Ester

Todas hemos sido abusadas

Parece exagerado, pero es verdad. Todas las mujeres nos hemos sentido vulneradas en algún momento. Algunas más que otras, pero casi ninguna ha escapado a la agresión.

El pasado mes de octubre, las redes sociales se conmocionaron debido las acusaciones de conducta sexual inapropiada en contra del productor de cine, Harvey Weinstein, quien presuntamente atacó a más de 80 mujeres, en su mayoría actrices de cine, dentro de las que se cuentan Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Reese Witherspoon y Rose Mc-Gowan.

Ante esto, la también actriz y activista Alyssa Milano invitó a las mujeres en redes sociales a dar un grito contra el acoso sexual a través de la etiqueta #MeToo o #YoTambién, donde pide que las víctimas de este hecho relaten lo que les pasó para poner en discusión esta problemática social.

El tuit de Milano es el siguiente: “Sugerido por una amiga: Si todas las mujeres que han sufrido acoso o un abuso sexual escribieran “yo también” en su estado, enseñaríamos a la gente la magnitud de este problema”.

La campaña tuvo trascendencia más allá de Hollywood. Mujeres de todo el mundo se han sumado contando sus historias.

Tan solo 24 horas después, el mensaje de la actriz contaba con casi 50.000 réplicas, la etiqueta #MeToo había sido tuiteada casi 500.000 veces, habían unas ocho millones de menciones en Facebook y otras partes del mundo se han hecho eco al traducir la iniciativa a “Yo también”.

America Ferrera, por ejemplo, compartió en su perfil de Instagram la traumática experiencia que sufrió cuando apenas era una niña. “La primera vez que recuerdo que fui víctima de una agresión sexual, yo tenía 9 años. No se lo conté a nadie y viví con la vergüenza y la culpabilidad, como que si yo, a mis 9 años, fuera responsable de las acciones de un hombre adulto. Tuve que verlo durante mucho tiempo.

Él me sonreía y me saludaba y yo cuando pasaba a su lado siempre lo hacía corriendo. La sangre se me helaba… Señoritas rompamos el silencio para que las siguientes generaciones no tengan que pasar por esta m@$%&#”. El post tiene más de 34.000 likes.

Claramente, los hombres también son agredidos sexualmente; sin embargo, la mayoría de historias son de mujeres, pues son ellas quienes se sienten más vulneradas por hombres que las intimidan con su fuerza física o posición de poder.

Hechos&Crónicas invitó a algunas mujeres a contar su historia de acoso y la respuesta fue impresionante. 87 mujeres respondieron con historias que han hecho parte de la cotidianidad y que tristemente se han normalizado. Por temas de espacio solo publicamos unas cuantas, pero invitamos a que las lean atentamente y en vez de pensar que es culpa de las mujeres, que son exageraciones o poco importantes, presten mayor atención a estas situaciones y no las permitan.

Siete historias de mujeres sexualmente agredidas

– Cuando tenía 18 años, iba caminando hacia mi universidad cuando me topé con un grupo de más o menos ocho hombres jóvenes. Siguieron caminando hacia mí y yo por mi acera como si no los notara. Uno de ellos se acercó y me apretó un seno. Solo seguí caminando. ¿Qué iba a hacer? Ellos también siguieron caminando, burlándose de mí.

– Una vez al salir del colegio un hombre se me acercó, me mostró un fajo de billetes y me dijo que si me levantaba la falda y le mostraba mi ropa interior me regalaba todo ese dinero. Solo pude salir corriendo. Tenía 12 años.

– Un amigo de mi papá era muy amoroso conmigo, me llevaba dulces y regalos, por eso yo me alegraba cuando lo veía. Lo recuerdo así desde que tengo memoria, pero hasta que fui grande comprendí que la forma en que me abrazaba y alzaba no era normal. ¡Me estaba manoseando!

– Todos los días camino de mi casa al trabajo. Hay un hombre en especial que cuando me ve camina junto a mí y me dice porquerías al oído. No me ha servido gritar, ni cambiar de ruta porque se la pasa dando vueltas por el sector. Hablé con la policía pero no me tomaron en serio. ¡Solo quiero caminar tranquila!

– Un profesor de la universidad es muy coqueto conmigo, incluso me ha cogido la mano de manera inapropiada. Mis compañeros hacen bromas sobre la forma en que obtengo mis buenas notas. ¡No me gusta eso! Hablé con él y dijo que eran ideas mías, pero todo el mundo lo nota aunque nadie haga nada.

