Aerópago

Cristianismo y ciencia

Nada más ilógico que divorciar al cristianismo de la ciencia. A través de la historia, especialmente en el surgimiento de la modernidad científica, los protagonistas principales fueron cristianos.

El eminente profesor británico James Moore ha dicho, razonablemente, que hay evidencias indudables de que el protestantismo fue un instrumento del desarrollo de la ciencia moderna.

¿Cómo desconocer la íntima conexión que existe entre la Reforma y la revolución científica? No en balde Francis Shaeffer, respetado pensador evangélico, ha identificado claramente las raíces cristianas de la ciencia moderna. Un pentecostal de férreas convicciones, Rick M. Nañez, ha desafiado a sus propios correligionarios, tradicionalmente inclinados a menospreciar los temas científicos, a través de una obra sustantiva de su propia autoría: ‘¿Evangelio completo en mentes incompletas?’

Allí se recogen preciosas perlas de grandes científicos que fueron, primero, sólidos creyentes. Francis Bacon, por ejemplo, escribió: “Hay dos libros que debemos estudiar, para evitar caer en el error: primero, el volumen de las Escrituras; y luego, el volumen de las criaturas”.

Hoy sorprende el hecho de que los fundadores de la Royal Society de Londres, establecida en 1660 para impulsar el estudio y la investigación hacia el avance de la ciencia, eran puritanos. En realidad, los pioneros de la revolución científica moderna fueron todos cristianos: Nicolás Copérnico afirmó que el universo “fue elaborado para nosotros por un Creador supremamente bueno y ordenado”.

Robert Boyle, considerado en forma unánime como el gestor de la química moderna, se empeñó por todos los medios a su alcance en demostrar que “la ciencia y la religión no solo son reconciliables, sino de hecho están integralmente relacionadas”.

Galileo Galilei no vaciló en hacer afirmaciones palmarias y directas, pese a la incomprensión del medio ambiente intelectual de su tiempo. Él dijo, por ejemplo: “La Santa Escritura nunca podría mentir ni errar, sus declaraciones son de absoluta e inviolable verdad. No obstante, algunos de sus intérpretes podrían a veces errar de varias maneras”.

Johannes Kepler afirmó en la Universidad de Tubingia, centro del pensamiento cristiano durante siglos: “Mi deseo es poder percibir dentro de mí al Dios que encuentro en todas las partes del mundo externo. Mi vida está únicamente dedicada al servicio de Jesucristo. En Él está todo refugio, todo solaz”.

¿En qué momento se dio la absurda ruptura entre la fe y la ciencia? Aún suenan, aisladamente, “voces disidentes” por llamarlas de alguna manera: Wernher von Braun, creador de los viajes espaciales, no tenía duda de que “el universo fue planeado”. Fred Heeren afirma que “el genoma muestra un diseño inteligente”. ¿Por qué se hizo posible la separación, que hoy parece irremediable, entre el análisis de la Naturaleza y el conocimiento de su Creador?

El Dios-Hombre tuvo un cuerpo tomado del polvo del planeta; y, en su tránsito terrenal, fue ministrado por la Naturaleza: cierto fenómeno astronómico (Kepler afirma que fue una ‘nova’), anunció su nacimiento; la mula y el buey calentaron sus primeras horas con un vaho amoroso en el pesebre; por medio del oro, el incienso y la mirra le rindieron adoración los sabios de Oriente; el agua lo empapó en el bautismo, el olivo dio el aceite para su unción, el trigo produjo el pan que simboliza su cuerpo, y la vid, el vino que recuerda su sangre.

“En las elecciones colombianas hay algunos ateos que se las dan de científicos y piden que votemos por ellos”.

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