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El gran reto para moldear a los cristianos del mañana

Convertirme en madre ha sido no sólo un constante descubrimiento de mis propias capacidades y de cómo un amor sin límites es capaz de transformar, sino que también ha supuesto una continua evocación de mi propia infancia y ha contribuido a que le dé mucho más valor a la tarea de vida que mis padres llevaron a cabo conmigo.

Recuerdo que una de las primeras cosas en las que pensé después de dar a luz, fue que mi mamá era una dura: “No puedo creer que ella haya pasado por esto dos veces”, me dije a mí misma con gran estupor, entre los inevitables temblores que son la reacción natural del cuerpo ante el desvanecimiento de la anestesia epidural.

El dolor era tan desconcertante que mi ulterior deseo de tener tantos hijos como Dios y la economía me lo permitieran se desvaneció con la sensación de estar siendo cortada por la mitad con un serrucho. Y entonces me di cuenta, no sin cierto enojo, de que no había comprendido aquello de “parirás a tus hijos con dolor” ni las dimensiones de esas palabras contenidas en las Escrituras, hasta ese momento.

“Condenada Eva”, grité para mis adentros, dejándome llevar por el deseo de recibir un mazazo en la cabeza para escapar al dulce paraíso de la inconsciencia, donde el dolor y las molestias de una herida así no existían.

Sin embargo, más tarde, cuando una de las enfermeras irrumpió en la habitación donde yo reposaba y colocó a mi pequeño y dulce bebé sobre mi pecho para que mamara de mi seno, ambos conectados por un amor y un calor que nos daba vida a ambos, caí en la cuenta de lo nimios que eran mis lamentos y de la magnitud de la responsabilidad que tenía por delante. No en vano me dijo mi abuela: “¡Ay, mijita! Y usted sólo está empezando”.

Esas sabias palabras trajeron consigo todo el miedo, aunque también la valentía, que aparece de la nada, como por obra y gracia de Dios, cuando una simple mujer, como la arcilla, es moldeada por el Señor para convertirse en madre.

Conectada a mi dulce hombrecito por la tibieza del pecho, pensé con asombro que mi mamá había experimentado el mismo temor: como ella, yo tenía por delante el reto de formar a aquella personita que dependía de mí casi por completo. Empezaba para mí el recorrido que mi madre había terminado y que ahora ella veía con felicidad, ternura y cierta diversión.

“Cuando seas madre, lo entenderás”, esa frase tan molesta que todos los hijos, desde los albores del mundo han escuchado y detestan, empezaba a tener sentido: yo la disfrutaba, con la sensación agridulce de tener una vida inocente en mis manos; mientras que mi madre veía, con amor, los toros desde la barrera.

La ironía de los roles

Ser niño implica oír con más frecuencia de la deseada frases que ya forman parte de la cultura popular y de las que nos reímos, precisamente por saberlas ciertas ¿Quién no ha escuchado amonestaciones de mamá y papá tales como “mientras vivas en esta casa, se hace lo que yo digo”, “cuando tú vas de ida, yo he ido y venido tres veces” o “usted no se manda solo”?

¡Cuánto nos molestan en la infancia los regaños repetidos una y otra vez! Pero, todo cobra otro cariz cuando la vida se encarga de ponernos en el rol contrario, entonces recurrimos a las mismas frases, a los mismos modelos, porque el tiempo de Dios nos demuestra que hay sabiduría en el amor de papá y mamá; entendemos que amar también es educar y reprender cuando es necesario, para que un día no tengamos que pensar que ya es demasiado tarde.

Y es que la paternidad, a pesar de no ser una etapa carente de momentos idílicos, está llena de grandes retos. La sociedad en la que vivimos y de la cual formamos parte nos impone un modelo con el cual debemos cumplir para ser hombres y mujeres de bien. No es sólo el desafío de la crianza, sino también ser buenos proveedores del hogar, exitosos profesionales, buenos hijos, amigos serviciales y, además, tener una imagen intachable y un físico envidiable para lucir en las redes sociales.

En definitiva, el ritmo de vida actual, con todas sus demandas y sus ideas tan modernas puede ser agotador. Las mujeres, por ejemplo, ahora estamos tan involucradas en nuestra vida profesional que no tenemos tiempo para nada más. Se nos van las horas y las semanas sentadas frente a un escritorio o de pie frente a un mostrador, en una oficina o una tienda, procurando hacer montañas de dinero para otra persona y así sentirnos parte de algo más importante, más que sólo amas de casa o madres de tiempo completo. Estamos convencidas de que nuestra realidad es mucho más tenaz que la de las mujeres de antaño, en más de un sentido. Creemos que debemos ser pulpos, seres multifuncionales.

