Ester

El engaño de las mujeres

“Mamá, ¿cómo haces para acordarte de todo? ¿Tienes súper poderes?”, me dijo mi hijo Diego hace unos días. La verdad me sorprendió. Siempre he tenido buena memoria, pero desde que tuve a mis hijos siento que todo se me olvida, en especial cuando tengo que responder por tantas cosas. De hecho hace pocos días fue precisamente mi hijo quien lloró sus ojos por un descuido mío, pues olvidé empacarle el juguete que me pidió marcarle cuando en su colegio se celebró el día del juguete. Fue el único que no llevó nada. También olvidé enviarle dinero para la muestra de quesos que los visitó y mientras rogaba al cielo que su profe encontrara algo en la maleta, tuvo que sentarse a ver cómo sus compañeritos degustaban toda clase de quesos. En esas dos ocasiones llegó desconsolado a casa, se sintió realmente mal.

Su desilusión fue como una daga en mi corazón. Sus lágrimas me partieron el alma. Es algo tonto, lo sé, pero duele cuando otros deben pagar por tus descuidos u olvidos.

¿Cuál es la razón de esto? ¡Es obvio! Soy esposa, mamá, hija, trabajadora, ama de casa, estudiante, tengo deseos de emprender… debo encargarme de tantas cosas que no puedo con todo.

¡No puedo! Es demasiado. Esta es una frase que repito todo el tiempo. Me siento agotada, abrumada, sin fuerzas… incluso triste, precisamente porque no puedo cumplir con todo.

En la edición  del Día del Padre, publicamos un artículo sobre cómo los papás están sobrecargados porque en casa se les exige incluso más que en sus trabajos y en mayo, para el Día de la Madre, dimos unos pertinentes tips para mamás agotadas. ¿La conclusión? ¡Todos estamos cansados! Este tema se metió en mi corazón. ¿Qué está pasando? ¿Por qué nos sentimos así?

La respuesta parece tenerla la nutricionista y consejera Gloria Lucía de Vega, quien asegura: “las mujeres están tristes. A la consulta de nutrición llegan completamente deprimidas. Su abandono es evidente. Los problemas las aplastan, las circunstancias que tienen que enfrentar cada día las limitan más y más para vivir el gozo del Señor.

Lo que ocurre es que las mujeres estamos creyendo un engaño. Sentimos que están abusando de nosotras porque debemos cumplir con todo y la frase cotidiana es “si ambos trabajamos, ambos tenemos que hacer las cosas”. La molestia llega cuando ellos no responden igual, pero lo que ocurre es que no somos iguales.

Los hombres no son multitarea, pero esto tampoco los hace inútiles. Dios los dotó con capacidades físicas e intelectuales para el trabajo, pero no cuentan con la misma sensibilidad que tenemos las mujeres para suplir las necesidades emocionales de los miembros del hogar. Por eso a los hombres no les podemos exigir lo mismo. Dios calculó nuestras diferencias de forma milimétrica y no se equivocó porque Su voluntad es buena, agradable y perfecta.

“Cuando vemos la definición de mujer en Proverbios 31, dice con una mano sostiene el huso y con la otra tuerce el hilo. ¡Esto nos define! Porque nuestro cerebro es diferente. Somos multitarea, capaces de hacer y pensar muchas cosas al mismo tiempo, pero nosotras, ante semejante dotación, pensamos que hemos sido abusadas. ¡No! Nosotras no somos abusadas. ¡Qué maravilla que podamos hacer todo eso! Lo que pasa es que hemos asumido un papel de víctimas, ese es el engaño que ha traído Satanás a nuestros oídos para deteriorarnos”, asegura la consejera.

Es claro, si hay un ser humano al que se le exige es a la mujer. La Contraloría General de Panamá se dio a la tarea de investigar cuánto trabaja una madre promedio al día. La conclusión son 67 horas con 39 minutos, de lunes a domingo. 38 horas con 30 minutos para el trabajo y 29 horas con 9 minutos en tareas del hogar.

