Estadio

Columnistas seculares aplauden la fe de la Selección Colombia

La Selección Colombia de hoy no tiene ni punto de comparación a la de 1994. A pesar que nuestro fútbol está entre los mejores, en años anteriores, los escándalos, el orgullo y la falta de ejemplo dejaban mal parado a nuestro país. ¿Cómo nos ve hoy el mundo? ¿Qué factores diferencian nuestro juego en la actualidad?

El juego del siglo pasado

El 25 de julio de 1994, la Revista Semana en su artículo “El fracaso”, narraba los problemas de la Selección Colombia dirigida por Francisco Maturana cuando participó en el Mundial de Estados Unidos ese mismo año. Aquí algunos apartes: “Además de los errores tácticos en el campo de juego, su mayor pecado fue la falla en la formación humana de los deportistas. Los ejemplos son varios: René Higuita, Albeiro Usurriaga y Faustino Asprilla, quienes ya tienen en su hoja de vida varios escándalos por fuera de la cancha… Nadie puede olvidar las fotografías en donde aparecen varios de los actuales jugadores de la Selección Colombia visitando a Pablo Escobar en la cárcel de La Catedral. El grado de penetración del narcotráfico en el fútbol colombiano es tan grande que algunos jugadores terminaron convertidos en objetivos militares de las guerras internas de los carteles. Y en ese ambiente lleno de billetes, lujos, caprichos, y amenazas -como ocurrió en el caso de ‘Barrabás’- se pueden formar estrellas, pero nunca deportistas profesionales…”.

El fútbol de hoy: Dios, principios y valores Hechos&Crónicas extractó algunos apartes del columnista Juan Esteban Constaín del diario El Tiempo y de Armando Montenegro de El Espectador, quienes exaltan la fe de nuestra Selección.

Flutero

Es algo que me intriga desde hace tiempo, eso de la Selección Colombia y su carácter ‘evangélico’.

Por: Juan Esteban Costaín para El Tiempo

“… varias veces hemos dicho acá que el hecho más importante de la historia reciente de Colombia, el que la va a definir en los años y las décadas por venir, es el de la cada vez más rápida y profunda ‘protestantización’ de la sociedad, su ‘conversión’. Porque este, como se sabe, fue durante siglos un país católico por excelencia, orgulloso a la vez de ser quizás ‘el segundo país más católico del mundo después de Polonia’ y ‘el país con el segundo himno nacional más bonito después de La Marsellesa’, cosa que acabamos de comprobar en el Mundial de fútbol. Y me refiero a lo segundo, porque lo primero es cada vez más relativo, complejo y discutible. Tanto que quien tenga dudas sobre el fenómeno histórico y sociológico que significa desde hace años el auge de las iglesias cristianas reformadas en la sociedad colombiana, quien lo quiera ver en sus verdaderas dimensiones, no tiene sino que asomarse a nuestra selección de fútbol para verificar cómo la gran mayoría de sus integrantes, por no decir que todos ellos, profesa ese culto en alguna de sus vertientes.

Es algo que me intriga desde hace tiempo, eso de la Selección Colombia y su carácter ‘evangélico’, y más me intriga que ese factor tan poderoso casi nunca esté presente en los muchos análisis que se hacen sobre el cambio de mentalidad de nuestros jugadores, en el cual se intuyen siempre razones de tipo deportivo o cultural, como el roce internacional o la profesionalización cada vez mayor del fútbol, pero no la nueva fe que allí anida.

El hecho más importante de la historia reciente de Colombia, el que la va a definir en los años, es el de la cada vez más rápida y profunda ‘protestantización’ de la sociedad, su ‘conversión’. Para mí, esa es una frontera clarísima entre lo de antes y lo de ahora: nuestro viejo catolicismo tan festivo y tan mariano, tan hipócrita y agorero y atormentado, tan propenso a pecar y a rezar para luego empatar (aunque aquí casi siempre perdemos), evidente en la generación gloriosa del fútbol colombiano de hace 30 o 20 años…

La nueva generación de jugadores, en cambio, es un típico producto de esa Colombia de iglesias reformadas que florecen por doquier y en las que se inculca quizás un discurso dogmático y fundamentalista de pastores, sí, pero en las que también hay unos valores de disciplina y honestidad y respeto por la comunidad, por ejemplo, que antes no se daban fácil en nuestro fútbol y en nuestros futbolistas.

Por eso me parece interesante pensar en voz alta al respecto, por descabellado que parezca: porque allí, en el único proyecto de nación que ha funcionado en Colombia, su equipo de fútbol, allí se reflejan todos nuestros dramas y todas nuestras contradicciones, nuestros conflictos, nuestra historia. Y también se está reflejando, cómo no, ese fenómeno que es, repito, el más importante que nos haya tocado en mucho tiempo.

Un fenómeno que se está dando además en otras partes del mundo, y no solo en países cristianos, ya sean católicos u ortodoxos. Allí arde aún la hoguera que hace cinco siglos abrió Lutero y produjo una gran paradoja: la de la sociedad moderna, capitalista y secular nacida del esfuerzo puritano de unos teólogos radicales que querían salvar a la Iglesia romana de sus propios pecados. Limpiarla, no destruirla…”.

La Selección Colombia

Por Armando Montenegro, para El Espectador.

“… Uno de los rasgos que marcaron la vida de varios jugadores, al igual que la de muchos colombianos, es la violencia. Una de las pequeñas biografías de los futbolistas del Mundial que The Guardian publicó esta semana nos recuerda que Cristian Zapata lleva el 2 en su camiseta, el mismo número que portaba Andrés Escobar, asesinado después del campeonato en Estados Unidos. El papá de Santiago Arias recibió un balazo en la cabeza por parte de un grupo de atracadores, cuando Santiago tenía apenas 17 años, mientras protegía con su cuerpo a un grupo de niños frente a un jardín infantil en Medellín. Y está también la horrible experiencia de Juan Guillermo Cuadrado en Necoclí, quien, a sus cuatros años, tuvo que esconderse debajo de su cama, en medio de la balacera que mató a su padre.

Muchos de los miembros de la selección vienen de la marginalidad y la pobreza, y, con esfuerzo y dedicación, encontraron el progreso económico y social en el fútbol. Frank Fabra vendió en las aceras de Nechí los bizcochos fritos que hacía su abuela, hasta que a los 13 años tomó un bus y se fue a buscar la suerte que halló en el deporte.

Wilmar Barrios mercadeaba trozos de hielo a $100 en las calles de Cartagena para pagar los buses que lo llevaban a entrenar. Y Carlos Bacca dejó de vender pescado en Puerto Colombia y abandonó su trabajo de ayudante en una flota intermunicipal cuando entró a las divisiones inferiores del Junior y allí encontró el camino que lo llevaría a Europa.

Varios jugadores, al igual que millones de colombianos, siguen con devoción algunas de las corrientes cristianas que desplazaron el monopolio del catolicismo. La disciplina y el orden familiar que imponen estas iglesias podrían explicar la consagración y la disciplina de algunos de nuestros mejores futbolistas (la carrera de talentosos jugadores de la generación anterior se frustró en la rumba y el tumulto personal). The Guardian reporta que el arquero Camilo Vargas les lavaba los pies a sus compañeros de Santa Fe al tiempo que les pedía que escucharan la voz de Dios y que abrieran su corazón a Jesús. Es muy conocida también la intensa religiosidad de Falcao, de quien se dice que lloró cuando un niño le bendijo la rodilla, la misma que le impidió ir al Mundial de Brasil, y le aseguró que Cristo se la sanaría…”.

Foto: Federación Colombiana de Fútbol

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