Lunes, 03 Abril 2017 16:23

Alfabetizar es mi misión

Carolina Perdomo, misionera especializada en el área de alfabetización para la extensión del reino de Dios, contó su testimonio a Hechos&Crónicas. Su trabajo con comunidades indígenas es un alimento para quienes tienen sed de Dios.

Cuando tenía cuatro años mis padres se separaron, desde ahí comenzaron mis deseos de morir. Mi mamá murió de cáncer cuando tenía 12 años, mi hermanito de dos años se fue a vivir con la familia de su papá y desde entonces viví con diferentes familiares y también sola.

La familia de mi mamá era cristiana, aunque sólo de nombre. Así que por su mal testimonio, yo no quería saber nada del cristianismo. Creía que a Dios no le importaba la humanidad. Tenía un gran vació en todo mi ser.

Aunque no dejaba que me hablaran de Dios, Él siempre buscaba la manera de demostrarme que Él es amor y me amaba. Frustró dos intentos de suicidio y me recordó esto no era un juego ni una accidente, que si moría sería porque yo lo decidía. Cuando tenía 17 años, vi la película Jesús de Nazaret y me reconcilie con Dios, pero aún quería quitarme la vida. Para ese momento vivía con mi abuela y vino también una tía que se congregaba en una iglesia cristiana.

Un domingo, escuché una vocecita en mi cabeza insistiendo para que fuera con ella. En el momento de hacer la oración de fe, el pastor insistía en que alguien debía pasar adelante, entregar su vida a Dios y dejar de pensar en el suicidio. ¡Me estaba describiendo a mí! Ese día no quise pasar, pero el siguiente domingo volví, empecé a congregarme, hice un curso y me bauticé.

Pocos días después de cumplir 18 años, me iba a quitar la vida por un momento de desesperación. Empecé a orar y Dios me llevó a leer el Salmo 121. Lo que estaba escrito en el primer versículo era exactamente lo que me estaba pasando. Mi ventana daba hacia una montaña y levante mis ojos pidiendo ayuda a Dios. A las montañas levanto mis ojos; ¿de dónde ha de venir mi ayuda? (121:1). De pronto, todo lo que sentía y pensaba desapareció. Allí entregue realmente mi vida a Dios.

Llamado a las misiones

Un poco más de un año después, leí Mateo 28:19-20 y entendí mi llamado para ser misionera, sentí como si me hubiera quitado una venda de los ojos.

Me presenté ante mi pastor y le conté, pero él me dijo que la iglesia no tenía esa visión y que no tenía cómo apoyarme. Pregunté a Dios dónde quería prepararme y me dijo que me quedara allí, estudie teología y me involucré en el ministerio de niños y en el de jóvenes. Todo lo que aprendí en estos ministerios, me ha servido en las misiones.

Cuando terminé de estudiar quería meterme con el tema de misiones, pero hubo un año en el que no pasó nada, así que me desanimé.

Mis líderes de iglesia infantil llegaron de viaje. Allí se encontraron a una misionera y le hablaron de mí. Ella les dio un libro y les dijo que Dios le puso en su corazón dármelo porque yo necesitaba leerlo. Dios uso el libro para animarme a ser paciente y perseverante.

Un día, una compañera me dijo que en la radio escuchó algo de “misiones en la lingüística” y que había anotado el teléfono. Llamé, tuve una entrevista y fue muy bonito ver cómo todo lo que Dios había puesto en mi corazón, era lo que me compartían. La entrevista era para tomar un curso de misiones interculturales.

Para este mismo tiempo una amiga me ofreció un trabajo en un banco donde se apoyaba a los trabajadores para estudiar en la universidad. Tomé la decisión de seguir el llamado. Pero había un problema: el horario del curso se cruzaba con el de mi trabajo de tiempo completo. Como Dios tiene el control de todo, justo en ese momento el negocio cambió de dueño, y hubo cambio de horarios: yo entré en el turno de la tarde con el mismo salario de antes. Además, nos dieron los ahorros de pensión y cesantías y con esto pagué el curso.

Mi corazón inmediatamente entendió que mi llamado en las misiones era a través de la alfabetización. Allí a los estudiantes que tenían buenas notas daban medias becas para ir a Cilta (Curso Internacional de lingüística, Traducción y Alfabetización, en Perú) yo gané una de esas becas.

Tomé la decisión ir a Perú por fe. Renuncié a mi empleo y no tenía donde vivir. Con el dinero de pensión y cesantías del trabajo pagué el pasaje solamente de ida (aunque no era permitido), y como ya tenía media beca para estudiar, conseguí un préstamo para pagar el segundo semestre y tener algo para hospedaje. También decidí trabajar en Perú aunque no conocía a nadie, ni nada de ese país. En el curso de Misiones Interculturales el estudio había sido pesado, había tenido poco tiempo para dormir (una o dos horas al día), pero Dios me había sostenido y respaldado, así que confiaba en que Él haría lo mismo en Perú.

Un día nos pidieron escribir nuestros testimonios. Uno de los profesores me dijo que alguien que leyó mi testimonio quería dar una ofrenda, era la cantidad exacta del segundo semestre. El trato fue que esa ofrenda pagaba mi semestre y la plata que yo tenía era para pagar el hospedaje, comida y demás, así que no tuve que trabajar y pude dedicarme a estudiar.

Cuando oraba, pedía a Dios que me diera gracia como a Nehemías ante el rey. Anhelaba pertenecer al taller de escritores y Dios concedió mi deseo, puso una persona en mi camino que me apoyó y que ha sido un ángel para mí. Pude ir a México y a Perú donde estaban especialistas en taller de escritores. Además, he podido continuar capacitándome y capacitando a indígenas y misioneros en el área de alfabetización y discipulado. He realizado trabajo de alfabetización y gestión de proyectos en comunidades indígenas de Perú, México, Guatemala y Venezuela.

Creo que la única forma de tener una relación personal con Dios, conocerlo realmente, es a través de la oración, la Biblia y el Espíritu Santo. Si la personas no pueden leer con entendimiento la Biblia será muy difícil que lo conozcan, sino lo conocen ¿cómo le amaran? ¿Cómo harán su voluntad?

La alfabetización es una herramienta que permite extender el reino de Dios integralmente, no sólo abre puertas para que la persona pueda crecer en el área espiritual sino también en las otras áreas de la vida y pueda desempeñarse adecuadamente ante las exigencias de su entorno. Esa es la importancia de mi trabajo. Y es ahí donde Dios me puso.

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