Viernes, 16 Diciembre 2016 22:32

La luz interior

Hoy, muchos cristianos evangélicos se han especializado en el fanatismo, el sectarismo y el terrorismo verbal hacia sus feligreses y sus propios hermanos de otras congregaciones tan legítimas como las suyas propias.

La iglesia cristiana está llena de teologías denominacionales que forman, como diría Ortega y Gasset, “compartimientos estancos”. La postmodernidad es época de especializaciones, tendencia que afecta al conjunto del protestantismo, cuyas ramas se mueven autónomamente dentro de las libertades de conciencia y de examen, y esas autonomías perjudican en muchos casos la necesaria unidad de la iglesia.

Si no se quiere que la variedad se vuelva disparidad hasta el extremo de un mutuo desconocimiento entre cristianos —como ya se está viendo en algunos casos— habrá que sentarse a dialogar desprevenidamente y lograr acuerdos sobre lo fundamental, para evitar un caos que parece inminente. ¿Por qué no rodear todos los cristianos en esta hora emergente al Rey de los Reyes y Señor de los Señores para que los poderes infernales enfrenten una resistencia activa?

Un esfuerzo esencialista de la iglesia cristiana debería llevarnos a revisar antiguas creencias y prácticas que lucen para muchos anacrónicas pero son actualistas. Los cuáqueros, por ejemplo nos enseñaron durante su clara vigencia —precisamente en los orígenes de los Estados Unidos— un gran énfasis en la espiritualidad de la fe cristiana en contra del ritualismo y el formalismo.

Ellos querían reeditar el cristianismo primitivo y propiciaban la inauguración de una nueva época: la Edad del Espíritu Santo. Su perfil más nítido que hoy hace buena falta a quienes provienen de la Reforma, es la doctrina de la ‘luz interior’, según la cual, en todo hombre existe tal luz, conducida por el Espíritu Santo para llevarlo a la conversión. Ellos atacaron con ardentía la esclavitud, abogaron por los derechos de la mujer y fueron autores de profundas reformas educativas y legales. Las mismas persecuciones europeas que afectaron a los puritanos alcanzaron también a los cuáqueros y éstos, liderados por William Penn, fundaron las colonias que hoy constituyen los estados de Pennsilvania y Delaware, donde desde un principio se instituyeron los principios de la libertad religiosa, la armonía social y la convivencia con las minorías indígenas.

Estados Unidos, los evangélicos y el mundo entero tienen una deuda con los cuáqueros: fueron ellos los promotores por excelencia del principio de la tolerancia universal, tan caro a la democracia. Hoy muchos cristianos evangélicos se han especializado en el fanatismo, el sectarismo y el terrorismo verbal hacia sus feligreses y sus propios hermanos de otras congregaciones tan legítimas como las suyas propias.

La consigna es buscar otra vez esos tesoros extraviados de la iglesia cristiana y colocarlos en primera línea, desechando los accesorios que se han ido acumulando al ritmo del crecimiento denominacional, lleno de novedades constantes. El siglo XXI necesita un reexamen del verdadero sentido de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo. Nos preocupamos por dogmas secundarios, hemos perdido las prioridades doctrinarias y ya vemos, casi con indolencia, a la mayoría de nuestros congéneres dando palos de ciego en medio de la oscuridad sin encontrar la puerta para entrar a la Verdad. Tal vez Hermann Ridderbos nos vuelva a aterrizar en la realidad del hombre caído, sin brújula en su congoja existencial: Lo que trae la muerte al ser humano es el hecho de que vive en enemistad con Dios.

Allí radica la destrucción de la verdadera humanidad, y es a partir de esa enemistad, que también se debe entender el pecado en sus implicaciones antropológicas. El conflicto del hombre moderno fue volverse de espaldas a Dios. El esfuerzo del hombre posmoderno es regresar a Dios en reversa. Solo una Iglesia Cristiana Integral puede dirigir esa maniobra para que concluya con éxito.

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