Viernes, 12 Septiembre 2014 00:00

Que no lo mate la ira

Le pregunté a un amigo: “¿cómo reacciona cuando tiene ira? Me respondió: “aprieto los dientes, siento que se hincha la cara, me duele el estómago y me dan ganas de estrellar algún objeto por la frustración que me da en ese momento”. A usted también le ha pasado… ¿verdad?

Según la Fundación para la Salud Mental del Reino Unido, “la ira es una respuesta natural ante posibles amenazas, inspirando sentimientos y comportamientos agresivos que son necesarios para la supervivencia humana (por ejemplo, en caso de ataque)”.

“La ira estimula el sistema nervioso incrementando el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, el flujo sanguíneo a los músculos, los niveles de azúcar en la sangre y la transpiración. Además, enfoca los sentidos y aumenta la producción de adrenalina, una hormona producida en momentos de estrés”, explica la asociación.

Don Colbert, médico de familia, autor del libro Emociones que matan, asegura que en 1970 su colega John Sarno, profesor de medicina de la Universidad de Nueva York, quien luego de estudiar a varios pacientes con dolor de espalda crónico, concluyó que 88% tenía este problema por culpa de la tensión crónica, estrés, frustración, ansiedad, ira reprimida y preocupación.

La ira muchas veces lleva a la violencia. De acuerdo con el portal Consumer Eroski, “actualmente no se dispone de estadísticas fiables sobre cuántas personas pueden sufrir ataques de ira incontrolables, pero sí se sabe que ocho de cada 10 de quienes lo padecen son hombres”.

Una toxina que afecta al cuerpo

La ira desencadena tensión la cual estimula sustancias que elevan la presión arterial, la frecuencia cardiaca y disminuyen la irrigación sanguínea, un problema que se convierte en factor de riesgo para problemas cardiovasculares.

Cabeza: Dolor de cabeza, migrañas, insomnio. Puede afectar la concentración.

Cara: El disgusto ante algunas situaciones de la vida, conllevan a alergias en la piel y/o problemas dermatológicos como eritemas, dermatitis, pápulas, entre otros.

Intestino grueso: La rabia, el odio, el resentimiento y la falta de perdón pueden producir inflamación del intestino grueso (síndrome de colon irritable). Conlleva a problemas de estreñimiento.

Úlceras: La ira puede provocar dolor abdominal, acidez, úlcera o diarrea.

Manos: Tensión baja.

Nariz: Rinitis.

Corazón: Afecciones cardíacas.

Pecho: La tristeza baja las defensas y aumenta la presencia de resfriados. También hay probabilidad de presentar asma.  

Axilas: sudoración.

Vejiga: Enuresis (ganas de orinar con frecuencia).

¡Ojo!, no deje que la ira lo descontrole

En el libro Manual de Billy Graham para obreros cristianos, la ira estará fuera de control cuando:

• Dé como resultado explosiones de cólera y un leguaje ofensivo.

• Produzca amargura, resentimiento y hostilidad (deseo de ajustar las cuentas).

• Es espiritualmente debilitante, provoca inquietud interna, destruye la tranquilidad propia y es contraria a los sentimientos de bienestar. ¿Tengo el sentimiento de que mi actitud es desagradable para Dios o que le estoy “dando lugar al diablo”? (Ver Efesios 4:27).

• Daña a otras personas. ¿Afecta negativamente mi testimonio cuando los demás observan mis malas respuestas? ¿Son víctimas de esas respuestas?

¿Es bueno o no enojarse?

Graham escribió: “La Biblia no prohíbe el enojo; pero establece dos límites. El primero es que debemos mantener la ira libre de amargura, desprecio u odio. La segunda es la verificación diaria de si hemos resuelto nuestros sentimientos maliciosos. Hay un antiguo proverbio latino que dice: El que se acuesta airado tiene al demonio como compañero de lecho. Por su puesto, la vida contiene motivos de irritación que se convierten en magníficas oportunidades para que Satanás nos conduzca a las malas pasiones”.

Cómo controlar la ira

• Trate de no interpretar todo como si fueran ofensas, desprecios, deseos de lastimar, etc.

• Identifique las cosas que le causan ira.

• Lleve ante Dios la conducta irritante de otras personas, y recuerde que muchas veces Él las utiliza para afinar nuestro carácter.

• Cultive la práctica de confesar como pecado la ira excesiva. No olvide las palabras del apóstol Pablo: Si se enojan, no pequen. No dejen que el sol se ponga estando aún enojados… Efesios 4:26.

Foto: Flickr/Isengardt

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