Areópago

El despojo de Pablo

El apóstol san Pablo es, por supuesto, un hombre muy importante. Pero la gente no siempre recuerda quién era antes y quién fue después de Cristo. Nació de una familia judía de la diáspora en la ciudad de Tarso, dentro de la parte griega del Imperio Romano. Su padre, un aristócrata, era rabino de una próspera comunidad. Pablo mismo fue ordenado ministro religioso y es presumible que actuara algunas veces como miembro del Sanedrín en Jerusalén. Historias confiables dicen que la familia de su madre estaba formada por prestamistas de dinero. Usureros, decían entonces; banqueros, decimos hoy.

Pablo era un aristócrata, a la par que un oligarca. En Tarso había un cruce de caminos, por donde pasaban todos los idiomas del Mediterráneo, además de todos los sistemas religiosos, políticos y militares de la época. Pablo era un erudito y, entre sus contemporáneos, hubo pocos intelectuales con un nivel de conocimiento humano equiparable al suyo.

Políticamente, era un hombre con influencias dentro del imperio. Lucas, en Hechos de los Apóstoles, nos informa que las autoridades de Asia eran amigos personales de Pablo. Un día, viniendo de masacrar a los cristianos, de dirigir los grupos de sicarios que regaron con sangre de seguidores de Jesús la santa ciudad, y abrigando el propósito de seguir sus matanzas y persecuciones infames en Damasco, es herido por un resplandor de luz celestial. Impacta ver al arrogante Pablo, al inteligentísimo Pablo, al rico Pablo, con el rostro en tierra, cegado por el resplandor, como protagonista de su propio despojo. Lo único que hizo ante la requisitoria divina, fue simple y directo: Obedecer.

Algunos afirman que Pablo es el genio religioso por excelencia de la humanidad. El historiador británico Paul Johnson lo considera como la figura más importante de la especie humana en los últimos dos mil años. Pablo es el sistematizador del cristianismo, el creador de la civilización cristiana occidental, ¿por qué? Porque se despojó a sí mismo. De lo contrario, habría pasado a la historia como un vulgar asesino de gente indefensa. Después de tantas vueltas en su vida, tanto dinero, tanto prestigio, tanta política, tanta erudición, Pablo pudo decir: Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo. Filipenses 3:7-8.

Quienes se imaginan que ha sido fácil dar forma a la iglesia que pastoreo, no saben que también fui despojado totalmente de lo que tenía. Hace algún tiempo fui alguien notorio en la televisión, la política y el periodismo. Era un hombre rico en términos reales, hasta el punto de que, cuando vinieron las dificultades conocidas en Colombia, con vender una sola propiedad pagaría todas mis deudas y quedaría viviendo de por vida, muy tranquilo, con los réditos del resto. Pero ese no era el plan de Dios, que una vez me profetizó: «Te voy a enseñar a desprenderte de los tesoros materiales y a darte oro refinado espiritual».

Foto: David Bernal / Revista Hechos&Crónicas

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