Jueves, 03 Noviembre 2016 18:22

El grito silencioso

En un documental sobre aborto, cabalmente llamado “El Grito Silencioso”, se muestra la secuencia de una ecografía en la cual, ante un feto que luce tranquilo, irrumpe la amenazante silueta de una pinza médica, y el indefenso ser en formación empieza a hacer movimientos desesperados para alejarse del letal instrumento.

Después de uno y otro intento, la criminal arma quirúrgica logra asir una de las diminutas extremidades fetales, y arrancarla por viva fuerza. La operación prosigue hasta cuando el niño no nacido es sacado todo, a pedacitos, del vientre maternal. En tal crimen incurren, sin fórmula de juicio, muchas mujeres impulsadas por el temor a  sus amigos o conocidos, y principalmente a sus padres, que ven en peligro su estatus social y su prestigio, y prefieren someterse a esta sangrienta práctica, muchas veces amparadas por doctores o psicólogos baratos e ignorantes. El dios Moloc, el rey Herodes y el Dr. Mengele se sentirían hoy a sus anchas.

Admiro la valiente y abnegada labor de quienes levantan su voz por millones de seres humanos que no verán la luz y por una multitud de jovencitas destruidas, estériles, o al borde de la locura, que llenan las salas de espera de seudo-siquiatras y curanderos camuflados en blusas de médicos. Estadísticas confiables dicen que el 96% de las mujeres afectadas psicológicamente por el aborto, lo consideran como si fuera un asesinato; y cuántas ni siquiera pueden  dormir sosegadamente porque sueñan todo el tiempo con un pequeño bebé al que ellas mismas le quitaron la vida. El aborto es delito de infanticidio; no airosa salida de un aprieto, ni solución de un problema, ni alivio de un desasosiego. Mucho menos, algo normal o pasajero, como ya se proclama por denodados defensores del control poblacional. En el terreno espiritual, ¡ni qué decirlo!, su práctica deja profundas consecuencias que, de no mediar el amor de Dios, podrían ser eternas.

Las mujeres que han pasado por tan dolorosa experiencia deben ser conducidas con piedad a la certeza de que Jesucristo murió para limpiarlas, y que no hay pecado que su sangre no alcance a expiar, ni herida que no pueda sanar su infinita misericordia. El ministerio comúnmente llamado «sanidad interior» reclama aquí su importancia, pese a críticas extremistas de que ha sido objeto últimamente. La satanomanía obsesiva que invadió cual una peste a la iglesia evangélica a lo largo de la pasada centuria, hizo estragos, más que en cualquier otro campo, en el de la sexualidad.

Un deficiente conocimiento del erotismo como componente estructural sicosomático del ser humano, llevó a no pocos ocultistas cristianos (sic) a atribuirles a los demonios todo lo relacionado con el tema.

Los satanómanos expulsan íncubos de las mujeres y súcubos de los hombres afectados por trastornos sexuales. Dichos nombres de demonios pertenecen a la mitología y no a la Biblia. ¿Mestizaje espiritual? Sin desconocer la intervención que en casos excepcionales, tienen los espíritus impuros en algunas manifestaciones aberrantes de lo sexual, las Sagradas Escrituras atribuyen los pecados de este género a la naturaleza pecaminosa del hombre, al catalogarlos expresamente como «obras de la carne», para utilizar la expresión tradicional. La famosa lista de Gálatas 5:19-21 está encabezada cabalmente por la inmoralidad sexual. Esta, por lo tanto, no se remedia con una simple imposición de manos y la reprensión a un demonio quizás ausente de la ceremonia en la que lo acusan de algo que la persona a quien se atiende ha realizado por su libre albedrío. Para salirle al paso a tanta locura, hay que decir que la psicología, si se la encuadra en el marco teórico de la Biblia, es un precioso auxiliar del pastor y el consejero, pues le permite discernir dónde termina una perturbación mental y dónde empieza una opresión demoníaca. Especialistas como Kurt Koch y Neil Anderson, por ejemplo, tienen mucho que enseñar al respecto.

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