Areópago

La religión del fútbol

El fútbol tiene, aparte de la estética de su concepción, implicaciones de orden psico-social que hacen inevitable su examen como fenómeno de masas incomparable.

Sus comentaristas son, en cierta medida, sociólogos; sus análisis han llegado a ser científicos y el observador perspicaz hallará en ellos claves del comportamiento masivo. Algunos piensan que se está conformando una religión del fútbol con rituales de alabanza y adoración. El árbitro, trajeado de negro, tiene perfil sacerdotal. La feligresía llora, salta, grita, baila, entona himnos. Los narradores son, en sentido estricto, predicadores. Expresiones como “la cancha Sagrada”, “el área Sagrada” se han vuelto de común usanza. A los estadios se los llama “templo”, “catedral”, “santuario”. El balón, utensilio principal del culto, es frecuentemente besado con reverencia. Los goleadores celebran de rodillas cada anotación, y las congregaciones futbolísticas se reúnen en domingo. No es de extrañar, entonces, que en este ingenioso juego se halle ligado, en muchos casos, a la hechicería y los agüeros. La obra de José Clopatofsky “Maturana se confiesa” exhibió en su promoción la imagen de un sacerdote junto a la muletilla “El libro de las revelaciones” Dios mío, el libro de las revelaciones es elApocalipsis. En él encontramos que, así como la Iglesia es la esposa de Cristo, la concubina del Anticristo será un sistema religioso sincretista: la anti-iglesia, llamada por San Juan “la gran ramera” (Apocalipsis 17).

Un día alguien escribirá el capítulo que olvidó Carlyle: El héroe como deportista. La obra de este gran pensador-repensador, lo llamó Borges -luce trunca por la ausencia de un Maradona, un Cassius Clay, un Mark Spitz, símbolos de cierta forma moderna de heroísmo: el deporte. Sociólogos e historiadores hallarán tema vasto de análisis en la influencia del héroe deportivo sobre su comunidad. Están equivocados quienes pretenden hallar un divorcio entre el gusto por el fútbol y la inteligencia.

Para derrotar tan peregrina afirmación bastaría remitirse a las apasionadas páginas del Premio Nobel de Literatura Albert Camus, miembro de la Selección Argelia, a quien sus compañeros apodaron “el gol”. Los políticos no han escapado de la órbita absorbente de este deporte. Alberto Lleras hizo una nota en la revista Visión sobre la Copa Mundo. Su pluma llamó “la nueva guerra” a esta manifestación de la cultura física. En verdad, el fútbol es una guerra: los equipos llevan cruzadas sobre el pecho sus banderas patrias, y la contienda se reduce a defender el campo propio y conquistar el del adversario.

Cristianos de buena fe estiman el deporte como asunto mundano, llegando en no pocos casos, a menosprecio y condenación de quienes lo practican. Sin embargo, el apóstol San Pablo ilustra gráficamente su vida ministerial con estas palabras: ¿No saben que en una carrera todos los corredores compiten, pero solo uno obtiene el premio? Corran, pues, de tal modo que lo obtengan. Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre. Corintios 9:24-25.

Estoy de acuerdo, por supuesto, en condenar la nueva -la muy antigua- forma de idolatría: adorar hombres. A los jugadores de la Selección Colombia se los llamó “dioses de carne y hueso” en un best-seller criollo. No es sano intentar fáciles metáforas con profundas verdades espirituales; la Biblia llama dioses, así con minúscula, a los demonios.  Pero Falcao, por ejemplo, es un auténtico hijo de Dios. ¡Viva la diferencia!

Foto: David Bernal / Revista Hechos&Crónicas

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