Cisterna

Barquitos de papel

Cuando era niño jugaba con cosas que hoy podríamos decir que son desechadas pero que eran el juego más maravilloso del planeta. Hoy me acuerdo de los barquitos de papel que hacía los días de lluvia y ponía a flotar en el charco de la cuadra en la calle donde vivía. Cada barquito emprendía una travesía enorme, de acuerdo al tamaño del charco. Imaginaba grandes aventuras de galeones llenos de piratas cruzando el mar bravío en medio de la tormenta. Me encantaban. Eran un entretenimiento sublime. Mi imaginación volaba y mis días pasaban sumidos en historias y aventuras de naufragios, sin hundimientos, de barcos sin tripulantes.

Cuando conocí al Señor y empecé a leer la Biblia descubrí la historia cuando Jesús calmó a la tormenta en Marcos 4:35-41.

Una tormenta en el mar es algo bien impresionante. Pero hay tormentas que azotan a la vida de toda persona que son tan impresionantes como la que se dio en el mar donde se encontraban Jesús y sus discípulos.

De aquí se desprende que el hecho de estar andando en los caminos del Señor no nos librará de atravesar por las tormentas y tempestades de la vida. El Señor no promete continuos tiempos de bonanza a los suyos, ni que seamos librados siempre de experiencias amargas o de peligro. Pero de lo que sí podemos tener seguridad en estas circunstancias, es de dos cosas: Que el Señor estará con nosotros durante todo el camino. Y de que nada podrá impedir que lleguemos “al otro lado”.

Posiblemente, los discípulos lucharon por estabilizar la nave. No olvidemos que la mayoría de ellos eran pescadores experimentados acostumbrados a estar en el mar, pero tan grande era la tormenta que sus esfuerzos fracasaron. La Biblia dice que Jesús dormía. Y entonces los discípulos entraron en pánico.

Jesús sabía que se iba a levantar una terrible tormenta y aún así les hizo cruzar el mar en ese momento. Creo que lo hizo porque las situaciones prácticas son la forma adecuada de completar la enseñanza teórica. Debe haber sido muy interesante escuchar al Señor predicando acerca de la importancia de la fe, y de lo que él mismo haría con aquellos que tuvieran fe aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza. Llegó el momento de poner en práctica la enseñanza que recibieron: ¿tendrían los discípulos fe en esta nueva situación a la que el Señor los estaba llevando? ¿Cómo llegarían a la otra orilla? ¿Asustados o confiados?

Vuelvo a mi pequeña embarcación de papel y pienso, me pienso en ella. En la misma circunstancia que los discípulos en medio del mar con Jesús durmiendo en la popa de la embarcación.  En medio de esa bravía tormenta los experimentados hombres de mar se sintieron como dentro de mi barquito de papel. Como un juguete hecho de papel y comandado por un niño chapoteando en un charco. A la deriva. Sin rumbo. Se vieron vulnerables, ¡y así somos! La autosuficiencia se desvanece. La confianza en que podemos también. Es entonces donde surge la confianza en el que todo lo puede en todo.

—¡Maestro!— gritaron—, ¿no te importa que nos ahoguemos?

Quizás la enseñanza más grande que se desprende de este pasaje es que no existe nada en el mundo que pueda detener el plan perfecto de Dios. No hay tormenta, no hay enemigo que lo resista. Y que por supuesto que el Señor siempre está interesado en nuestro bienestar y evitará que nos ahoguemos si tan sólo confiamos en Él.

Foto: Bíblica International 

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