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Niños, las principales víctimas del divorcio

Para muchas parejas representa una liberación de las discusiones, las quejas y la rutina; para otras, el final de una etapa que solo conduce a otra aun más tormentosa; pero, para los niños, el divorcio de los padres es mucho más que una revancha, un juego de intereses o una batalla campal para determinar quién falló. Un divorcio siempre es el gran dolor de los más pequeños, y lo más lamentable es que parece que se ha convertido en una moda.

Casarse tan solo por cumplir con una meta más en la vida, por no estar solos, ya que la edad no perdona a nadie; o por responder ante un compromiso social, son algunas de las causas que están conduciendo a la desintegración del concepto de familia en nuestro país; y, más grave aún: está dejando huellas profundas en nuestros niños.

Me quiere, no me quiere

En Colombia, el divorcio es una triste realidad que va en auge. Resulta imposible seguir ignorando las cifras en alza de familias que, por una u otra razón se desintegran. Por cada tres matrimonios civiles hay un divorcio, de acuerdo con la Superintendencia de Notariado y Registro; de hecho, en 2017 se registraron al menos 4.524 casamientos menos, en comparación con el 2016, y en los últimos dos años, los divorcios aumentaron un 20%.

No hay nada de romántico en esta realidad y, aunque es cierto que un menor índice de uniones civiles no indica que no se conformen parejas de “tipo matrimonial”, no es posible darle la espalda al hecho de que, al parecer, cada vez hay menos interés entre los jóvenes por salvar los obstáculos normales que surgen en una relación y luchar por la vida conyugal. La solución actual es simple: si hay diferencias, el divorcio es la única salida posible.

¿Por qué se divorcian los colombianos?

Para los jóvenes que ha decidido dar el paso y contraer nupcias, el hecho de prometerse una vida juntos, basados en la fidelidad, el respeto y el amor, no tiene el mismo significado que hasta hace unas décadas. O al menos no en muchos casos. Los ciudadanos de hoy tienen grandes proyectos de vida y otras prioridades que no siempre dan lugar al romanticismo ¿Será porque los mensajes instantáneos y las redes sociales han desplazado a las hermosas e inspiradoras cartas escritas a mano?

¿Se deberá a que las canciones que escuchamos ya no están cargadas del mismo sentimiento o que el amor ya no se baila al ritmo de un tango de Gardel, como otrora lo hicieron nuestros padres y abuelos?

Aunque esto tenga cierta influencia, el amor es como la energía: no se destruye, sino que se transforma. Y es lo que ha ocurrido con el paso inexorable de los años, pues se han dado diferentes maneras de expresar los sentimientos, de manifestar el cariño y de perder la cabeza por otra persona, hasta el punto en el que queremos arrojarnos a ciegas al abismo de una vida en común.

Pero, lo que sí ha cambiado es la frase “hasta que la muerte los separe”. Si antes se entendía explícitamente, ahora solo es una versión maltrecha de lo que solía ser; quizá, un “hasta que tengan diferencias” o “hasta que les convenga” es más indicado para definir la situación actual de los matrimonios en nuestro país.

Según declaraciones de la psicóloga Carolina Urrea para el sitio web Conexión Capital, las causas más frecuentes de divorcio entre las parejas jóvenes en Colombia incluyen proyectos de vida diferentes, el deseo de tener o no tener hijos, problemas de convivencia, salvedades económicas y mala comunicación; pero, ¿realmente son dificultades que no se puedan resolver? ¿Es el divorcio la respuesta idónea o solo una salida fácil para no tener que luchar por aquello que inició con una promesa ante la ley y ante Dios?

Violencia intrafamiliar: Un motivo para decir “¡basta!”

Si bien las razones más frecuentes por las que los colombianos optan por separarse, estadísticamente hablando, siempre se pueden solucionar si ambas partes estuvieran realmente dispuestas a cambiar su situación y a salir adelante juntos, hay una excepción a la regla. Y es que nuestro país es tristemente célebre por los altos índices de violencia.

Un divorcio es, en sí mismo, muy duro para los niños, cualesquiera que sean los motivos de los padres; pero, si a ello se les suman casos de violencia intrafamiliar, la situación es insostenible y representa un grave problema sociocultural que puede repercutir en el desarrollo y la salud emocional de los más pequeños.

Maltrato en cifras

De acuerdo con un informe del Instituto Nacional de Medicina Legal y publicado por el canal CNN en Español, las agresiones domésticas, sobre todo contra las mujeres, han aumentado significativamente en los últimos dos años. En 2018, Colombia registró un aumento general, siendo los delitos sexuales los que mayor alza tuvieron, con 22.304 el año pasado, contra 20.070 en 2017. Además, la violencia de pareja fue un delito que también sufrió un incremento, sobre todo en víctimas menores de 40 años.

Las leyes colombianas ponderan el maltrato, las agresiones y los ultrajes psicológicos como causales de divorcio, según regulaciones del artículo 6° de la Ley 25 de 1992, la cual establece las situaciones que son justas causas para terminar un matrimonio.

Pero, ¿qué dicen las Escrituras sobre el abuso contra el cónyuge? La Respuesta es clara. Pablo escribió a los esposos: Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella… Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia. Efesios 5:25,28-29

¿Y qué hay de los hijos?