Lo lamentable, no obstante, es que hemos olvidado el valor inherente que tiene el rol que debemos cumplir en el hogar. La paternidad no es un proyecto más en la lista que usted pueda tener de logros por cumplir en su vida.

Escuchar hablar a nuestras madres y abuelas nos hace entender que, sin importar la época, ser madre o padre es un papel tan importante y lleno de gratificaciones, como difícil de sobrellevar. Es el mayor desafío que usted enfrentará.

En aquellos tiempos

Mi abuela paterna tuvo cinco hijos. Sintió tanto miedo como yo al tener a mi bebé en brazos por primera vez, y quizá aún más, porque su primera hija vino prematura y estuvo cuatro meses en incubadora. Pero, en su opinión, su instinto más primario, por encima de la preocupación por la crianza, era protegerlos.

“Francamente no sé ni cómo lo hice. Fue a la brava. Tuve a mi primera hija y no había empezado a criarla cuando ya tenía dos varones. Y en un abrir y cerrar de ojos ya eran cinco niños, uno detrás de otro. Tenía que alimentarlos y cambiarles los pañales en serie. Cada día había en el patio de ropas una montaña de camisas y pantalones sucios que fregaba sobre una piedra hasta que me sangraban las manos”.

Confiesa que no le quedaba tiempo de ir a la iglesia con regularidad, si bien les brindó una educación en Cristo lo más esmerada posible. Desde muy pequeños les enseñó a orar. Cada noche les daba la bendición y les enseñaba a pedirle a Dios que los amparara. Una tarea que parece pequeña, pero que tiene gran valor y honra el mandamiento del Señor que nos impulsa a guiar a nuestros hijos en Sus caminos: Instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará. Proverbios 22:6.

Pero, así como les daba todo el amor del que era capaz, también los reprendía en sus momentos de desobediencia.

Los niños judíos

Los padres de Jesús subían todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, fueron allá según era la costumbre. Terminada la fiesta, emprendieron el viaje de regreso, pero el niño Jesús se había quedado en Jerusalén, sin que sus padres se dieran cuenta. Ellos, pensando que él estaba entre el grupo de viajeros, hicieron un día de camino mientras lo buscaban entre los parientes y conocidos. Al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en busca de él. Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían se asombraban de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando lo vieron sus padres, se quedaron admirados.

-Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? —Le dijo su madre—. ¡Mira que tu padre y yo te hemos estado buscando angustiados! Lucas 2:41-48.

Lo anecdótico de los párrafos anteriores quizá le haya hecho reflexionar ya acerca de la complejidad de la noble labor de la crianza. O probablemente usted ya haya asumido el rol de padre o madre con éxito y, mientras lee estas líneas, asienta con la cabeza lentamente, admitiendo que el amor por los hijos y el reto de moldearlos para la vida es hermoso, pero también cansa y desconcierta por momentos.

Como madre, tengo plena certeza de que la preocupación que comparto con mi esposo por proteger a nuestro hijo, formarlo en valores y guiarlo en los caminos del Señor es algo que todos los padres en todas las épocas han entendido muy bien.

María, como madre terrenal de Dios hecho hombre, sintió angustia cuando, al finalizar la fiesta de Pascua en Jerusalén, se percató de que su hijo había desaparecido.

Dice el libro del apóstol Lucas que, al no encontrarlo, volvieron a la ciudad y lo hallaron, al cabo de tres días, hablando con gran sabiduría entre los maestros del templo. Y aun sabiendo que Jesús sería llamado grande e Hijo del Altísimo, como indica también Lucas 1:31-33, la preocupación de madre la superó.

La ternura del vínculo que unía a los padres judíos con sus hijos aparece no solo en este pasaje de las Escrituras, sino en la multiplicidad de costumbres de esta antigua, noble y rica comunidad que ha logrado mantener viva su esencia a lo largo de los siglos.

La infancia de los judíos transcurría entre un esmerado aprendizaje de sus costumbres y festividades de gran importancia, que no debían pasarse por alto. “Tan pronto como el niño tuviera un cierto conocimiento, las oraciones privadas y unidas de la familia, y los ritos domésticos, fueran los semanales del sabbath o los de las sazones festivas, harían un fuerte impacto en la imaginación del niño. Se celebraba la Chanukah, o fiesta de la Dedicación. Luego había el Purim, la fiesta de Ester; la fiesta de Tabernáculos; y, la más grande de las fiestas, la semana de la Pascua, cuando, habiéndose sacado cuidadosamente toda la levadura, cada bocado de comida, por su diferencia de la comida ordinariamente empleada, mostraría al niño que aquellos días eran especiales”, escribió Alfred Edersheim en su libro Usos y Costumbres de los Judíos en los Tiempos de Cristo.

