Proverbios

¿Falsas amistades? ¡Cristo es tu escudo!

Cada día, al levantarme para ir a trabajar, me detengo a observar a mi hijo y caigo presa de una fascinación indescriptible, me veo conflictuada entre la alegría de saber que goza de felicidad y despreocupación, y la inocente envidia por su vida libre de grandes responsabilidades, lo que implica que no tiene que lidiar cada mañana contra el enemigo del reloj y las presiones, sino que puede gozar a sus anchas de todo lo que su protegido mundo tiene para ofrecer.

Él es vestido, alimentado y tiene mi corazón en sus manos, así que puede invertir todo su tiempo en jugar y explorar. ¡Qué extraordinarios son esos primeros años y cuánto los echamos de menos al llegar a la adultez!

No puedo evitar pensar que ser un bebé, al menos por un día más, sería algo extraordinario; sin embargo, esa dulce etapa también tiene sus bemoles, porque la infancia, aunque puede ser maravillosa y llena de grandes descubrimientos, también implica que estamos expuestos a un mundo que se nos presenta como perfecto, pero que dista de serlo.

Cuando era niña, quería creer que todo cuanto me rodeaba era absolutamente amable e ideal. Crecí amada, protegida y mi familia se desvivía por educarme correctamente; de hecho, podría decirse que me guardaban como un tesoro, lo que significa que tenía la certeza de que la vida era como suele describirse en los cuentos de hadas y en las películas de Disney: dulce y encantadora; con sus villanos, sí, pero, pensaba que, al  final, esas malas intenciones salían a la luz y el bien salía victorioso.

Una dura prueba

Lo cierto es que, si bien todas esas historias de fantasía hacen parte del sano desarrollo de los niños, también contribuyen a que el golpe de realidad sea más duro, cuando comenzamos a experimentar la vida de primera mano. Desde luego, todo esto puede sonar bastante lamentable, aunque nada es tan oscuro ni tan trágico como parece, algo que los cristianos tenemos muy claro, porque Jesucristo es nuestra luz en medio de las tinieblas. Pero, también es verdad que este camino que hemos escogido no está exento de vicisitudes y de grandes tropiezos de los que podemos aprender para convertirnos en mejores servidores del Señor.

Una de las pruebas que más nos duelen y nos curten para el futuro son los sinsabores de las falsas amistades. Para algunas personas, lidiar con las mentiras y las máscaras sociales resulta mucho más simple, pues saben identificar rápidamente las malas intenciones; sin embargo, también estamos quienes queremos ser tan francos y abiertos, que, sin dudarlo, ponemos nuestra simpatía y nuestra buena disposición a merced de alguien que no lo merece, que solo busca su propio interés.

A todos nos ocurre

Cuando cursaba el primer año de bachillerato, tuve que aprender a sobrellevar una de las pruebas más difíciles que se me habían presentado hasta entonces. Siempre había sido una niña introvertida, de pocos amigos, así que no era extraño que interactuara en un grupo muy reducido, con unas pocas conocidas que eran con quienes compartía todos los días.

Nos reuníamos en el patio de recreo para desayunar, nos sentábamos muy cerca en todas las clases y nos apuntábamos juntas a todos los proyectos. Y fue, precisamente, durante la asignación de una tarea, que empezó el problema que me llevaría a pasar un año en completa soledad, aislada por mis compañeros y sin saber qué había hecho para merecerlo.

Ese mismo año me habían diagnosticado epilepsia, lo que implicaba que debía asistir con regularidad a consultas médicas, someterme a chequeos y realizarme análisis variados, de acuerdo con las consideraciones del especialista que llevaba mi caso. Mis amigas estaban al tanto de ello, así que, al plantearles la posibilidad de repartirnos los deberes del trabajo, sin tener que reunirnos, y a fin de que yo pudiera cumplir tanto con mi cita neurológica como con los deberes escolares, ellas no pusieron objeción.