Resulta curioso que, en medio de un divorcio, y siendo los niños los más vulnerables, son también quienes menos atención reciben. Cuando una pareja tiene grandes diferencias y acuerda separarse, suelen formarse dos bandos, por lo general constituidos por los padres, hermanos y amigos de ambas partes.

Cada bando busca proteger y defender a quien consideran que tiene la razón, olvidando por completo a los niños.

E incluso, con lamentable frecuencia, se dan los casos en los que las parejas en vías de divorcio usan a sus propios hijos para herirse entre sí, pidiéndoles a los niños que escojan con quién desean quedarse, profiriendo amenazas, exponiéndolos a terribles discusiones o alimentándoles odios en contra del otro progenitor, solo con el objetivo de herir a la otra persona y de salvaguardar el ego.

Grandes víctimas del divorcio

A fin de determinar los efectos del divorcio sobre el desarrollo y la emocionalidad infantil, tu revista Hechos&Crónicas conversó en exclusiva con la licenciada Patricia Herrera Pereira, psicopedagoga y docente especialista en dificultades de aprendizaje y retardo mental, egresada de la Universidad José María Vargas, en Caracas.

“Con respecto al divorcio, este es un proceso que siempre va a generar sentimientos de dolor, de tristeza y de duelo, pero, lo que marca la pauta es la circunstancia en la que se da ¿Cómo es esa separación? En un divorcio amistoso, los hijos pueden recibirlo de mejor manera, sin dejar de lado que siempre va a quedar una sensación de pérdida; pero, si, por lo contrario, es un caso traumático, para los niños se vuelve casi insoportable, porque tienen el mismo duelo, pero están expuestos a las peleas, los gritos y las acusaciones, entonces empiezan a sentir que son responsables de lo que se está viviendo”.

La experta opina que es en este punto donde está el peligro, porque, a futuro, puede generar una predisposición contra el matrimonio, el hecho de mantener una pareja estable, prejuicios de género, dificultad para entablar relaciones sociales o amorosas de manera sana. Y es que, cualquier evento que quite la tranquilidad que los niños necesitan para crecer, les puede dejar graves secuelas.

La voz de una niña

“Recuerdo que tenía 7 años y vivíamos en Caracas; mi madre era conserje de un edificio residencial. Mi padre, después de una consabida pelea con ella, me sacó al jardín, me sentó en sus piernas y me explicó que ellos se iban a separar, que él se iba a ir de la casa. Para mí ese momento fue doloroso, creí que se me vendría el mundo encima; fue un terremoto para mis emociones; yo lloraba y le pedía que no se fuera. Fue horrible y sufrí muchísimo, pero también sufría porque sabía que había violencia doméstica y que mi papá le pegaba a mi mamá, así que yo padecía más de lo normal”.

Este relato hace parte del testimonio de una persona que vivió algunas de las peores experiencias durante su infancia, pero que, habiendo aceptado contarnos su historia, prefirió mantener su nombre en el anonimato para proteger su privacidad.

Este miembro de nuestra congregación nos cuenta que, si bien como adulta, entiende la necesidad, solo en ciertos casos, de optar por el divorcio, en su niñez le fue difícil de asimilar, y lo vivido con sus padres afectó mucho una buena etapa de su vida.

“Yo siempre fui muy buena alumna, pero en tercer grado me fue terrible; para completar, tenía una profesora que me maltrataba, además, no tenía amigas, porque había solo varones en el salón y, al terminar el curso, recuerdo que mi profesora me dijo que aprobaba, pero solo por asistencia: mis notas habían caído en picado”.

Sin embargo, tras haber pasado un tiempo prudencial, comenzó a darse cuenta de varias cosas acerca de cómo se había visto afectada por el divorcio de sus padres. Y es que su infancia no fue nada fácil, porque era niña, hija única y había sido agredida sexualmente en dos oportunidades, lo que marcó parte de su carácter y la llevó a entender que, quizá, si en las circunstancias del matrimonio de sus padres, ellos no se hubieran separado, quizá no sería la persona feliz, exitosa y bendecida por el Señor que es en la actualidad.

Lo que Dios nos pide

Esto es muy importante entenderlo dentro del contexto bíblico. Lo cierto es que Dios espera que cumplamos con nuestros votos matrimoniales. Cuando unió a la primera pareja, dijo: El hombre […] tiene que adherirse a su esposa, y tienen que llegar a ser una sola carne. Y esto es ratificado por nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo Testamento: Por lo tanto, lo que Dios ha unido bajo un yugo, no lo separe ningún  hombre. Mateo 19:3-6.

Sin embargo, y aunque Dios insiste en que respetemos la unión conyugal, lo que implica luchar por el amor familiar en situaciones como las que comentaba la psicóloga Carolina Urrea, nuestro Señor, como todo padre, lo que quiere es que seamos felices y que nuestras vidas estén plenas de amor y paz, es por ello que las Escrituras contemplan algunas salvedades por las que es posible considerar la separación, como las infidelidades, negativa a ocuparse de la familia y, desde luego, maltrato físico y psicológico.

Cualesquiera que sean las circunstancias y las decisiones que se tomen ante una disyuntiva, lo que siempre debemos tener presente, como padres responsables y adultos sensatos, es cuidar a nuestros niños por encima de los dolores y rencores que estemos experimentando. Es nuestro deber moral y social, para formar personas emocionalmente sanas, tolerantes, y respetuosas de la institución familiar.

Por: Verushcka Herrera R.

Foto: Freepik / Bearfotos

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