho esfuerzo y dedicación, logré ascender en mi trabajo y llegué a ser jefe de comunicaciones de una buena empresa. Mi esposo por su lado también tenía un buen trabajo, pero ahí comenzaron los conflictos.

No quería “someterme” porque yo estaba aportando el mismo dinero que mi esposo para los gastos de la casa, estaba pagando mi carro, etc. Cada vez que teníamos una discusión o diferencia, yo pensaba que no tenía por qué aguantarme eso, que no lo necesitaba y que yo podía sola. Ahora sé que era el “enemigo” hablándome al oído.

Pasó el tiempo, tuvimos a nuestro primer hijo y las cosas siguieron repartiéndose por mitades. Entre los dos nos encargábamos del niño. Yo pagaba una persona para que lo cuidara que se quedaba hasta las 6pm, hora en que llegábamos cualquiera de los dos. El que primero llegaba le daba el tetero, jugaba un rato con él y luego lo acostaba, claro, porque el otro llegaba muy tarde y cansado; generalmente esa era yo y me parecía justo, pues de mi bolsillo salía el dinero para pagar a la niñera.

Las cosas llegaron a un punto insostenible y decidimos separarnos. ¡Por fin! ¡Eso era lo que necesitaba! Yo estaba  completamente “empoderada”, no necesitaba un hombre a mi lado. Yo sola podía.

Pero la realidad era otra. Estando sola con mi hijo me di cuenta de lo había estado pasando. Yo creía que la autoridad en el hogar la daba el dinero, por eso pensaba que no necesitaba de mi esposo y aunque lo amaba, a la vez lo menospreciaba pues me sentía igual a él. Pero la soledad me hizo valorar a mi esposo por quién era y no por cuánto aportaba.

Un día, una amiga me invitó a Casa Sobre la Roca. Ella había estado a punto de separarse y en la iglesia la habían ayudado a restaurar su matrimonio, así que acepté sin dudarlo. Ese día Dios dispuso todo, pues el pastor habló de los roles en el matrimonio y de cómo las mujeres podemos cumplir todos nuestros sueños y alcanzar nuestras metas más altas, siendo también esposas entregadas que se someten a sus maridos. Durante la prédica no pude parar de llorar, era como si Dios quitara una venda de mis ojos. Tan pronto salí, llamé a mi esposo y le pedí perdón. Juntos comenzamos a asistir a la iglesia y comenzamos un proceso de consejería que restauró por completo nuestro hogar, o mejor, le dio las bases que en el principio no tenía.

A través de esto pude comprender que Dios nos hizo seres completos, no mitades, pero también nos hizo complemento; no a las mujeres por un lado y a los hombres por el otro. Nos hizo diferentes      para que al unirnos en matrimonio en un solo cuerpo, pudiéramos formar un equipo, no dos equipos que compiten entre sí.

Hoy mi matrimonio funciona mejor que nunca. Claro, tenemos nuestras diferencias, pero ambos tenemos claros nuestros roles. Tuvimos a nuestra segunda hija y ahora las cosas son diferentes. Ambos seguimos siendo exitosos  en nuestras carreras, pero con la certeza de que nuestro mayor éxito es nuestro hogar.

¿Empoderada?

Como Johanna, la cantidad de mujeres que quiere ser “libre, independiente y autosuficiente” es cada vez más alta, y no solo en el aspecto económico. Por ejemplo, más de la mitad de las mujeres colombianas son jefes de hogar: 56,8% de los 22,2 millones de la población femenina del país, según el Dane. Por su parte, el 41,9%, tiene alguna ocupación laboral fuera del hogar y 22% afirma no tener intenciones de casarse.

Seamos claros. No está mal que las mujeres estemos “empoderadas”. Los tiempos han cambiado y las mujeres de esta generación no quieren ser princesas de cuento que esperan a su príncipe azul para que las rescate, por el contrario, quieren ser mujeres guerreras capaces de enfrentar la vida con sus obstáculos, mujeres fuertes que no necesitan de nadie que las salve.

Pero entonces, ¿por qué el girl power es un engaño? Lo que ocurre es que nos han vendido la idea de que las mujeres somos multitasking, capaces de hacer muchas cosas a la vez. La mayoría de las mujeres en la actualidad tenemos muchas responsabilidades: somos mamás, esposas, hijas, trabajadoras, amas de casa, estudiantes, emprendedoras, etc. Y la verdad es que podemos hacerlo, el problema es que no siempre lo hacemos bien.

Cuando nos hablan de girl power, las mujeres levantamos la frente y nos sentimos capaces de todo y eso está bien, pues Dios nos dotó con infinidad de capacidades. Algo bastante claro si revisamos el acróstico de la mujer ejemplar en Proverbios 31.

El problema está en querer centrar todo ‘nuestro poder’ en nuestras capacidades, creer que solas podemos y la Biblia es clara, separadas de Dios, nada podemos hacer.

Muchas feministas centran ese girl power en ellas mismas, asegurando que cada mujer en sí misma es poderosa y que no necesita de ningún hombre que la salve, pero la realidad es muy distinta. Las mujeres sí necesitamos un salvador, un hombre al lado que nos rescate y nos lleve de la mano a caminar por calles de oro… y no es mero romanticismo, pues no necesitamos a cualquiera, sino a ese que siendo Dios decidió rebajarse a ser hombre por nosotras y que murió en una cruz para salvarnos.

Ese es el hombre que necesitamos y sin quien nada podemos hacer, pues no hay amor más grande y nadie llega a ser tan poderoso como Él. ¿Y el matrimonio? No pelee con él, mejor pregúntele a Dios si es lo que tiene para usted. Deje de luchar en contra del sexo opuesto y comience a valorarlo como un complemento. Recuerde que Más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Eclesiastés 4:9.

Foto: Freepik

Share:

Leave a reply