Lunes, 07 Septiembre 2015 05:04

Sanemos la familia para sanar la sociedad

Estoy convencido que el machismo y el matriarcado, patrones familiares típicos de nuestra cultura, son tóxicos.

Ellos constituyen la principal causa de la infelicidad conyugal que enferma a muchos de nuestros hogares, condenándolos a la disfuncionalidad familiar. Los hijos criados en tales hogares tienden a sufrir deformaciones emocionales (y espirituales) que no son evidentes sino hasta mucho después. En la escuela del hogar aprenden conceptos errados sobre el propósito y la conducta de la autoridad y del amor. En lugar de ser la evidencia de la protección amorosa de Dios, la autoridad está representada por el abuso arbitrario y egoísta del prójimo para la propia satisfacción. Y en lugar de ser el desprendimiento que da su vida por el bien de otro, el amor parece ser la manipulación egoísta de las emociones que genera codependencia y facilita el control. Nuestros hijos, víctimas inocentes de nuestra debilidad, aprenden de nosotros desde su más temprana infancia, no solo a hablar, sino también a pensar y a vivir, para daño suyo y desmedro de la siguiente generación.

A su vez, estos patrones, inculcados por el trato, el ejemplo y la instrucción de los adultos desde que nacen, son el reflejo de la cosmovisión semi-pagana de nuestra cultura, que enseña, justifica y refuerza el abuso y el engaño. Porque, desde hace siglos entronamos y acariciamos “ídolos” culturales, tales como una falsa hombría y una maternidad manipuladora, despreciando la clara enseñanza bíblica del amor al prójimo.

Desgraciadamente, muchas veces nuestro amor, nuestra fe y nuestro patriotismo son poco más que puros sentimientos, imaginarios, nominales, advenedizos. Prometemos, sin tener siquiera la fe de poder cumplir. Creemos con convicción, hasta fanáticamente, pero el fatalismo termina derrotando nuestra fe y sucumbimos a las reglas “de la vida” en lugar de acatar las de Dios. Juramos fidelidad, exigimos lealtad y proclamamos justicia, sin percatarnos que somos los primeros en violar esos principios toda vez que nos conviene.

No es que seamos particularmente “malos”, engañosos, o peores que los de otras culturas. Hay entre nosotros, por supuesto, virtud, heroísmo, valor, por lo menos en cuanto a nuestras buenas intenciones. Admiramos la nobleza, aplaudimos la humildad y sentimos solidaridad por el desamparado. Trabajamos, la mayoría de nosotros, arduamente, nos esforzamos por hacer todo el bien que podemos. Nuestro problema es estructural, por eso necesitamos encontrar una respuesta profunda y duradera al “porqué somos como somos”.

Acariciamos patrones culturales que nos dañan desde la época de la Conquista, y que seguimos arrastrando de generación en generación. Esto se debe a nuestra ignorancia de la Palabra (por ser herederos de cuatro siglos de analfabetismo bíblico) y a una religiosidad que promueve una indebida adhesión a la casi-divina figura de la Virgen, declarada nuestra “Señora”, “Madre de Dios”, co-rredentora y mediatriz de la gracia. Esa figura substituye al Padre y nos lega una idea mórbida del sexo y como consecuencia de creer mentiras, carecemos del carácter necesario para hacer, entender y vivir el Pacto y su consiguiente bendición.

Todas nuestras instituciones, a partir de la familia, sufren a causa de estos fenómenos. Los efectos del abuso de autoridad y del engaño se hacen sentir en todos los niveles, causando desunión entre los líderes, envidia, celos, competencia y falta de respeto. Por eso tenemos que sanar a las familias, para poder sanar a la sociedad.

Por: José L. González. Pastor uruguayo residente en Virginia, Estados Unidos. Fundador y presidente de la organización “Semilla”, centrada en desarrollar líderes latinoamericanos para transformar la cultura con la Palabra de Dios.

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