Ester

La mamá que no llegó a serlo

Estas épocas son motivo de alegría debido a que reciben cartas de sus pequeños, disfrutan el desayuno en la cama y un almuerzo en familia. Y aunque no compartan una gran celebración, tienen la sonrisa de sus hijos para agradecer el privilegio de ser madres. Sin embargo, hay mujeres que sufren este mes por el dolor de no tener a sus hijos.

Hechos&Crónicas también quiere rendirles un homenaje a las miles de mujeres que se saben madres, pero no llegaron a serlo.

No hay expectativa más grande para una familia que la llegada de un hijo. Cuando una  pareja llega delante de Dios, se compromete a amarse y respetarse hasta la muerte, también se compromete a recibir a los hijos que Dios les envíe, pero ¿qué pasa cuando esos hijos no llegan? La frustración y el dolor se vuelven el pan de cada día en muchos hogares.

Quienes han sufrido la pérdida de un hijo lo describen como el dolor más grande que han sentido y que jamás se apaga.

Una madre con los hijos en el cielo

“Mi nombre es Clara y soy madre de tres hijos. Cuando me casé pensé que podría convertirme en madre fácilmente. Mi esposo y yo nos habíamos trazado una serie de planes… viajar, estudiar, tener hijos, etc. Parecía sencillo. A los dos años de casados salieron las increíbles dos rayitas. ¡El momento más feliz y esperado! Mi esposo y yo lloramos juntos de la emoción.

El embarazo transcurrió con normalidad hasta que un día, a las 34 semanas de gestación, cuando ya teníamos todo listo para recibir a nuestro bebé, el médico nos dio la terrible noticia: el cordón umbilical se había desprendido y el bebé no podía recibir oxígeno ni alimento. Había muerto.

El mundo se derrumbó para mí. Cuando me hicieron la cesárea no quise verla (era una niña), preferí guardar mis ojos de la tristeza, aunque luego me arrepentí pues no tenía un rostro para recordarla.

El dolor era tan intenso que quise morir con ella, pero pasados unos meses, nuevamente llegó la ilusión con un segundo embarazo. No lo habíamos planeado, pues aún no nos recuperábamos de la pérdida; sin embargo, fue una enorme alegría.

Pocas personas que no hayan vivido de cerca la historia con nosotros pueden creer lo que ocurrió. ¡La historia se repitió! Cuando se acercaba el final de mi embarazo nuevamente recibí la noticia de que mi hija (sí, otra niña) había muerto en mi vientre. Sentía las pataditas “fantasma” que rompían mi corazón.

Esta vez sí quise verla y nunca voy a olvidar su carita. Quiero pensar que su hermanita era igual de bella. Ambas están enterradas en el mismo cementerio que mis abuelos y me gusta creer que comparten juntos en el cielo, como en la historia de Colton Burpo (El joven que a los 5 años afirma haber visitado el cielo, y cuenta que allí encontró a su hermana, que su mamá había perdido a los pocos meses de gestación. Según él, Jesús la tenía muy cerca y ella corrió a abrazarlo).

Por 10 años fui una madre sin hijos, o mejor dicho, una madre con sus hijas en el cielo. El primer día de la madre después de la muerte de mi segunda bebé, mi esposo me envió una cajita con dos rosas y una tarjeta que decía: “ellas te hicieron madre”. Lloré mis ojos a solas con Dios con esta cajita, pero agradecí a mi esposo este gesto en el que deba valor a mis sentimientos de madre. Tal vez no tenía a mis hijas para abrazar en este día y por eso lo sentía tan duro, pero por lo menos alguien se acordaba de mí, pues el resto de las personas simplemente me trataban como si nunca hubiera pasado. Cada año recibo las mismas dos rosas, a veces silenciosas, a veces con un bello mensaje.

10 años duré llorando a mis hijas, preguntando a Dios por qué me las había quitado. Sufría al ver a los niños pues a todos los comparaba con las edades que ellas podrían tener y me dolía ver a las madres con sus bebés haciendo cosas que yo no tuve la oportunidad de hacer con ellas. Un día sentí que me había secado. Ya no tenía lágrimas para derramar; la tristeza no se iba, pero poco a poco comprendí que Dios tenía un propósito.

Aproveché mi profesión como psicóloga y me preparé con pastores y consejeros de la iglesia para comenzar a ayudar a mamitas que atravesaban el dolor de una pérdida. Sé que Dios me usa cada día para brindar esperanza a tantas mujeres que lo necesitan.

En medio de este proceso tuve que hacer una pausa. Estaba embarazada nuevamente. Cuando me enteré, antes de contárselo a mi esposo ni a nadie, me encerré en mi cuarto y oré. Dije: ‘Dios, no sé cuál es el propósito que tienes con esto. Si nuevamente quieres llevarte a este bebé, te lo entrego. Él, igual que mis hijas te pertenecen’. Y realmente descansé en Dios.

Hoy mi hijo tiene 4 años. Nació sin ninguna novedad y es un hermoso bebé arcoíris (nombre que reciben los bebés que nacen después de una pérdida). Aunque fue doloroso, cada día me he aferrado a la Palabra escrita en Romanos 8:28: Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito”.

Mamá, no estás sola

Según la Organización Mundial de la Salud, entre el 10 y el 20% de los embarazos no llega a feliz término. Si eres una madre que vivió o está viviendo esta situación, no pierdas la fe. Recuerda las palabras de Jesús: No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y, si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté. Ustedes ya conocen el camino para ir adonde yo voy. Juan 14:1-4. Dios mismo te reconforta, tus hijos están con Él y esta situación tiene un bello propósito.

Por: María Isabel Jaramillo – @MaiaJaramillo

Foto: 123RF

 

 

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