Soledad en medio de un mar de gente

Sin embargo, el conflicto surgió un lunes por la mañana, el día de la entrega. Sin motivo aparente, y habiendo cumplido con mi parte, ellas me excluyeron del grupo y me dejaron a merced de una mala calificación. Por suerte, nuestra profesora titular me tenía cariño y comprendió mi situación, aunque la probabilidad de una mala nota acabó por ser el menor de mis problemas. Por supuesto, tuve la oportunidad de presentar la tarea por mi cuenta y fui aprobada, pero de ello resultó un conflicto que, hasta hoy, no he logrado entender.

Después de ese incidente, ellas me dejaron sola, se encargaron de aislarme del resto del salón, así que nadie más quería hablarme, sentarse a mi lado o ser parte de mi equipo, cuando había que presentar proyectos en grupo. A mis profesores no les quedaba otro remedio que aceptar el hecho de que nadie quería trabajar conmigo, así que yo debía hacer un esfuerzo doble o triple por estar a la par de mis compañeros. Además, comía sola, pasaba sola las horas de receso y no tenía a nadie para compartir.

Así, pasé un año infame, llorando cada vez que llegaba a mi casa, pues no entendía por qué nadie quería mi amistad, por qué nadie me buscaba ¿Qué había hecho? Yo había abierto mi corazón a otras personas; ellas habían estado en mi casa, habían comido de la mesa de mis padres y yo las había ayudado a obtener buenas calificaciones. Había pensando que eran mis amigas, que podía confiar en ellas, pero solo me usaron y se deshicieron de mí, sin tener la deferencia de ofrecerme una explicación por ello.

Dios nos lleva en brazos

A lo largo de todo ese tormentoso año escolar, en medio de lágrimas y protestas, mis padres trataron de hacerme entender que el Señor tiene su manera de arreglar las cosas, no siempre del modo en que esperamos. Y cuando se cansaban de verme sufrir o de tratar de poner remedio a la situación, me decían que al colegio no se va a hacer amigos, sino a estudiar. Puede que sea un llamado de atención algo extremo, pero la verdad es que me fue de mucha ayuda en experiencias posteriores con falsas amistades.

Desde luego, mis padres tenían razón. Yo no esperaba que mis antiguas amigas fueran víctimas de un cruel castigo, porque nunca he sido de espíritu rencoroso ni propenso a desear el mal, pero sí deseaba desesperadamente que la balanza se inclinara a mi favor; y finalmente ocurrió, porque, a culminar el año, cuando hicieron entrega pública de las boletas, mi promedio fue el mejor.

Todos mis compañeros de clase habían tenido facilidades, habían podido trabajar en equipo y se habían apoyado unos a otros; además, no habían tenido que enfrentar la carga emocional de trabajar solos, rechazados y aislados; sin embargo, sus notas quedaron muy por debajo de las mías. Desde ese día me quedó muy claro que, cuando creemos que caminamos solos, en realidad, Dios nos lleva en brazos.

Recompensas del Señor

El mundo puede ser cruel, así que, del mismo modo en que nos topamos con personas amables, sinceras y valiosas, también estamos expuestos a caer víctimas de quienes nos desean el mal. Somos como niños, indefensos e inocentes, y nuestro único escudo posible y resistente es la fe en Cristo. Y es que incluso nuestro Señor se sentó a la mesa y compartió el pan con el hombre que sabía que lo traicionaría, quien no solo lo vendió por treinta denarios de plata, sino que lo señaló con un beso en la mejilla para que lo aprehendieran.

Es por ello que debemos ser cautelosos. Proverbios 4: 23 dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida». No todo aquel que les profese cariño o que demuestre tenerles respeto es su amigo, no todas las personas que conozcan o que les resulten simpáticas, son de fiar. Sean cautelosos, pidan sabiduría a Dios para aprender a discernir entre quien les conviene tener en sus vidas, y quien es mejor mantener alejado.

Pero, si ustedes están atravesando una situación similar a la mía, si se sienten traicionados por alguien a quien querían mucho, no se lamenten, no lloren lágrimas sin sentido por alguien que no lo merece; y aun más importante: no le deseen el mal a nadie, porque, como dice el libro de Eclesiastés: …Los malos amigos nacieron sólo para engañar, pero Dios les dará un terrible castigo. No se conviertan en jueces, pues les aseguro que, si saben esperar en Cristo, su recompensa llegará en el momento apropiado.

Por: Verushcka Herrera R.

Foto: 123RF

 

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