Proverbios

Lectura, medicina social

Como profesional del periodismo y especialista en medios impresos, cuando pienso en escribir, una parte de mi mente pone en funcionamiento esa necesidad inherentemente humana de estar informados, así como de la importancia financiera que tiene para un país la industria de las comunicaciones. Vidas se han salvado gracias a una denuncia a tiempo; grandes artistas y personalidades han iniciado sus brillantes carreras por un artículo en un periódico o una revista, e incluso se han alzado y derrocado gobernantes con el poder de la prensa.

Sin embargo, el oficio de la lectoescritura tiene un lado mucho más emocional, con repercusiones psicológicas y socioculturales. La lectura es la estructura sólida sobre la cual hemos dejado de construir y, al menos desde mi experiencia, he podido constatar esa realidad durante buena parte de mi vida. Quienes amamos leer, sabemos que podemos ser percibidos como “extraños”, “frikis”, “ratones de biblioteca”, sobre todo durante nuestros primeros años de juventud. Y es que, para mí, los libros han sido el puerto seguro en muchas de mis tormentas.

No recuerdo en qué momento empezó mi amor por el placer de leer, pero, lo cierto es que esta curiosidad, que con los años pasó de ser un leve escozor a una necesidad tan imperativa como el oxígeno para respirar, aparece en mis recuerdos más lejanos con la voz de mi padre. Él siempre ha tenido una voz gruesa, bonita, para declamar y leer. Cuando era pequeña e íbamos en su auto de regreso a casa, solía pedirle que me recitara el poema “El brindis del bohemio”, de Guillermo Aguirre Fierro o “Rin Rin Renacuajo”, de Rafael Pombo. Él le imprimía a la cadencia de los versos la cantidad justa de emoción y dramatismo para cautivarme.

Me resultaba fascinante oírle articular palabras que me eran desconocidas, pero que hacían parecer que absolutamente todo, desde lo más superfluo hasta lo más elemental en este vasto mundo, estaba cargado de gran sensibilidad, de un significado mayor del que podíamos apreciar a simple vista; aunque, también viajábamos cantando a todo pulmón las rancheras de Javier Solís, las óperas de Puccini y los boleros de Tito Rodríguez, mientras, a ratos, hablábamos de las historias con las que él me entretenía.

Pero, por aquellos días de mi primera infancia, mis momentos favoritos eran cuando le pedía que me leyera un cuento antes de dormir. Apenas separaba la cubierta de mi libro infantil, me sentía transportada a un mundo de fantasía en el que yo podía ser quien quisiera. Todas las niñas sueñan con ser princesas, pero, con el don de su voz, yo lo era.

Cuando tuve edad suficiente para leer mis propias historias, empezaron a llegar a mis manos libros hermosos y entrañables. Los libros que marcaron aquella época de mi vida, en mis inicios como lectora, fueron “El retrato de Dorian Gray”, del irlandés Oscar Wilde, una obra cruda que, mediante el realismo mágico, aborda la ambición, el deseo, la corrupción humana e incluso el arrepentimiento; y la Biblia.

Sin embargo, a lo largo de mi adolescencia e incluso en los albores de mi vida adulta, descubrí que las personas con las que solía relacionarme no compartían la misma inquietud por leer. Algunas de ellas estaban tan inmersas en las nuevas tecnologías, sobre estimuladas con las imágenes en la televisión y en las plataformas de Internet, que veían un libro como algo arcaico, como el pedernal para encender fuego, cuando existen los fósforos; pero, sin lugar a dudas, lo más preocupante era que habían olvidado la importancia de tomar el pan de cada día, de escudriñar la Biblia, donde están plasmadas las palabras sabias y de cariño del Padre más amoroso y el amigo más entrañable que todos tenemos… Y todo porque, al dejar de leer, también habían dejado de creer.

Alimento para el alma

Jorge Luis Borges, autor argentino, considerado como uno de los más destacados eruditos del siglo XX, escribió la siguiente reflexión: “De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”.

Pero, tristemente, hemos olvidado todo lo que representa la lectura. Nos enseñan a leer como un recurso de aprendizaje obligatorio, para conocer de memoria conceptos que no entendemos o que, habiéndolos asimilado, son sólo un instrumento para prestar servicios a cambio de dinero. Lo que no nos inculcan, lo que hemos enterrado en lo más recóndito de nuestra memoria colectiva, es que la lectura es mucho más que una herramienta formativa con un objetivo socioeconómico; en realidad, es medicina para el cuerpo y alimento para el alma.

Obras como “Jane Eyre”, de la autora inglesa del siglo XIX Charlotte Brontë, me han hecho suspirar por amor y “Doña Bárbara”, del ilustre venezolano Rómulo Gallegos, me hizo resoplar de indignación; pero, en todo el interminable repertorio literario al que podemos acceder, no hay un libro más completo y puro que la Biblia.

