Miércoles, 07 Junio 2017 17:51

Religión y política

¿Por qué los cristianos intervienen en política? La respuesta es sencilla: porque son ciudadanos conscientes de sus deberes y derechos y desean ejercerlos con responsabilidad.

Algunos piensan que un ateo puede ser candidato a lo que quiera, pero se santiguan si un creyente en Dios tiene aspiraciones de esa índole. Sería absurdo que una persona de reconocida trayectoria pública, y altísimas calificaciones, dejara de prestarle al país sus servicios mientras incrédulos mediocres lo hacen a sus anchas.

Siempre ha sido nociva la mezcla de política y religión a través de la historia humana. La religión y la política no deben mezclarse, sino armonizarse. En la remota antigüedad era inevitable que una sola persona se encargara de las dos funciones, de lo cual es un ejemplo obvio el personaje llamado Melquisedec, rey de Salén y sacerdote del Dios Altísimo Génesis 14.18, a quien Abraham le reconoce esa doble autoridad.Con el paso del tiempo, los patriarcas asumieron funciones sacerdotales al frente de sus familias y clanes; así como, en contexto más amplio, los caudillos ejercían como sacerdotes de toda la comunidad.

La Ley de Moisés limita la profesión sacerdotal a los miembros de la tribu de Leví; y, finalmente, al establecerse el Reino, hay tres funciones claramente definidas, que no deben interferirse, sino complementarse entre sí: rey, sacerdote y profeta.

El desarrollo de la monarquía en Europa trajo una alianza Iglesia-Estado en la cual el papa coronaba a los reyes, quienes escogían a los cardenales; estos, frecuentemente, ejercían funciones políticas, y no pocas veces los señores feudales eran, simultáneamente, obispos.

Desde el surgimiento de la democracia, que es la extensión política de la Reforma, las ideas capitales de Juan Calvino hacen realidad la doctrina bíblica de la igualdad de todos los seres humanos ante Dios, lo cual trae dos consecuencias: el sacerdocio universal del creyente en lo espiritual, y la separación de los poderes en lo político: ejecutivo, legislativo y judicial. Estos son la equivalencia de los antiguos oficios de rey, sacerdote y profeta.

Pese a tan clara distribución de funciones, no ha habido etapa histórica en la cual no se mezclen la política y la religión. Hoy, la llamada Santa Sede es un estado como cualquier otro, con asiento en organismos internacionales reconocidos; y, por otra parte, el Islam no encuentra frontera alguna entre lo religioso y lo político, porque la idea del Corán es establecer un califato mundial para Alá y Mahoma su profeta.

En América Latina, por otra parte, hay quienes desde el cristianismo hacen militancia política directa a través de partidos confesionales. Algunos realizan un buen trabajo como vigías morales; pero otros, lamentablemente, aceptan platos de lentejas, firman pactos simoníacos y terminan siendo ‘idiotas útiles’ de ‘democrateros’, populistas, caciques tropicales y tiranos.

Digamos de paso que todavía en la región se hacen esfuerzos por prolongarle la vida a través de medios artificiales a la llamada teología de la liberación; que es “un cóctel de vodka con agua bendita”, según la gráfica expresión de un agudo comentarista. Objetivamente hablando, el cristianismo no es de izquierda ni de derecha, pues las manos del Crucificado se extienden hacia los dos extremos para abarcarnos a todos; la disyuntiva, sin lugar a dudas, es entre totalitarismo y democracia.

Francis Fukuyama, el autor de El fin de la Historia, ha dicho razonablemente que existe una relación estrecha entre cristianismo y democracia estable en el mundo de hoy. No hay dudas: si somos iguales ante Dios, necesariamente somos iguales ante el Estado. En la propia religión, la iglesia es una vid y muchas ramas (democracia); las sectas, troncos aislados (totalitarismo). Por todo eso, respetando las sagradas libertades de conciencia y de examen, es necesario “cristianizar la política sin politizar el cristianismo”, como bien lo dice una consigna de la Iglesia Cristiana Integral.

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