Gloria Lucía continúa con su enseñanza: “Romanos 12:2 dice que no debemos amoldarnos al mundo actual y las mujeres se están amoldando y por eso están tristes. La tristeza de la mujer de hoy radica en que dejó su rol, aquel que Dios le había dado por delegación bíblica, por dedicarse a otra cosa. Perfectamente Dios hubiera podido obviar los roles de la mujer y darle las mismas funciones del hombre, pero a la mujer le dio el gozo del éxito de que su casa marche bien. Si esto no ocurre y hay descuido, ella necesariamente va a estar triste.

A las niñas que se están preparando para ser profesionales les digo que nadie les va a negar la oportunidad de ir a la universidad y desempeñarse en el mundo laboral, pero deben comprender que es una carga extra que cada una elige, pero que nunca podrán dejar la carga de su hogar, pues esta es la primera exigencia que Dios les hace. Cuando se ausentan de ese rol, caen en depresión y la depresión genera abandono de sí mismas, porque sienten que no pueden hacer nada bien, que nada vale la pena, que la vida no tiene encanto”.

Y es que cuando una mujer se ausenta de casa, se nota. Muchas han abandonado del todo su labor principal como esposas y madres para abrirse paso en el campo laboral. Una investigación realizada por la Universidad de La Sabana con mujeres mayores de 35 años de estratos cinco y seis de Bogotá, reveló que menos del 30% de las mamás se dedican actualmente al hogar. En el estudio, solo el 23% de las madres consultadas cocina, el 12% hace trabajos de jardinería, el 10% lava y plancha la ropa y el 6% limpia o barre. Pero el tema es más grave cuando se habla de los pequeños, porque aunque no existen cifras que determinen la cantidad de niños que se la pasan solos en su casa, con una niñera o empleada, de acuerdo con la experiencia de la sicóloga María Elena López, son bastantes los hogares donde sobrevive este modelo. Estos niños crecen rodeados de cosas y de personas, pero se sienten solos e insatisfechos porque en su corazón queda una sensación, a veces inconsciente, de que no fueron importantes para las mamás, que para ellas el mundo entero significó más.

Pero esto no es real. ¿Qué mujer sale de casa feliz por dejar a sus hijos? Uno de los dolores más fuertes para una madre es regresar al trabajo después de su licencia de maternidad y tener que dejar a su bebé con un tercero. Lo que ocurre es que nos acostumbramos, nos anestesiamos, pero la culpa no nos abandona y por eso muchas veces estamos deprimidas sin saber la razón.

“Cuando una madre está deprimida o descuidada, y atiende a su familia, ese servicio se va a sentir como un sacrificio que les causa dolor. ¡No! las mujeres no podemos estar quejándonos en posición de víctimas porque tenemos que levantarnos temprano y hacer mil cosas. ¡Es un privilegio!”, asegura Glorita.

Dios nos dio la capacidad de ser esa ayuda idónea, de cumplir con unos roles que los hombres no pueden cumplir. Eso nos hace privilegiadas, nos permite aportar a la sociedad. No se trata de que las mujeres no podamos salir a trabajar, no podamos ser gerentes de una gran empresa y tengamos que quedarnos relegadas en casa.

Se trata de cambiar de mentalidad, de agradecer a Dios por el cerebro que nos dio, por la posibilidad de servir. Se trata de cambiarnos el chip y comprender que podemos salir a comernos el mundo, pero esto no debe significar que nuestro hogar pase a segundo plano. Levantarnos de madrugada, cumplir con los deberes familiares, encontrar un equilibro depende de nuestra actitud.

Dios nos dotó con las capacidades. Él nos capacita, pero debemos cada día orar y pedirle que renueve nuestras fuerzas, que nos dé fuerzas de búfalo para hacer más cada día. Y que nos llene de su gozo y alegría, porque servir a los demás, comenzando por la familia, debe hacerse con alegría, con entusiasmo, con la dicha de quien se sabe bendecida. Solo así las cosas se mantendrán en orden, la familia funcionará de forma adecuada y tu vida será más radiante que el sol de mediodía. (Job 11:17).

Por: María Isabel Jaramillo – @MaiaJaramillo

Foto: 123RF

Share:

Leave a reply