Timoteos

Cuando los niños pierden su mascota

Una de las primeras experiencias que un niño puede tener con la muerte es el fallecimiento de una mascota, ¿qué hacer cuando esto pasa? ¿Cómo actuar? A continuación, es contamos la triste historia del gatito Luke.

Un mes antes de la noticia menos esperada, celebramos felices el cumpleaños número uno de Luke, un gatito que habíamos adoptamos como mascota hacía un año. Su llegada a casa fue difícil para mí por aquello de las alergias, pero luego de dos meses, todo pasó. Tanto mi esposo, mis hijos y yo, nos empezamos a encariñar con el pequeño Luke; Martín, mi hijo mayor de siete años, lo consideraba su mejor amigo y compañía.

El domingo 4 de febrero, era un día normal, salimos con mi familia a las 11:00 a.m. y como siempre, no nos íbamos sin despedirnos de Luke. Esa tarde, cuando llegamos sobre las 5:00 p.m., el gatito no bajó a saludarnos… a Martín le pareció muy raro y subió a buscarlo…

Lo que jamás pensamos…

“¡Mami, papi, Luke no se mueve!”, grita Martín arrodillado al borde de la escalera sosteniendo al gatito tibio en sus manos… ¡Dios, salva a mi gatito, sé que está atorado con una bola de pelos, resucítalo Papito Dios!, lloraba fuerte mi hijo… Juanita (mi hija menor de cinco años), mi esposo y yo estábamos en shock con lo que sucedía. Se me escurrieron las lágrimas con la escena que estaba viendo. Cogí a Luke en mis manos, lo miré para ver si tenía algo raro y ya tenía la boca tiesa… creo que no llevaba más de una hora muerto. Mi esposo lo alzó, lo metió al carro y todos fuimos en busca de una clínica veterinaria para que nos dijeran qué había pasado… Martín no paraba de llorar, estábamos pasmados, tristes y preguntándonos qué había pasado…

Luego de ir a varias veterinarias, llegamos a una clínica de mascotas por la Autopista Norte donde realizaban necropsias. Bajamos a Luke del carro y lo dejamos en ese lugar por dos largas horas mientras nos daban el diagnóstico de su muerte. Mientras tanto, fuimos a buscar una plantita para enterrarlo después. Mis hijos seguían llorando… pero gracias a Dios llegó mi hermana “la tía Yoya” quien ayudó a consolar a mis hijos mientras mi esposo y yo preparábamos todo para despedir nuestro gatito.

El resultado…

Eran las 8:30 p.m. cuando llegamos a la clínica. Los cinco nos bajamos del carro, venteaba fuerte… duramos varios minutos para que nos abrieran. Cuando entramos, nos llevaron a una sala grande donde había productos para perros y gatos… Martín y Juanita se sentaron con su tía y en su inocencia esperaban a que Luke reviviera. Después de casi 20 minutos nos abordó un veterinario y preguntó si el gatito salía a la calle… Mi esposo y yo nos miramos y dijimos sí, asentando la cabeza. Preguntamos: “¿Por qué?”, no dijo nada… (Esa mañana, antes de irnos, Luke salió menos de tres minutos, pero entró a casa en perfecto estado).

Al poco tiempo salió la doctora que había realizado la necropsia y dijo: “Luke lleva poco tiempo de muerto. No encontramos alimento en el estómago del gatito, tampoco ningún objeto que obstruyera su vía aérea. Algo que me llama la atención es que sus pulmones están con hemorragia. ¿Saben si se tiró de un piso alto? ¿Lo cogió un carro? ¿Saben si se le cayó algo muy pesado encima?”… Nuestra respuesta fue “no”.

Quedamos desconcertados con el diagnóstico. No nos dijeron que había pasado. Nos entregaron al gatito en una bolsa blanca y en una caja de cartón. El llanto nuevamente invadió a mis hijos.

El adiós…

…con gran angustia comenzó a orar al Señor y a llorar desconsoladamente. 1 Samuel 1:10.

