Areópago

El mal absoluto

He revisado un artículo de la Revista Época, de Madrid, España, a propósito del antisemitismo que tuvo su más reciente manifestación en Pittsburgh, Pensilvania.

Conviene recordar lo que el Premio Nobel de la Paz Elie Wiesel, autor de ese artículo, escribió acertadamente, al afirmar que el terrorismo no pretende convencer, sino dominar, someter, aplastar. Algunos han pensado, a través de la historia, que el terror es necesario como una especie de intervención quirúrgica para evitar su propia metástasis en la sociedad enferma.

En Francia, el llamado ‘régimen del terror’ duró apenas un año y quienes lo idearon fueron sus propias víctimas. Después de mandar guillotinar a Danton, Robespierre fue también a la guillotina. Es lo que el vulgo llama con su genuina sabiduría, ‘afilar cuchillo para el propio pescuezo’.

Sin embargo el terrorismo es una realidad mundial que preocupa a líderes de todas las actividades: políticas, económicas, religiosas, deportivas, artísticas, etc. Aunque sus métodos progresan y se benefician de la ciencia y la tecnología, esencialmente es el mismo siempre: en la Inquisición española y portuguesa del siglo XV, en la Francia de finales del XVIII, en el nazismo de Hitler, en el comunismo de Stalin y en la Camboya de Pol Pot, en los montoneros argentinos, los etarras españoles, los tupamaros uruguayos, el IRA irlandés, etc. Y todo ello, en cierta medida, facilitado por quienes desde diversas actividades ejercen cierto control sicológico terrorista: en las empresas, en los gobiernos y en la religión informal, se infiltran sutiles métodos que generan un terror laten  te en sus víctimas. El evangelio infiernero que algunos transmiten hoy no es el menos peligroso de ellos. Leamos a Wiesel: El terror tiene una vertiente paralizadora, es su objetivo: paralizar las fuerzas vitales, el poder de imaginación y la voluntad democrática de un pueblo y del individuo para que se pierda u olvide el placer de soñar y el deseo de libertad, el más hermoso, el más exaltado de los sueños.

En su propia evolución, el terrorismo –por así decirlo – ha cruzado la raya. Los nihilistas anarquistas eran ciertamente terroristas, pero tenían su particular ética. Por ejemplo, en San Petersburgo, los revolucionarios quisieron asustar al zar matando a su representante. Pero (como Dostoievski y Camus lo señalaron bien) el blanco del atentado, el gobernador de esa provincia, iba a misa en compañía de sus hijos. Al ver a estos en la carroza, los sediciosos aplazaron el atentado solo para no asesinar niños…Los terroristas de hoy se reirán de semejantes escrúpulos; ellos, simplemente, siguen en lo que Salvador Díaz Mirón describió bien:

Eterna y mezquina Guerra

De todo lo que se arrastra

Contra todo lo que vuela

Vale la pena recordar que la cúpula nacionalsocialista se reunía en la llamada Logia Negra, cuyas tenidas incluían yoga y meditación, y que su ideología fue tomada en gran parte del Zaratustra de Nietzche. No hay que esforzarse demasiado para entender la estrecha relación entre el nazismo y las religiones paganas indoeuropeas, como hinduismo y zoroastrismo. Son las mismas que últimamente parecen resurgir con fuerza a través de la llamada Nueva Era. Y no es necesario destacar que el nazismo montó un sistema completo de terrorismo de estado, con inimaginables métodos de masificación y control, unidos a los muy persuasivos y disuasivos que alcanzaron los más refinados sadismos. Es tiempo de orar intensamente por esto.

Foto: David Bernal / Revista Hechos&Crónicas

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