Areópago

Hombres ¿y mujeres?

Originalmente el ser femenino se nos presenta como un ser problemático: Buytendijk

Es inútil tratar de establecer las nuevas realidades sobre los viejos paradigmas. La mujer realiza hoy trabajos que fueron por siglos de exclusividad masculina: operador de fábrica, albañil, taxista, boxeador, etc., ni qué decir de las profesiones liberales: médico, abogado, ingeniero y demás. El hombre, por compensación, ejecuta muchas tareas históricamente femeninas: aparte de cocinar, lavar y planchar, hay varones que cuidan niños o realizan tareas propias de las antiguas secretarias. Hasta hace relativamente poco tiempo una mujer plomero era juzgada como marimacho, y un varón florista como afeminado.

Ciertas incompatibilidades que hasta ayer nada más eran tabúes, hoy constituyen algo normal y cotidiano: en no pocas empresas el presidente es una mujer, y los ejecutivos subalternos, hombres que le obedecen. Atrás quedaron los prejuicios según los cuales las mujeres no podían ser médicos pues les era impúdico enfrentarse a la cruda desnudez del cuerpo humano; ni jueces, porque su sentido de equidad podría sufrir desequilibrios en ciertos días del mes, por razones obvias.

Hoy Schopenhauer, sin duda, acabaría en la cárcel por su frase: “la mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas”. Todas las disciplinas intelectuales se ocupan ahora mismo en la redefinición, no de los géneros masculino y femenino que conservan sus diferencias esenciales, sino de sus respectivos roles, que tienden a una complementaridad más racional y lógica.

Todavía, por supuesto, -y esto será invariable- el hombre representa inteligencia y voluntad, la mujer sentimiento e intuición; el hombre es más independiente y activo, la mujer más pasiva y subalterna; el hombre es obvio, la mujer imprevisible en el ejercicio sexual, la mujer busca afectos y el hombre sensaciones.

Ortega y Gasset decía que uno de los más grandes errores, no solo teóricos sino prácticos, es la “equiparación jurídica del hombre y la mujer”. Se relata una deliciosa anécdota del filósofo español durante un viaje en barco, con un grupo de señoras norteamericanas, jóvenes y muy bellas, a quienes les hablaba como un hombre lo hace a una mujer en la flor de la vida. Al reclamar una de ellas que se la tratara “como a un ser humano”, Ortega le respondió: -Señora, yo no conozco ese personaje que usted llama “ser humano”. Yo solo conozco hombres y mujeres.

El propio Ortega sostiene que el varón “consiste de modo eminente en referencia a su profesión” y solo secundariamente en referencia a la mujer; en cambio el destino de esta se centra en “ser vista del hombre”. Como español raizal, este cenital pensador reafirma la diferencia radical de los sexos, pero no promueve la idea de inferioridad femenina sino reconoce en la mujer la portadora de valores afectivos: sensibilidad, ternura, delicadeza, intuición. Sin embargo, es el mismo Ortega quien descubre que “lo que llamamos mujer no es un producto de la naturaleza, sino una invención de la historia”.

Siendo que Dios creó originalmente “hombre y mujer”, quiero entender que Ortega se refiere en este caso al estereotipo histórico de lo femenino.

Pese a los esfuerzos de igualdad con sus exageraciones, sigue existiendo un esencialismo masculino y otro femenino. Diferenciales y universales. El hombre es hombre y la mujer es mujer, en forma indiscutible, así no haya comportamientos uniformes de género en todas las culturas. Durante la ocupación norteamericana del Japón, al iniciarse la segunda posguerra, hubo el encuentro erótico del cowboy y la geisha, en el cual los elementos étnicos, folclóricos e, incluso, religiosos no fueron obstáculos para el romance. El gringo desfachatado y la nipona ceremoniosa eran solo un hombre y una mujer. Como Hernán Cortés y su princesa indígena.

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