– Fui a una estación de policía a denunciar un robo. Los policías me intimidaron haciendo bromas morbosas sobre mi apariencia. Incluso quisieron encerrarme en la estación ¡solo Dios sabe para qué! Un hombre que pasaba por ahí se dio cuenta, los increpó y me pude ir.

– A mi oficina entra un señor a embolar zapatos. Con los hombres se lleva muy bien, y delante de ellos es un caballero, pero cuando nos lo encontramos por la calle nos dice vulgaridades. Las mujeres que le hemos pedido que nos embetune los zapatos salimos despavoridas porque nos toca las piernas y nos coge la mano. No nos ha servido hablar, pues los hombres de la oficina lo siguen dejando entrar con total confianza.

¿Acoso o abuso?

Muchos se quejan de la ambigüedad de los términos.

Podemos considerar el abuso sexual como cualquier forma de contacto con o sin acceso carnal o contacto físico, realizado sin violencia o con intimidación y sin consentimiento. Este abuso puede incluir penetración sexual de cualquier tipo, caricias o proposiciones verbales explícitas.

Existe una diferencia entre abuso y agresión sexual, en el abuso no existe violencia o intimidación. El acoso sexual es solicitar favores de naturaleza sexual, en el ámbito laboral, docente o de prestación de servicios. Es más grave si la persona que lo causa se aprovecha de una situación de superioridad.

Cualquiera de estas manifestaciones se considera agresión sexual y está tipificada como delito. Pero además, va en contra de la Palabra de Dios que ordena a los hombres tratar a las mujeres con delicadeza y respeto: De igual manera, ustedes esposos, sean comprensivos en su vida conyugal, tratando cada uno a su esposa con respeto, ya que como mujer es más delicada. 1 Pedro 3:7.

“Me da rabia que a las mujeres se nos vea sólo como un cuerpo, que no piensen en nosotras como profesionales, que tenemos formación, experiencia, inquietudes”.

Es importante que los hombres comprendan que muchas de sus actitudes pueden ser consideradas como agresión. Que sean verdaderos hombres y eliminen el machismo, la cosificación, los chistes de mal gusto, porque se ha vuelto tan común que hace parte de nuestras costumbres. Nadie se queja y nadie habla. Pero el dolor y la humillación se albergan en el corazón de las mujeres. El mensaje es: tolerancia cero.

Ante esto, la consejera y líder ministerial Isabel Riascos de Arcila, brinda una poderosa reflexión:

Las mujeres debemos hacernos respetar y mostrar nuestra dignidad como mujeres, pero desafortunadamente esto se volvió cultural. Ya es aceptable el maltrato del hombre a la mujer, es aceptable el abuso, se volvió normal y cuando las cosas se ponen normales es porque ahí está el engaño, porque las cosas con Dios son sí o no. Pero cuando es normal, está Satanás detrás. Las mujeres debemos entender que Satanás nos odia por ser el vehículo que el Señor utilizó para traer a Su hijo. Por lo tanto, cualquier acto de maltrato o abuso, que denigre a la mujer, es un acto Satánico. Estos hombres son instrumentos de Satanás porque él quiere acabar con nosotras.

Las mujeres deben ser conscientes de su dignidad e integridad. No pueden ceder un milímetro en eso. Así sea con su esposo, hijos o con los hombres que las rodean, ellas tienen que comportarse de forma digna para que las traten de la misma forma. Cuando uno sabe lo que es delante de Dios, le enseña a la gente a tratarlo.

Debemos estar pendientes y no acostumbrarnos. Ser conscientes de lo que Dios pagó en la cruz por nosotras como mujeres porque Él literalmente expuso su vida por nosotras. Él nos dio la dignidad y la integridad en la cruz con Su sangre. Entonces tenemos que ir al calvario, ver la cruz y tomar la identidad de mujeres que el Señor dignificó para nosotras. No podemos permitir que venga un hombre a maltratarnos porque Dios nos ve dignas, valiosas e importantes.

Mi consejo es que no cedan ni un milímetro de lo que son delante de Dios en la cruz. Somos dignas e importantes. No podemos salir a pelear con todo el que dice los piropos atrevidos y groseros, pero en nuestro comportamiento sí estamos demostrando que tienen que respetarnos. Debemos tener un comportamiento íntegro como lo que somos: hijas de Dios.

Por: María Isabel Jaramillo – @MaiaJaramillo

Foto: 123RF

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