Jueves, 22 Septiembre 2016 22:02

Revelación de la verdad: Sexo natural según Dios

El doctor C.S. Lewis ha bromeado que, por el hecho de que Jesús dice que debemos ser como palomas, no está dispuesto a pasársela todos los días poniendo huevos.

Irónica alusión a los literalistas que, en su afán por defender jotas y tildes, pasan por alto los géneros literarios de la Biblia y la guía del Espíritu Santo en su interpretación. Exageración equiparable a la de quienes, por el contrario, dogmatizan que la Biblia no es Palabra de Dios pero la contiene, o puede llegar a serlo en cierta medida, dando paso a toda suerte de descabelladas interpretaciones. La primera corriente ha hecho del sexo un simple ejercicio mecánico reproductivo, y la segunda, un incontrolado desbordamiento pasional que acepta incluso, en muchos casos, las aberraciones. El movimiento integralista, que comenzó su tenue oleaje en el ocaso del siglo XX y el amanecer del XXI, se sitúa en el centro, equilibrando otra vez la hermenéutica para que interprete correctamente la situación temporal, con sus particulares retos, indescifrable para el sistema oficial.

Creemos que la educación sexual debe darse desde la más tierna infancia, en forma natural y espontánea, con explicitez pero sin concesiones a la procacidad. En los inicios de la pasada centuria, un clérigo de Hamburgo, el hoy ignorado pastor Mahling, proclamaba con sabiduría que no le fue reconocida entonces y que, aun hoy, muchos pasan por alto en grupos que se dicen cristianos:

«Estoy con la franqueza absoluta porque creo que ocultar las cosas naturales bajo un ropaje engañador puede ser más nocivo que la revelación de la verdad. Nadie ha sido jamás, hasta ahora, corrompido por la verdad, mientras es notorio el daño ocasionado por la prevaricación. Estamos, pues, con el esclarecimiento de la juventud. La cuestión estriba en saber cómo y cuándo esa ilustración ha de tener lugar».

Doy gracias a Dios por la forma transparente como a los niños de mi época, ya lejana en el tiempo, se nos enseñaban estas cosas. Cuando la perra de la familia engordó de la panza en forma inocultable, los mayores nos informaron que unos perritos nuevos, como todo ser vivíparo, se estaban formando dentro, a diferencia de lo que ocurría con las gallinas, por ser ovíparas; lo que se formaba dentro de ellas eran los huevos, de los cuales salían después los pollitos. El ser humano, por su parte, no es ovíparo sino vivíparo y, así las cosas, las mamás son como las perritas y no como las gallinas. Los bebés se forman, pues, dentro de las madres y es por eso que a ellas les crecen las barrigas; y, así como los gallos abrazan a las gallinas y los perros a las perras, los papás tienen que hacerlo con las mamás para que los niños puedan entrar en ellas. Pero lo que entra, tanto en los huevos como en los vientres, no son los bebés ni los pollitos, sino una semillita de la que ellos se forman.

En las zonas rurales de América Latina los campesinos solían invitar a los niños a contemplar el parto de la vaca, la yegua y la oveja, en una pedagogía directa e insuperable. Es llover sobre mojado subrayar que las costumbres eran, en tan simples e idílicas épocas, menos desordenadas que hoy. Pero, aunque todo lucía diáfano, ya se cernían sobre la sociedad humana densos nubarrones. Al celebrar mis abuelos paternos sus bodas de oro, recién terminada la II Guerra Mundial, ya la familia humana sentía erosionarse en sus bases. Por cierto, el cura de mi pueblo, famoso por sus humoradas en el púlpito, remató la plática con estas palabras: «Hay que felicitar a don Rufino porque ya es francamente un poco raro que un hombre permanezca cincuenta años con una sola mujer».

Cuando eran muy chicos, ya en el siglo XXI, Marco y Silvana, mis nietos menores, querian celebrar una boda perruna: su Panchito con nuestra Dulcinea; uno de los hermanitos mayores sería el pastor, y la abuela prepararía una torta matrimonial a base de concentrado para perros.

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