Hechos

Separación Iglesia – Estado, su origen y conveniencia

No son minoría los académicos que conjeturan que la sorpresiva conversión al cristianismo del emperador romano Constantino bajo la supuesta visión de la cruz triunfante, no es más que el producto de intereses políticos, dada la desbocada proliferación de los cristianos de los primeros tres siglos, desechando la idea de su genuina conversión a la fe cristiana. Lo cierto es que la intervención arribista, pancista y oportunista del Imperio Romano en los asuntos espirituales de la ferviente fe cristina, como de manera casi adivinatoria lograron prever los reticentes anacoretas y cenobitas ante tan sospechosa actuación, degeneró en grandes desviaciones doctrinales y en la institucionalización de la iglesia.

Constantino I, o como las iglesias occidentales lo llamarían después, “el decimotercer apóstol” ostentaba la dignidad de Emperador a la vez que la de pontifex maximus, Un rezago del habitual título del emperador como máximo sacerdote pagano. Es de esta manera que la civilización occidental, apenas en formación, presencia un claro cortejo entre la iglesia y el Estado. Una situación que pronto llegaría a la polémica exigencia de la iglesia ante el Estado al posicionarse a sí misma como autoridad espiritual legitimadora de todo poder terrenal en la conocida doctrina de las dos espadas.

Ya la Edad Media se encargaría de poner a prueba tan pervertido maridaje, generador de lo que se ha conocido como el oscurantismo. Claro y pragmático ejemplo de la fe al servicio de intereses políticos. Suceso que solo activó el potencial dialectico del ser humano. Siempre en un imparable oscilar. De un extremo al otro. Esta vez del fideísmo medieval, al cientifismo humanista del siglo de las luces, que mira con recelosa lejanía la fe, debido al “retroceso mitopoyético” que esta podría generarle.

La idea de separación entre iglesia y Estado, magistralmente representada por el pintor francés Jacques-Louis David en su obra Le Sacre de Napoleón con la polémica y muy simbólica auto coronación de Napoleón Bonaparte, se gestó en el renacimiento como reacción a la Edad Media, se consolida en la ilustración-siglo XVIII y culmina en 1789 con la Revolución Francesa. Hoy en día la aludida división resulta un axioma que deben suscribir quienes quieran ser intelectualmente estimados, no obstante pareciera que grandes sectores de la iglesia evangélica no están muy bien informados, por lo que con ,quizá ingenuo optimismo, buscan nombrar ministros del evangelio en cargos públicos con el fin de evangelizar desde más visibles plataformas, ignorando que se trata de una peligrosa alianza entre el trono y el altar, o en términos más actuales por la pluma del pastor Darío Silva-Silva: la curul y el atril, dos muebles que no se deben mezclar.

Además, hay quienes creen que quien sea espiritual está automáticamente facultado para ejercer funciones públicas, desoyendo lo que el suspicaz teólogo Arturo Rojas advierte: “Es preferible un incrédulo que gobierne con justicia que un creyente devoto gobernando sin la debida preparación y capacidad”.

y desconociendo que el ejercicio de la política requiere de especial preparación, máxime cuando este es el campo al que el Señor ha llamado a un genuino creyente, dado que el cristiano audaz no puede ignorar que Satanás, como príncipe de este mundo, ejerce gobierno, aunque de hecho, es decir sin la legitimidad proveniente del Soberano del universo.  Por tanto haríamos bien en acordar que “Para hacer lo justo no basta con estar bien motivado y tener la mejor intención, hay que hacer también las cosas como Dios manda”.

En su reveladora obra titulada El Reto de Dios, el pastor Darío Silva-Silva invita a que “cristianicemos la política sin politizar el cristianismo”. Sin embargo, alguien podría argumentar en línea con el reputado jurista italiano Roberto Bobbio que “la consecuencia del espíritu teológico trasladado a la política no es la elevación de los intereses sino la degradación de los principios. Todos luchan por sus propios intereses y levantan la bandera de los principios. Todos discuten de principios y trabajan por sus propios intereses”.