Esa noche compramos una bolsa de tierra y una planta muy común que se llama Eugenia. Martín aun no creía que había muerto su mascota y no entendía bien de qué se traba un entierro. Cuando el hueco estaba listo, pusimos al gatito ahí y lo tapamos con tierra. Martín hizo la siguiente oración: “papito Dios, te llevaste a Luke, sé que él descansa contigo y está en el cielo de los gatitos, gracias por todo este tiempo, lo voy a extrañar mucho Señor… cuídalo…”. Luego de su plegaria mi esposo oró por Martín y Juanita para que Dios los llenara de consuelo… así cerramos este ciclo entre lágrimas. Aprendimos que la vida se puede perder en un abrir y cerrar de ojos y que debemos estar preparados para este tipo de noticias que a todos nosotros no tocará recibir más de una vez. Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran. Romanos 12:15.

Para muchos niños se convierte en el “peor día de sus vidas” Un estudio publicado en la revista Environmental Education Research, Joshua Russell, profesor asistente de ciencias ambientales del Canisius College de Búfalo, Nueva York, quien ha estudiado los efectos de la muerte de mascotas en infantes, realizó una investigación con 12 niños cuyas edades oscilan entre los 6 y los 13 años y que habían perdido una mascota, Russell halló que incluso años después de la muerte de la mascota, algunos todavía describían la pérdida como “el peor día de mi vida”. También descubrió que a los niños se les ocurren  maneras únicas de racionalizar el deceso de su mascota y que la forma en que muere una mascota influye en cómo los niños manejan el duelo.

Según la investigación, también publicada por el New York Times, al igual que los adultos, los niños tienden a aceptar más fácilmente la muerte de su mascota cuando era esperada. Por ejemplo, los infantes del estudio resultaban menos afectados cuando sabían de antemano que el animal tendría una vida corta. Parecían saber que un pez o un hámster, por ejemplo, no vivirían tanto como un perro o un gato. Cuando un animal estaba enfermo, generalmente aceptaban que sacrificarlos aliviaba el sufrimiento de la mascota. Si un animal tiene una enfermedad terminal, los padres pueden ayudar a preparar al niño hablando de la pérdida inminente, así como de los sentimientos de tristeza que evocará.

Sin embargo, cuando las mascotas mueren de forma trágica e inesperada, la pérdida es más difícil para el niño. “Cuando una mascota muere repentinamente, enfatiza lo imprevisible que es el mundo. Les dice a los niños que las personas y los animales que aman pueden morir sin previo aviso”, dijo Abigail Marks, psicóloga clínica de San Francisco especializada en el duelo infantil.

Desde luego, la edad del niño y el nivel de desarrollo afectan cómo entiende la muerte y el dolor de un niño es notorio de maneras muy distintas al de un adulto. Los niños no siempre lloran ni muestran emoción inmediatamente. Pero esto no significa que no estén profundamente afectados por la pérdida.

Cómo manejar el duelo en los niños…

Cuando mis hijos hablaban del “cielo de los gatitos” consideré prudente no hablarles en ese instante de shock sobre el tema. Mi esposo y yo dejamos que el duelo fuera un proceso liberador para ellos y así fue. Pasados unos meses hablé con mis hijos sobre la muerte de las mascotas y les expliqué que Dios no creó a las mascotas con la capacidad de elegir el bien o el mal o para aceptar o rechazar la salvación y que por lo tanto no podrían ir al cielo; pero sí creó al hombre a su imagen y semejanza con capacidad de razonar, tomar decisiones inteligentes y morales para poder ir al cielo.

Sin embargo, no podemos pasar por alto los misterios Divinos. Aunque la Biblia no diga directamente si nuestras mascotas estarán o no con nosotros en el cielo, en Isaías 11 encontramos un pasaje donde al parecer habría animales en la eternidad; el versículo 6 dice: El lobo vivirá con el cordero, el leopardo se echará con el cabrito, y juntos andarán el ternero y el cachorro de león, y un niño pequeño los guiará. La esperanza que nos queda es que cuando vayamos al cielo tendremos todo lo necesario para nuestra felicidad y vida eterna.

Por: Jennifer Barreto – @BarretoJenn

Foto: Flickr/Liliana Fuchs (Usada bajo LIcencia Creative Commons)

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