Miércoles, 04 Enero 2017 17:44

El destino manifiesto

La iglesia deberá tomar su lugar en la guerra espiritual, con un ejército que marche triunfante de rodillas, capaz de poner su fe en acción.

Israel ha tenido un destino manifiesto; por su intermedio, Dios nos dio su palabra y de su ADN se formó, en cuanto al ser humano, nuestro Redentor. Pero fue algunas veces irresponsable en el uso del capital espiritual y ha sufrido consecuencias catastróficas porque hay una ley de causa y efecto implícita en toda acción.

El caso de Estados Unidos es similar. Los colonos misioneros que declararon, al arribar a las playas del Atlántico Norte que “esta tierra es para Cristo”, se ataron con los dichos de su boca, como dijo Salomón. Aquella frase rotunda fue la cláusula penal rotunda de un contrato con Dios: si se cumple, viene la bendición; si se transgrede, sobreviene la maldición.

Estados Unidos, al igual que Israel, ha pasado por un círculo vicioso: obediencia-bendición-desobediencia-reprensión-arrepentimiento-bendición. Pero hay algo que Dios pondrá en la cuenta de esta Nación: es el hecho de que ella siempre regresa a sus raíces, como el propio Israel.

El instrumento de la última amonestación divina ha sido el terrorismo. Estados Unidos fueron indiferentes a este fenómeno, porque no los había afectado en forma directa. La suerte del mundo sería otra si el Tío Sam hubiera declarado la guerra al terrorismo cuando éste provocó estragos en tantos lugares. La filosofía pragmática que guía al estadounidense tiene ventajas, pero, a veces, acarrea adversidades. Una de las características peculiares es encogerse de hombros y decir: “Esto no es asunto mío”, pero siempre termina por convertirse en asunto suyo el asunto que era de los demás.

Dos casos bien marcados en la historia estadounidense lo demuestran. Primero, el ataque a Pearl Harbor obligó a Roosevelt a meterse a fondo en la segunda Guerra Mundial para ganarla a favor de la democracia y contra el terrorismo totalitario de estado. El segundo, el ataque a las Torres Gemelas obligaron a George W. Bush a  enfrentar al nuevo terrorismo mundial.

Esta nación fue llamada por el reconocido periodista y político francés, Jean-Jacques Servan- Schreiber, como “la potencia generosa”, debido al plan Marshall para la recuperación de Europa y Japón. Pero ningún tratamiento parecido a éste recibieron los países que se han sumido en la peor de las guerras, la de la pobreza.

América Latina nunca fue protegida desde el Norte. El Tío Sam no tuvo visión para impulsar a sus vecinos hacia la prosperidad, y ello permitió la peste de una injusticia social insoportable. Por consiguiente, esto trajo la corrupción de rebeldes armados y, finalmente, del terrorismo.

Sin embargo, si se despierta el espíritu cristiano de los colosos del Norte, si se vuelve a examinar su “destino manifiesto”, podría producirse un vuelco en las relaciones verticales hacia una etapa de distensión.

América Latina es el continente de la esperanza, y nadie en el siglo XXI lo podría desconocer. Los cristianos de uno y otro lado del Río Grande, frontera de fronteras, hemos de orar unidos al Dios común para que la luz del evangelio ilumine la nueva y necesaria cooperación. La solución no es simplemente disparar. La iglesia deberá tomar su lugar en la guerra espiritual, con un ejército que marche triunfante de rodillas, capaz de poner su fe en acción.

El filósofo francés Jean-Francoise Revel, planteó una tercera línea de pensamiento cuando puso de manifiesto el doble rechazo, en su libro Without Marx or Jesús (Ni Marx ni Jesús), es una visión europea de la pugna propuesta por el comunismo a la sociedad cristiana. Estados Unidos, manteniendo en una mano la antorcha de la libertad y en la otra la cruz, trazó la disyuntiva rotunda “O cristo o Marx”. El asuntó se definió a favor del Nazareno, cuando el muro de Berlín se vino a tierra.

Ante la expectativa que plantea la elección de Donald Trump y el resurgir de la derecha radical en el mundo, muchos se preguntan si no ha comenzado la descristianización occidental. Creemos que puede suceder lo contrario, es decir, la recristianización. Amén.

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