Pero, la crianza en tiempos de Cristo, de acuerdo con Edersheim, un vienés de raíz judía que se convirtió al cristianismo, estaba especialmente marcada por la influencia de la mujer, sobre todo en las primeras etapas.

Cuando llegamos al Nuevo Testamento, podemos notar que un renovado halo de gloria parece rodear a la mujer. En este sentido, Edersheim hace referencia en su obra a la relevancia espiritual de las madres: “Ya sin mencionar a la madre de los hijos de Zebedeo, ni a la madre de Juan Marcos, cuyo hogar en Jerusalén parece haber sido el centro de reunión y el refugio de los primeros discípulos, y ello en tiempos de la más implacable persecución”.

Y esto lleva a mencionar el otro y mucho más grande ejemplo de influencia materna en el pueblo de Israel, que es muy claro en el Nuevo Testamento. No es otro, desde luego, que el de la madre de nuestro Salvador. En tanto que el hecho de que Jesús se sometiera a sus padres, y creciera en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres, forma parte del insondable misterio –explica el escritor austríaco- de su voluntaria humillación, la influencia ejercida sobre su primera educación, especialmente por su madre, parece estar implicada por toda la historia evangélica.

Sin embargo, cuando el niño alcanzaba cierta edad, quedaba bajo la protección del padre, quien, de acuerdo con El Tratado de Kidushin 29a, contenido en El Talmud, estaba “obligado respecto de su hijo a circuncidarlo, redimirlo, enseñarle la Torá, desposarlo y enseñarle un oficio”.

La palabra “educación” en hebreo es JINUJ, esta palabra también quiere decir “dedicación”, esto nos muestra que según la mentalidad judía, la educación implicaba estar continuamente al servicio de Dios a través del estudio de la Torá (la ley) y del cumplimiento de los mandamientos.

La educación judía en tiempos de Cristo servía para transmitir el conocimiento de la Torá y la tradición, fomentar el respeto por los mandamientos, mostrar los valores morales y éticos del pueblo judío. “Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes”. Deuteronomio 6:6-7.

Un hogar de Cristo

Jesús dijo: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos». Mateo 19:14.

La constitución del hogar judío en los tiempos de Cristo, como todo lo que  encontramos en las Escrituras, es Palabra de Dios para orientar nuestra vida. No hay mejor modelo para la crianza de nuestros niños y enfrentar el gran reto de formar los hombres y mujeres del mañana, que la familia en la que creció nuestro Salvador.

Desde el rol de criadores, cuando decidimos salir de esquemas insanos de crianza, y apostar por alternativas conscientes, libres de violencia, se nos plantean grandes desafíos. Pero, lamentablemente, como país, aún nos quedan grandes escollos por sortear, con la finalidad de ser partícipes de la construcción de una mejor sociedad del mañana.

La última encuesta de percepción ciudadana, realizada en 2017 de Bogotá Cómo Vamos, reveló que un 7% de niños menores de 5 años de edad permanecen solos en sus casas o con otros menores a su cargo y un 6% está fuera de casa al cuidado de vecinos, de acuerdo con cifras publicas en el diario El Tiempo.

Asimismo, Medicina Legal publicó cifras en 2017 que refuerzan esta realidad: 2.644 menores de edad en Bogotá forman parte de las estadísticas de presunto delito sexual, 516 en la primera infancia; 2.699, de violencia intrafamiliar y 152, de lesiones accidentales, reseñó el prestigioso medio de comunicación en un reportaje publicado el año pasado a través de su portal web.

Pero, no sólo las cifras de abuso y maltrato intrafamiliar causan alarma. En 2016, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar abrió 7.742 procesos de restablecimiento de derechos para niños abandonados en todo el país. De ellos, 1.677 fueron en Bogotá, publicó caracol.com.co. “Es una situación alarmante cuando son los mismos padres los que exponen a los niños a riesgos. En estos casos se inicia por parte del instituto un procedimiento de restablecimiento de derechos para determinar si existen otros miembros de la familia que puedan hacerse cargo”, dijo Diana Patricia Arboleda, directora regional de Icbf en Bogotá en una entrevista concedida el año pasado a 6AM Hoy por Hoy.

Como cristianos y ciudadanos colombianos, la realidad de nuestros niños debería llamarnos la atención. Construir una nación con base en una crianza en amor, valores y una educación consistente debería ser nuestro norte como país y como hijos de Dios.

Dice la canción “No Basta”, del afamado cantante ítalo-venezolano Franco de Vita: “No basta traerlos al mundo porque es obligatorio, porque son la base del matrimonio o porque te equivocaste en la cuenta”. Que la formación de nuestros hijos sea parte fundamental de nuestras vidas, qué sea nuestro granito de arena, de amor, para edificar una mejor Colombia y un mundo más justo, “porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos”.

Por : Verushcka Herrera R. – @vhequeijo

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