Jueves, 21 Septiembre 2017 21:50

Conduzco hacia mis sueños

Kevin Santoya es, aparentemente, un joven común y corriente. Alegre, sonriente y lleno de vida. Guarda un testimonio de fe que invita a luchar por los sueños y jamás rendirse.

Mi nombre es Kevin Santoya, tengo 19 años y curso noveno semestre de Ingeniería Mecánica en la Universidad del Norte. Cuando no estoy compitiendo sirvo con una guitarra eléctrica en el ministerio de alabanza de la iglesia Casa Sobre la Roca en Barranquilla.

Llegué a los karts por mis padres. A los cuatro años me llevaron a la pista de Juan Mina, me monté en un kart por primera vez y me encantó. Incluso casi ocasiono un accidente porque no me quería bajar. Seguí de largo y casi acabo debajo de una camioneta, pero un operario me alcanzó. Ahí comenzó la pasión por aquello que espero, sea mi profesión.

A los siete y nueve años estuve en Bogotá, en una escuela profesional.

Al director le gustó y empezó a decir “puedes correr, eres bueno”. Pero me enfrenté con el gran problema del deporte: los costos. Comencé a orar por patrocinio, pero a esa edad yo no tenía una fe viva. Creía que Dios existía, pero no lo conocía.

A los 14 años volví a una escuela y rompí récord en Tocancipá. Mi papá me puso a correr una sola carrera, en la que no nos fue bien. No terminamos por un accidente. Y ahí paró, quedamos muy desanimados. No volví a montar en un kart profesional.

A los 15 entré a la universidad y prácticamente me olvido del tema; sin embargo, la carrera que escogí es lo más cercana posible al mundo automovilístico. A finales del año pasado, me entero de un campeonato amateur y empiezo a averiguar. Yo tenía ganas de correr, pero no sabía cómo.

Al tiempo conocí a Diego Guzmán, diácono de Casa Sobre la Roca Sabana Norte que fue corredor de autos. Él se puso a la orden para orientarme. Lo llamé buscando una guía y para sorpresa mía, la orientación era espiritual.

Me preguntaba ¿Cómo estás con tu familia? ¿Cómo está tu relación con Dios? En vez de preguntarme ¿cuánto estás entrenando? Por medio de esta guía y de María Andrea (esposa del pastor Camilo, de Casa Sobre la Roca Barranquilla), yo me doy cuenta de que tenía unos rencores hacia mi familia, porque sentía que nunca me dieron el apoyo que necesitaba.

Me doy cuenta del daño que hay en mi corazón y de lo mucho que tengo por sanar. Así que invito a mi papá a un desayuno y le digo: “Pá, quiero decirte que yo siento esto. Veo a los más grandes pilotos y su papá está al lado, es su todo. Yo quiero que eso seas tú conmigo. ¿De qué Dios o de qué fe estamos hablando si no somos capaces de confiar en Él en esto?

Mi papá respondió muy bien, se le salieron las lágrimas. Dijo: “no estamos dando un buen testimonio si decimos que confiamos en un Dios grande y no somos capaces de hacer esto”. Entonces le mostré lo que había averiguado y decidió apoyarme.

Una nueva carrera

Una semana antes del campeonato, en mi devocional Dios me regala una palabra que esperé por más de 10 años. Lo curioso es que Dios nunca abrió la boca hasta que yo sané mi corazón y la relación con mi padre.

A Dios lo primero que le importa es nuestra sanidad. En ese momento se rompió una cadena y comenzaron a pasar una cantidad de cosas. Dios me habló a través de Juan 21 cuando Jesús dice a sus discípulos “yo sé que han tirado las redes varias veces y no han pescado nada, pero quiero que lo hagan una vez más y van a ver que las redes se van a llenar”. Esto para mí fue muy bonito porque yo no sabía lo que era recibir una promesa de Dios.

En la primera competencia, en nuestro debut quedamos segundos. Todo el mundo me felicitó, que era muy bueno. En cuatro carreras que competí logré tres podios y luego quedé campeón de la competencia.

Un paso más

Al ver esto, mi preparador nos dice “esto no es normal, convendría dar el paso inmediato a la categoría profesional”. Era un honor, pero en el campeonato amateur estábamos corriendo con un kart alquilado, porque uno propio costaba mucho. Él insistía: “si van a hacer el esfuerzo, háganlo bien. Vale la pena comprar un kart nuevo”. Sabíamos que tenía razón, pero no teníamos dinero.

Por esa época yo me sentía muy atacado en mi fe porque las cosas se veían demasiado difíciles, había mucho dinero de por medio. A la mañana siguiente mi devocional decía: ¿Acaso nuestra falta de fe anula la fidelidad de Dios? De ninguna manera. Yo estaba luchando con mi fe, pero era como si Dios me dijera, aunque estés luchando, yo sigo siendo fiel.

Ese mismo día me llama mi preparador y me dice que encontró un kart nuevo 10 millones menos de lo que habíamos conseguido y también había un descuento en la inscripción. ¡Era imposible conseguir un carro nuevo a ese precio! Era un milagro.

Comencé a correr y en mi primera carrera, mi preparador me dijo: “Aquí están los mejores pilotos del país, si quedas de último no te sientas mal”, ¡y quedé de tercero!

Cada vez que pasaba algo extraordinario era un día después de que Dios me daba una palabra. He visto todo el tiempo ese respaldo. Incluso en los entrenamientos. En Barranquilla ya no hay pistas, entonces tengo que viajar a Bogotá y entrenar dos días antes de las carreras.

Lo que otros pilotos hacen en todo el mes, cuatro veces por semana, yo lo hago en un par de días. Mi preparador dijo: “estás en un nivel competente para el suramericano. Sé que no vas a ganar, pero vas a coger el ritmo necesario”. Quienes compiten son pilotos y campeones de todo el continente y yo decía ¿qué voy a hacer allá? Pero mi devocional decía “quien trabaja con esmero nunca termina con las manos vacías. Dios mismo se encarga de eso”.

Un día estaba trabajando cuando me llama mi papá y me dice “tenemos patrocinador” y yo, ¿QUÉ? Esto lo estaba buscando desde los nueve años. No sabemos de dónde surgió el patrocinador.

Entendí que Dios estaba haciendo un milagro para que fuera al suramericano. Los expertos me decían que los únicos que tienen patrocinador son los hijos de los dueños de empresas porque en Colombia nadie quiere apoyar. Competí, y aunque no gané, logré un gran nivel y una remontada que me hizo sentir muy orgulloso.

Cargo en mi celular todas las promesas que Dios me ha dado y aunque no sé a dónde me quiere llevar, sé que tiene un camino para mí. Quiero terminar mi carrera y dedicarme de lleno a esto, pero siempre bajo la dirección de Dios. Queda mucho camino por recorrer.

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