¿Les gustan las historias de amor? Entonces deben leer el libro de Esther ¿Lo de ustedes es la acción? Busquen el Éxodo ¿Autoayuda? Los Proverbios y los Salmos ¿Valor, amor puro, milagros y esperanza? Encuentren a Jesús en los libros de los apóstoles.

Puede que lo hayan olvidado, que se sientan solos o que ya no sepan reconocer lo que es emocionarse con una historia, sentir la pasión de un momento y experimentar la promesa de un mundo mejor y más justo. Es parte de lo que dejamos atrás con la infancia. No hay duda de que uno de los aspectos más lamentables de la adultez es perder esa chispa de emoción ante las cosas más sencillas, como un relato bien narrado; todo nos causa apatía y vivimos abocados a la tarea de producir frío y cruel dinero para cumplir con responsabilidades.

Nunca más actual la siguiente frase de la poetisa estadounidense Edna St. Vincent Millay: “La infancia no va de una edad concreta a otra. El niño crece y abandona los infantilismos. La infancia es el reino donde nadie muere”.

¿Qué hay de la necesidad de soñar, de imaginar, como cuando éramos niños? Aprendemos que madurar es dejar esas cosas atrás, actuar con esa frialdad y escepticismo que nos hace parte del mundo ¡Eso no está bien! ¿Por qué no enamorarnos locamente, dejar volar la imaginación, reír a carcajadas y sin inhibiciones?

¿Y por qué no abrir la Biblia e invitar a nuestras vidas a un amigo que quiere contarnos la mejor historia de todas: la nuestra con Él?

¿Rechazo o desinterés?

Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito. Josué 1:8.

Una de las enmiendas más controvertidas de las leyes de los Estados Unidos es aquella que establece que ninguna religión debe estar por encima de las demás, por lo tanto, no se debe obligar a los estudiantes en los colegios a leer la Biblia ni a elevar una oración cada mañana. En pocas palabras, Jesucristo y su mensaje universal de amor, de promesa de vida eterna, han sido exiliados de las escuelas.

Aunque para muchos esto resulta progresista, como tantas ideas extrañas que actualmente nos quieren vender en calidad de inclusión, lo cierto es que resulta bastante grave, tan peligroso como tratar de sostener una edificación sin construir los cimientos. Y es que la infancia es la etapa idónea para levantar bases sólidas, cuando los niños absorben como esponjas todo cuanto hay a su alrededor, aquello que  procuramos enseñarles.

No podemos esperar que las vidas de nuestros hijos estén completas sin inculcarles el placer de leer, pero también lo maravilloso que es encontrar a Dios con tan sólo abrir un libro, el mejor de todos.

Por desgracia, esta era de grandes cambios nos ha hecho caer en el error de tratar de educar con la lengua, mas no con el ejemplo. Nuestros libros acumulan polvo, mientras mantenemos nuestros celulares y dispositivos inteligentes en perfecto estado. No nos imaginamos el día a día sin ellos. Y más triste aún es el hecho de que, gracias al internet, podríamos tener acceso a cientos de miles de libros, pero no nos planteamos esta opción, porque lo inmediato y lo visualmente atractivo es lo de hoy.

El desgano por la lectura en nuestro país y en gran parte de América Latina es preocupante. Mientras que, en Europa, la gran mayoría de los ciudadanos leen, en promedio, 17 libros al año, en Colombia leemos sólo 1.9, de acuerdo con datos publicados por la página web de Semana y obtenidos a través del DANE. Las excusas suelen ser la “falta de tiempo” o porque “los libros son costosos y aburridos”.

A esto podemos sumarle que los niños han venido a ser nuestro ejemplo a seguir en los últimos años. Es nuestra generación la que tiene un gran fallo cultural y educativo, porque, según reportes del DANE en 2018, los niños de entre 5 y 11 años leen 3,2 libros al año, lo que contrasta con la población adulta de Colombia, que lee menos de dos. Y esto es aún más vergonzoso si comparamos nuestras estadísticas con las de otros países, como España, por ejemplo, cuyos ciudadanos leen hasta 10,3 libros al año.

¿Qué clase de país queremos construir? ¿Cómo podemos quejarnos de los problemas sociales y las dificultades económicas, si nos enfocamos sólo en las fallas de forma, pero no en las de fondo? La educación es la única herramienta efectiva con la que podemos contar para transformar a Colombia.

Hermanos, volvamos a pensar como niños, a sentir como niños; soñemos y trabajemos con denuedo por lo que anhelamos, sin pensar que todo es utópico.  Sólo los libros y los altos valores morales que nos inculcan las Escrituras nos harán libres.

Foto: Freepik

Share:

Leave a reply