Cristianizar la política no debe confundirse con una actitud impositiva y ordenancista en busca de intereses privados mediante la manipulación de la norma para que diga lo que el intérprete quiere que diga, sino como la búsqueda del bien común y de los intereses generales, entendiendo que la calidad de nacido de nuevo permite interpretar con mayor facilidad el bien futuro y real que busca la comunidad, sin que tal interpretación constituya una excusa acomodaticia, paralelamente a C.S Lewis cuando dice: “Creo en el Cristianismo así como creo que el sol ha salido. No sólo porque lo veo, sino porque gracias a que lo veo puedo ver todo lo demás”.

La anterior calidad de nacido de nuevo no busca un gobierno Aristócrata como lo entendió Aristóteles, es decir como el gobierno de los mejores (filósofos) en este caso solo de cristianos, sino que permite un dialogo abierto.

Con el mismo tono continua Bobbio diciendo “El que teologiza acerca de una idea, en su interior no la quiere. Una libertad teologizada es una libertad falsificada”. Al respecto debemos decir que el sistema jurídico es producto del hombre, lo que significa que está permeado por una serie de elementos que constituyen la complejidad ontológica del ser humano, haciendo imposible la propuesta de depuración de todas las ciencias y elementos exógenos al derecho de la que habló ampliamente Hans Kelsen en su “Teoría pura del derecho”.

El ser humano es, como lo dijo Ludwig Feuerbach, un animal religioso, provisto de un sistema moral y ético, de un contexto social y de unas condiciones psicológicas particulares que no pueden ser disueltas en el proceso lógico-racional por lo que todo veredicto está viciado de una u otra forma de una religiosidad, sea expresada o muy bien disimulada en sutil atavió de términos jurídicos, probablemente relacionados con la nueva religión velada: los derechos humanos. Además, el cristiano está llamado a influir sobre todo por medio de su testimonio en la correcta ejemplificación de principios cristianos aplicados en el campo secular, actuando como lámpara en la repisa en un pragmatismo teológico actualista.

Y como de manera certera lo expresa el apologista Arturo Rojas: “Iglesia y Estado pueden estar separados pero eso no significa que la iglesia no pueda “fermentar” para bien a todo el Estado”. No en detrimento de lo anterior, se hace imperioso recordar que en virtud de la muy popular democracia, el pueblo es quien elige, al margen de las consecuencias que acarree, así como lamentablemente hizo el pueblo de Israel al rechazar a Dios como su directo gobernante 1 Samuel 8:7 habrá que precisar que: “La voz del pueblo no es la voz de Dios y la iglesia no es, pues, una democracia sino una teocracia en la que Dios es quien elige”. Vox populi es vox populi no vox Dei.

El cristiano en la política debe llegar hasta donde la voluntad general se imponga debido a que finalmente es el pueblo quien debe asumir las derivaciones de sus decisiones. Finalmente el cristiano habrá salvado su responsabilidad y su sangre será sobre ellos. De otra parte el cristiano puede con libertad pregonar el reinado de Dios tanto en la iglesia como en su vida personal puesto que “La iglesia no es una democracia porque en ella es Dios quien escoge y no nosotros, que solo aceptamos agradecidos su elección”. Esta vez sin importar la mayoría, es la voluntad de Dios la que debe prevalecer, no por nada oramos al Padre diciendo venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Mateo 6:10.

Con precisión conceptual el pastor Arturo Rojas concluye con que “El reino de Dios ya se encuentra presente entre quienes reconocemos al Rey y sus legítimos y absolutos derechos sobre nosotros”. Claro, reconociendo que su reino material tendrá lugar desde el milenio y hasta la eternidad.

Por. Julián Joya, estudiante de la Unidad Educativa Ibli – Facter.

Foto: Archivo particular

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